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La odisea del cabo Nieweg

La guerra en el este de Europa

Moderadores: ParadiseLost, Bitxo

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5 mensajes • Página 1 de 1

La odisea del cabo Nieweg

Notapor ParadiseLost el Sab Feb 06, 2010 4:05 am

Hola a todos.
Tal como comenté en el hilo osbre la culpabilidad de Paulus en la derrota del VI Ejército, paso a relataros un curioso episodio en las postrimerías de la batalla de Stalingrado.
Según comentan algunos historiadores, hubo un único soldado a finales de enero de 1943, que consiguió atravesar las líneas soviéticas hasta enlazar con las tropas alemanas: el cabo Nieweg. Más de doscientos kilómetros a través de la estapa helada, sorteando tropas enemigas y en algunas ocasiones entrando en combate con ellas es algo difícil de creer.
Para hacernos una idea de lo sucedido es conveniente repasar lo que dice los diferentes historiadores al respecto.

Antony Beevor, en su libro Stalingrado, es bastante escueto, y sólo cita este episodio de forma breve sin entrar en detalles ni dar nombres propios:
"Durante los últimos días de la batalla, las autoridades militares soviéticas se sentían cada vez más ansiosas por impedir que pequeños grupos escaparan de la red. Tres oficiales alemanes con uniformes del Ejército Rojo, dirigidos por un teniente coronel, fueron capturados el 27 de enero. Un teniente ruso de un regimiento de tanques acorraló a otros dos oficiales, y fue herido cuando éstos le dispararon. De los nueve o diez grupos que se estimaba habían roto el cerco, ninguno parece haber escapado, pero entonces el grupo de ejércitos del Don había sido forzado a retroceder más allá del río Donets, a más de 320 km del Kessel. Hay, sin embargo, una historia no corroborada y poco convincente de un soldado que lo logró, pero que murió al día siguiente cuando una bomba cayó en el hospital de campaña donde los atendían a causa del agotamiento y el congelamiento. Se dice que otros trataron de escapar hacia el sur en plena estepa y buscaron refugio entre los kalmiks, que habían sido amistosos, pero los propios kalmiks, como otros numerosos pueblos de la regiones del sur de la Unión Soviética, pronto atrajeron la venganza de la NKVD de Beria."

William Craig, en su libro La batalla por Stalingrado relata lo siguiente:
"Dos alemanes consiguieron llegar a las líneas enemigas. A últimos de febrero, el cabo Neiwih entró tambaleándose en un puesto de mando del grupo de Ejércitos Don, unos doscientos veinticinco kilómetros al oeste del Kessel. Único superviviente de un grupo de escapados que habían sucumbido de congelación, Neiwih sabía poca cosa acerca de la suerte del resto de su Ejército. Al cabo de unas horas, mientras trataba de recuperar fuerzas del viaje, un obús soviético de mortero cayó cerca de él y lo redujo a trozos.
El día 1 de marzo, el soldado Michael Horvath llegó a las posiciones alemanas cerca de Voronezh, muy al oeste de Stalingrado. Capturado el 31 de enero, había sido trasladado a otro frente como intérprete de los oficiales del Servicio secreto ruso. Por lo tanto, Horvath pudo añadir poca información a lo ya sabido acerca de lo que le había sucedido al VI Ejército desde el día de su capitulación."

Aquí, por arte de magia, el apellido Nieweg se transforma en Neiwih, aunque está claro que hace refrencia al cabo Nieweg. Del otro soldado que menciona Craig, no he encontrado refrencia alguna en ningún libro, por lo que tampoco se pueden conocer más detalles sobre su historia.

