Publicado: Sab Ago 22, 2009 4:22 am
revivo el post despues de unos varios meses...es que me interesa mucho
Nosotros estuvimos en el Frente

Justus Wilhelm von Oechelhaeuser
Editorial Herrero, 1963. Ciudad de México, México. Primera edición. 264 págs. 23.5 x 15.5 cms. Cubierta tela editorial. Sobrecubierta ilustrada a color (jacket).
Sinopsis: ¿No eran héroes los soldados alemanes de la Segunda Guerra Mundial? Eran soldados. Existen muchos libros en la actualidad contra la guerra y contra esos soldados. Pero pocos en que se haga justicia a esos militares del frente en esa espantosa guerra. Una de las mejores es "Nosotros estuvimos en el Frente", de J. W. Oechelhaeuser, quien fué comandante tanquista en el frente del Este. La narración en primera persona describe sucesos reales donde los soldados no son héroes ni cobardes, sino hombres vivientes en su miedo y su grandeza, en su miseria o dignidad.
A continuación, brindamos un extracto correspondiente al capítulo 33
Usted puede obtener este libro en: http://www.ellibroviejo.com/
Fuente: http://superlibris.blogspot.com/2008/01 ... rente.html

Nosotros estuvimos en el Frente

Justus Wilhelm von Oechelhaeuser
Editorial Herrero, 1963. Ciudad de México, México. Primera edición. 264 págs. 23.5 x 15.5 cms. Cubierta tela editorial. Sobrecubierta ilustrada a color (jacket).
Sinopsis: ¿No eran héroes los soldados alemanes de la Segunda Guerra Mundial? Eran soldados. Existen muchos libros en la actualidad contra la guerra y contra esos soldados. Pero pocos en que se haga justicia a esos militares del frente en esa espantosa guerra. Una de las mejores es "Nosotros estuvimos en el Frente", de J. W. Oechelhaeuser, quien fué comandante tanquista en el frente del Este. La narración en primera persona describe sucesos reales donde los soldados no son héroes ni cobardes, sino hombres vivientes en su miedo y su grandeza, en su miseria o dignidad.
A continuación, brindamos un extracto correspondiente al capítulo 33
"-El tanque de Fritze Dernberg se hallaba fuera de combate. Le dieron vueltas por todos lados, se lo quedaron mirando y decían maldiciones. Allí estaba parado, compacto, de fuerza desbordante y aparentemente invencible como un elefante, más con sólo un pequeño defecto: ya no quería caminar. Todo lo habían intentado: habían hablado por teléfono, enviado radiocomunicados; habían dado rienda suelta a su coraje; habían suplicado, y el maestro mecánico viajó más de 500 kilómetros en una búsqueda afanosa, estando sin dormir dos noches enteras; más todo resultó totalmente inútil. En ninguna parte se encontró la pieza de refacción que debía suplir al distribuidor defectuoso. No la había, simplemente, a pesar de ser una pieza que valía cuando mucho 12.50 marcos. "Ridículo, 12.50", repetía una y otra vez el jefe de los mecánicos, y escupía lleno de indignación.
"Bajo el gran tubo del cañón, el mayor sostuvo una breve conversación con el comandante del carro de combate. "A las 18:00 p.m., cuando ya esté oscuro, tenemos que abandonar este pueblo. Si hasta esa hora no ha llegado la grúa, deberá dinamitar su carro de combate." Diciendo estas palabras amargas, miraba al sargento comandante del tanque "Pantera" inutilizado, a quien conocía hacía más de siete años. "Sí, mi mayor", contestó aquel, dirigiendo sus palabras no al mayor precisamente, sino hacia la estepa cubierta de lluvia, la estepa de la cual saldrían ya por la noche los rusos, cuando los abatidos restos del batallón de granaderos que cubría la población emprendieran la retirada. El mayor y el jefe de mecánicos subieron a su vehículo. Antes de arrancar dijo al mayor: "Quizá suceda un milagro y podamos aún encontrar a alguien capaz de remolcar su tanque al taller." Una vez más contestó el sargento: "Sí, mi mayor." Luego, el carro del comandante se aleja y desaparece pronto, dando la vuelta en la próxima esquina. Los cinco hombres de la tripulación que quedaron con su tanque meten las manos en los bolsillos, lo que no hubieran osado hacer en