Paul Carell también hace refrencia a este episodio en su libro Stalingrad: The Defeat of the German 6th Army, y traduzco del inglés:
"Oficiales de Estado Mayor con compañías enteras, como las del cuartel general del XI Cuerpo y la 71.ª División de Infantería. Tenientes y sargentos salieron con sus pelotones al amparo de la noche. Los cabos y soldados salieron de entre los escombros en grupos de dos o tres, o incluso solos. Estos grupos aislados fueron avistados en la estepa por los pilotos como muy tarde a mediados de febrero. Luego se perdió su rastro. Sólo un hombre, un suboficial de una batería antiaérea, Nieweg, está documentado que consiguió escapar del cerco. Pero 48 horas después de alcanzar una zona segura, murió al ser alcanzado por un proyectil de mortero cuando permanecía en un puesto de socorro de la 11 ª División blindada."

Y por último os transcribo el relato que aprece en el libro de Heinz Schröter, Stalingrado: hasta la última bala, donde el autor nos ofrece un detallado informe de la ocurrido. Demasiado:
"-¡Singular destacamento!- observó el alférez Nieweg, de la 4.ª batería antiaérea.
Pronunció tales palabras el 26 de enero de 1941, a las seis de la tarde, al tiempo que sacudía su pipa en la bota de un individuo tendido ante él. Éste no respondió. No podía hacerlo, pues tenía la boca ocupada. Descansaba en decúbito prono sobre una masa blanca que alcanzaba la rodilla, y aunque la nieve no hubiera existido tampoco habría podido hablar, pues allí donde el corazón ocupaba su lugar tenía un boquete del tamaño de un puno enguantado. Nieweg no se preocupó gran cosa del desconocido sobre la nieve. Por lo demás, los desconocidos abundaban en aquellos contornos, y era prácticamente imposible remover toda aquella nieve para tomar nota de la chapa de identificación, como prescriben las ordenanzas en tiempo de guerra. “Más tarde... –pensó Nieweg-. Pero, ¿cuándo será eso?
Los residuos de la pipa despedían un hedor insoportable. Decididamente, el relleno de las colchonetas no es el sustitutivo ideal del tabaco. El jefe del singular destacamento se puso en pie, al poco le imitó Nieweg, y el resto de la ronda se incorporó también trabajosamente para afirmarse sobre las piernas. Sin dificultad, se abarcaba a todos con la vista: el personal de transmisiones, la pareja de artilleros, los dos empleados del correo de campaña, el teniente de la 71 División, las dos docenas de fusileros procedentes de los más diversos regimientos y los siete artilleros pertenecientes a tantas formaciones como dedos tiene una mano. Y aún más: los dos aviones que habían arrojado provisiones sobre Jelschanka el día anterior y hubieron de pagar esa audacia con la pérdida del plano izquierdo bajo las alas de los cazas enemigos y las consiguientes entrada en barrena. Nieweg tenía noticias fidedignas de ese incidente, pues cerca de él habían caído un par de arcones de suministro cuyo contenido se distribuyó entre todos, prescindiendo de ceremonias. Aquella escena tenía lugar unos doscientos metros al sur de Voroponovo. Eran en total cincuenta y seis hombres que se habían encontrado por pura coincidencia; los medios de que se valieron para formar un destacamento constituirá un secreto eterno en el frente. El día anterior se había alzado todavía en aquel punto un puesto de mando divisionario; hoy se estaba a punto de ejecutar la consigna 'Löwe' sin que mediara orden alguna. La evacuación era la única posibilidad; todos estaban convencidos de ello, y de presentarse la oportunidad la proporción sería de 1:99.
Nieweg sabía que cinco días antes otros dos grupos habían partido, dando traspiés de Stalingrado, en dirección Sur. Nada dejaban atrás, salvo heridos hambrientos y figuras de hielo; en definitiva, muertos. ¡Sabe Dios qué habrá sido de esos grupos! Los pensamientos retrospectivos ocupaban todo su tiempo. Nieweg recordaba unos bultos andrajosos o cubiertos de capote que aun se movían de un lado a otro, casas que desaparecían en instantes, míseras guaridas en las que se buscaba refugio el día anterior, y objetos que se proponía llevar consigo en la marcha hacia la libertad. Todo quedaba atrás, eso era un hecho incontrovertible. La olla de latón con la que recogiera la comida en los días prósperos, el pequeño aparato de radio que espurreara incansable música de baile hasta que las baterías parecían perder el aliento, las oxidadas y engrasadas ametralladoras, los fríos cascos de acero, los cintos, las mochilas y pequeños cachivaches que uno hubo de arrastrar de un aposición a otra para evitar falsas interpretaciones..., tan sólo se dejaban en su lugar las armas automáticas, pues en las cajas de municiones no había más que cargadores vacíos.
Ellos llevaban por su cuenta las botas, el capote, la manta y algunos trapos de lana. Y en los bolsillos, sobre el corazón, un par de cartas o fotografías. Los documentos militares, tales como la libreta y la cartilla de suministro, habían desaparecido hacía tiempo. Pero también se llevaba algo muy importante para el viaje: la voluntad y la esperanza de cubrir la marcha hasta la meta. En realidad era un “singular destacamento”; cada uno de sus componentes aportaba la experiencia adquirida en los seis meses últimos, esa experiencia que enseña a diferenciar lo trascendental de lo superfluo y a obrar en consonancia. Los únicos que todavía necesitaban aprender algo eran los aviadores. Lo trascendental es la brújula y algo con que disparar. Los relojes del destacamento señalan todas las horas de la Tierra, pero eso carece de importancia, pues, ¿no es lo mismo alcanzar la meta a la hora de Greenwich que a la de Moscú? Las cargas de suministro arrojadas el día anterior contenían jamón, cabeza de cerdo en conserva y pan envuelto en papel encerrado. Un excelente surtido del que cada uno se aprovisionó en la cantidad que se supuso capaz de transportar. El resto lo fueron repartiendo entre los bultos cubiertos de andrajos o capotes a lo largo del camino, y cuando los recipiendarios no tenían fuerzas para cogerlo lo dejaban ante ellos sobre la nieve.
Sería una larga caminata, como observó el primer teniente; todos los que oyeron esas palabras en el destacamento afirmaron gravemente con la cabeza.
-Habremos de salvar unos cien kilómetros- señaló el jefe.
Y no andaba desencaminado. Eso es, cien kilómetros. Para todos los efectos, era mejor obrar bajo esa creencia; nadie sabía nada acerca de los doscientos kilómetros que por aquellas fechas separaban a los dos frentes.
Se inició el éxodo sin ceremonial. Los primeros arrancaron simplemente chapoteando en la nieve, y siguieron los otros procurando pisar en las huellas del guía. En aquellas cabezas rondaban pensamientos tan dispares como la procedencia, la educación y la vestimenta de cada uno, pero el paso era común a todos. Y aquí ha de entenderse por paso una serie incesante de tropezones y caídas en la noche nevada al sur de Stalingrado. Durante unos centenares de metros todo fue bien, y casi cabría afirmar que no hubo novedad hasta la llegada a la comarca de Zybenko. Allí sonaron algunos estampidos, pero el incidente sólo afectó a los diez primeros hombres. Alguna que otra vez quedaba atrás alguno de ellos, pero los demás seguían arrastrando los pies y desfilaban indiferentes, no sólo junto a los grises capotes de sus camaradas y las horribles manchas negruzcas sobre la nieve,, sino también ante las figuras pardas que solían cruzar furtivas en su camino. En la oscuridad, no es fácil distinguir unas sombras de otras y, por otra parte, la sangre, de noche, parece negra. Lo importante es que hubiese siempre un hombre en cabeza; lo superfluo, que faltaran un par de ellos en la meta. La mentalidad del soldado es así de simple.
Atravesaron la vía férrea al sur de Krasnov, justamente en el lugar donde, dos días antes, sucumbió la 371 División. Los que recordaban aun la marcha de Sur a Norte sabían que la distancia entre Zybenko y Rogatchev es sólo de veinticuatro kilómetros, pero veinticuatro kilómetros de estepa helada. Además, en esa zona el Karpovka traza mil recodos, y cada recodo representa doscientos metros o más. El destacamento se escurrió vacilante entre los fuegos de campamento del Ejército Rojo... excelentes puntos de referencia luminosos. La pequeña columna continuó adelante sin novedad hasta topar con un río, posiblemente el Donskaia-Zaritza, y la línea férrea Kalatsch-Stalingrado al norte de él, y después al noroeste, hacia Kamyschevka. Cinco de los hombres se separaron sin decir palabra y buscaron refugio en el antiguo cuartel de la Compañía veterinaria; las caldeadas cuadras, construidas muchas semanas antes, ejercían una atracción irresistible. Mil metros al norte de Kalatsch el destacamento atravesó la helada capa del Don, y algún tiempo después cruzó el Liska y alcanzó la altura de Katschalinskaia, donde hubo de sostener un combate poco encarnizado con una columna rusa de aprovisionamiento y del que treinta hombres lograron escapar sanos y salvos.
El 29 de enero, hacia las once y media de la mañana, tres kilómetros al oeste de Kalatsch, un avión alemán de reconocimiento avistó un grupo de soldados que, al ver acercarse el aparato disparó un cohete de señales. El piloto descendió a doscientos metros para poder identificar al grupo y dio parte de lo observado a Novo-Tscherkask. Por disposición del mariscal Milch se mantuvo contacto con el grupo, y en la tarde del segundo día, un avión de caza disparó un cohete de señales y lanzó un parte sobre los fugitivos que, entretanto, habían recorrido siete kilómetros al oeste de las llanuras del Don; en el aviso se recomendaba al grupo de combate que “formara con sus hombres una cruz gamada cada vez que se le aproximaran los aviones alemanes”.
El 29 de enero se divisó de nuevo al grupo unos dieciséis kilómetros al oeste de Kalatsch, manchando en dirección a Tschernittschevskaia, y se le proveyó seguidamente con víveres, munición e informes sobre su posición. Los evadidos agradecieron el envío con dos señales verdes; su reacción fue espontánea. Al tercer día de observación, los aviones que habían seguido el rastro de la formación alemana, calcularon que ésta llevaba recorridos veinticinco kilómetros; el parte decía que se habían contado veinticinco personas. El cuarto día se vio al grupo a cuarenta kilómetros de las alturas del Don, hacia el Oeste, aunque el ritmo de marcha había menguado considerablemente.
Ése fue el último día que la Luftwaffe logró establecer contacto con el solitario destacamento de la estepa. Éste Había dejado atrás, sin saberlo, la mitad del trayecto a recorrer. Un avión de combate le lanzó por última vez vituallas y nuevos avisos sobre las posiciones del enemigo. En éstos se decía que se había observado la presencia de fuertes concentraciones rusas en las zonas de Tscherkovo y Millerovo. Se advertía también al grupo que disparara en lo sucesivo dos cohetes rojos y uno verde.
Pero ya no ascendieron de la tierra más cohetes rojos ni verdes. Y, lo que es más, desde el 30 de enero el grupo no volvió a dar señales de vida. Un avión de reconocimiento informó el 3 de enero: “Ni el menor rastro de la formación.” Por orden del mariscal se prosiguió la búsqueda hasta el 2 de febrero. Nada se supo en claro. Como era de esperar. Pues, ¿qué representan en definitiva veinticinco hombres agotados y enfermos, haciendo eses en un desierto de hielo y avanzando mientras se lo permitía un adocena de ejércitos?
Hubo uno de ellos que pudo referir al final de la aventura. El alférez Nieweg presentóse, el 3 de marzo a una unidad avanzada alemana al oeste del Donetz, y narró la historia del destacamento perdido. Una historia de sufrimiento indecible y enorme espanto.