presencia del mayor, y permanecen callados. Por fin, el cabo apuntador insiste: "¿Bueno, y ahora qué hacemos?" Pero el sargento se vuelve, coge el bote de pintura y la brocha, guardados a la llegada del mayor, y dice: "Cada cual termine su trabajo. En el caso que lleven remolcado el tanque, éste debe encontrarse en perfecto estado; y si no hay quien nos remolque, dinamitaremos un tanque perfectamente limpio. ¿Entendido, montón de flojos?" "Montón de flojos" era la expresión favorita del sargento; la usaba siempre en las ocasiones en que había necesidad de subrayar debidamente la importancia de lo que decía, e indicaba a la vez que no esperaba oír contradicción alguna. La tripulación lo sabía y sin más todos se dedicaron a los trabajos ordenados. Llevaron a cabo un servicio técnico de mantenimiento tan perfecto, que más preciso y más rápido no podía ser hecho ni en los talleres de mantenimiento de la retaguardia. Encima de todos y sentado sobre el largo cañón, el comandante pintaba de nuevo y con mucho esmero los catorce anillos blancos que indicaban el hecho de que su "Pantera" había destruido nada menos que catorce tanques del enemigo ruso. Cuando por fin acabó de pintar los anillos, dedicó su atención al nombre del tanque, y con mano artística dibujó sobre el blindaje lateral del cañón: "Bonifacio Kiesewetter". Tres horas más tarde, el sargento echaba su último vistazo a los cables del remolque, tendidos en forma de cruz, tal como lo pide el reglamento, y decía: "Ya ven, montón de flojos, todo es cuestión de tener fe y entonces suceden milagros!" Con esta frase dió al tanque de remolque la señal para el arranque. El que había logrado tal milagro fue el mayor, quien el camino pasó junto a un tanque que iba rumbo al taller con un cañón defectuoso. Lo había detenido y enviado de regreso, con la orden de remolcar al "Bonifacio Kiesewetter". Con cuidados y muy despacio rodaba la caravana a lo largo de la única calle del pueblo. Éste parecía vacío y abandonado; aparte de un perro que ladraba con ganas, nadie le prestaba atención. Poco se oía de los rusos. De vez en cuando el lejano impacto de una granada de mortero, algunas ráfagas de ametralladora allá atrás, dos otres kilómetros al interior de la estepa. Sin embargo, no llegaron muy lejos. A la mitad del pueblo, que se extendía varios kilómetros a lo largo de la calle, y en medio del lodo, estaba de pie un médico militar. Llevaba puesta una bata blanca y accionaba con las manos, protegidas por amarillos guantes de hule. Cuando se habían aproximado lo suficiente, el tanque de remolque se detuvo y su comandante bajó de la torre. "¿A dónde van ustedes?", quería saber el de la bata blanca. "Regresamos al taller. ¿Por qué?" "Porque aquí en esta escuela aún se encuentra un hospital provisional con más de doscientos heridos imposibilitados de caminar y que aún no han sido trasladados a otra parte. Yo soy el médico jefe del hospital." "Desde luego, podemos llevar con nosotros a algunos heridos. Quizá quepan en cada carro unos cinco, señor doctor." "¿Así es que diez solamente? Hombre, en mi hospital yacen doscientos treinta y seis y todos quieren que se les lleve a lugar seguro. Desde ayer están interrumpidas las comunicaciones telefónicas, al igual que las telegráficas, y mis vehículos aún están en camino con la primera tanda de heridos. No podrán estar de regreso antes de la 22:00 p.m. y cuatro horas sería demasiado tarde. ¿No sería posible que se quedaran con sus dos tanques?" "Nuestros tanques no están listos para el combate. El mío tiene defectuoso el cañón y el otro descompuesto el motor y no camina. Mas, sin duda, podremos acomodar sobre cada uno a veinte o hasta veintiuno; claro está, si los amontonamos como sardinas en lata." El médico se quedó mirando al joven suboficial: "Eso no tiene caso. ¿Qué será de los demás si nadie se encarga de la defensa del pueblo...?"
Usted puede obtener este libro en: http://www.ellibroviejo.com/
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