Tras el combate con la columna rusa de suministro, según contó Nieweg, quedaron sobre la ruta otros seis hombres. Aniquilados por la disentería, la gastroenteritis y el agotamiento. Los demás prosiguieron a trompicones hacia Oblivskaia. Pero no llegaron, como se proponían, a esa localidad, pues avistaron en los alrededores fuertes contingentes rusos. En el trozo de estepa entre Dobraia y Beresovaia se libró el combate decisivo. A la conclusión del mismo sólo quedaban en pie cuatro hombres. Éstos continuaron el camino, unas veces por la carretera y otras a través de la estepa, pero siempre sobre la nieve, unas veces a la vista de las columnas rusas, y otras veces en el más absoluto vacío. Dos de ellos decidieron al fin entregarse a una columna sanitaria rusa. Nieweg y el otro, un funcionario del correo de campaña, atravesaron innumerables lugares de nombre desconocido y en último término hallaron su destino en Veluiki. El hombre que en un tiempo trabajara para el correo de campaña en Stalingrado, dejóse caer al suelo, pues los pies congelados ya no le sostenían. Nieweg levantó los brazos. Durante su vida de cautivo le trasladaron a Jarkov y allí fue donde logró escapar al frente. En un vehículo de intendencia que salía para aprovisionar a algunas unidades rusas. Todo esto se escribe fácilmente, pero en el camino sucedieron muchas cosas de las que no hablamos aquí. Nadie prestó la menor atención a aquella figura solitaria deambulando en tierra neutra, y así Niewig pudo “caer en manos alemanas” el 3 de marzo. Aprovechando una ofensiva llevada a cabo por unidades de la División S. S. “Das Reich”, en conjunción con una parte de la 11 División blindada, se pudo enviar a Nieweg hacia la retaguardia. Todo cuento tuvo que decir aparece escrito en dos páginas de cierto expediente. Nieweg pudiera haber dicho algo más, pero se sentía demasiado débil para eso. Tal vez hubiera sido capaz de hacerlo al día siguiente o al otro.
Pero la ocasión no se presentó, pues el hombre que consiguió alcanzar el frente alemán desde Stalingrado cayó el mismo día de su feliz llegada bajo el fuego de mortero enemigo, cuando se hacía curar sus heridas en el puesto de socorro de un regimiento blindado de granaderos. Allí dio fin la odisea del alférez Nieweg."


Heinz Schröter, fue un corresponsal de guerra adscrito al VI Ejército y que presenció la batalla en primera línea. Poco después de la batalla, Goebbels le dio a Schröter el encargo de escribir la historia oficial del Ejército de Stalingrado a la vista de los documentos del Mando Supremo alemán. Le permitieron el acceso a toda clase de expedientes y a los más importantes protocolos sobre operaciones, mensajes por radio y telegramas de los distintos Estados Mayores, informes auténticos, planos directores, cartas y numerosos apuntes particulares de combatientes de Stalingrado.
Cuando el manuscrito estuvo terminado, su publicación fue prohibida por el ministro de Educación Popular y Propaganda como "intolerable para el pueblo alemán". Schröter salvó su manuscrito hasta el final de la guerra y se basó en él para una nueva redacción de su libro que vio la luz en el año 1953.
Evidentemente el lujo de detalles de la narración son un añadido e invención del propio autor, pues es imposible que esas conversaciones y situaciones pudieran ser recogidos de ninguna de las maneras. Lo más probable es que el autor conociera tal hecho y a partir de ahí lo adornase con datos y personajes nacidos en su imaginación.
Es curioso que en el libro de Schröter, Nieweg tenga el rango de alférez, cuando en el libro original es un Uffz, un suboficial a secas, por lo que debe tratarse de un error de traducción. En algunas otras fuentes de internet aparece como sargento.
Lo que llama la atención es el apellido Nieweg, que parece un juego de palabras en alemán: nie significa nunca, y Weg se traduce como camino, aunque todo puede tratarse de una coincidencia.

El problema es que no hay informes que puedan verificar la travesía del cabo Nieweg, ya que no hay docuemnto alguno que lo pruebe.
En el foro de Feldgrau llegan a conclusiones parecidas:
http://www.feldgrau.net/forum/viewtopic.php?f=26&t=2734

De todas formas existe otra referencia en el libro Kriegsschicksale in Dokumenten (1985) de un testigo de la época, el soldado Kurt Dellbrück, que tomó parte en la batalla de Stalingrado, que afirma lo siguiente y traduzco del alemán:
"Cuando desperté, me encontraba en el hospital de sangre de la 11.ª División blindada y me enteré, de que estaba al lado de un suboficial, que más tarde murió, que fue el único que volvió directamente de Stalingrado."
En este documento coinciden las unidades que en teoría se toparon con el cabo Nieweg y el lugar donde se encontraba.

Lo que sí que es cierto, es que a falta de pruebas definitivas no se puede desmentir ni afirmar que tal episodio sucedió en las postrimerías de la batalla de Stalingrado.

Fuentes:
Stalingrado: hasta la última bala, de Heinz Schröter
Stalingrado, de Antony Beevor
La batalla por Stalingrado, de William Craig
Stalingrad: The Defeat of the German 6th Army, de Paul Carell
Kriegsschicksale in Dokumenten


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Re: La odisea del cabo Nieweg

Notapor grognard el Sab Feb 06, 2010 2:14 pm

El fragmento del libro de Heinz Schröter me ha recordado el libro de Sven Hassel "General SS", que también trata de Stalingrado, y en el que un grupo de hombres, entre ellos la unidad de El Viejo, consigue salir del Kessel gracias a la determinación de un general de las SS que, una vez a salvo en las líneas alemanas, es fusilado. Coincido contigo en que es sumamente difícil haber tenido acceso a determinados diálogos y detalles de situaciones, y que probablemente sea un "relleno" para adornar la historia, dramatizándola. Independientemente de ese adorno, es evidente que el relato de lo sucedido en Stalingrado era tan sumamente terrible que finalmente fuese prohibida su publicación.
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Re: La odisea del cabo Nieweg

Notapor ParadiseLost el Dom Feb 07, 2010 3:37 am

Si ya es poco creíble el relato de Heinz Schröter, de Sven Hassel ya no digo nada.
¿Escapado del Kessel? ¿Generales de la SS? Cielos, lo de Sven Hassel no tiene palabras...

He estado leyendo más detenidamente el relato de Heinz Schröter, y hay alguna otra cosa que no se aguanta. En concreto este pasaje que coincide con el inicio de la travesía:
"Aquella escena tenía lugar unos doscientos metros al sur de Voroponovo."
Es difícil que eso pudiera ser así, ya que esa zona en las afueras de Stalingrado, fue tomada por los soviéticos el 22 de enero, y sus defensores, los restos de la 297.ª División fueron expulsados hacia los suburbios de la ciudad, quizás hacia Yelshanka.
Así que es imposible que el 26 de enero, el grupo del que habla Schröter, estuviera reunido en Voroponovo como punto de reunión y partida, pues la zona ya estaba en poder de los soviéticos desde hacía cuatro días.
Y Schröter incluso afirma, refiriéndose al 25 de enero:
"El día anterior se había alzado todavía en aquel punto un puesto de mando divisionario."

Imagen
Mapa: Stalingrad, Anatomie einer Schlacht, de Janusz Piekalkiewicz

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Re: La odisea del cabo Nieweg

Notapor ParadiseLost el Lun May 17, 2010 12:08 am

Hola a todos.
En el libro Batallas decisivas de la Segunda Guerra Mundial, el coronel general Kurt Zeitzler, hace referencia a un caso parecido al del cabo Nieweg:

"Algunos oficiales subalternos pidieron permiso a sus superiores para intentar cruzar las líneas enemigas y llegar hasta el principal frente alemán. Muchos partieron en esa peligrosa aventura, y en marzo un sargento logró alcanzar las líneas alemanas después de varias semanas de increíble sufrimiento. No sobrevivió mucho tiempo a las privaciones pasadas."

Lástima que no se aporten más datos al respecto.

Fuente: Batallas decisivas de la Segunda Guerra Mundial

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Re: La odisea del cabo Nieweg

Notapor Graf el Mié Sep 08, 2010 7:14 pm

Que increble historia!!! Y que dramatica la mala suerte del pobre hombre!!! Pansar que si solo lo hubieran atendido 100 metros más allá o más aca, quizas todo su esfuerzo hubiera valido la pena... :(
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