Publicado: Vie May 07, 2010 1:43 pm
por Bitxo
Que Putin/Medvedev se desligan de Stalin, eso está claro. Que Putin prefiriera que el patriotismo ruso pasase por la adoración a su persona y no al viejo dictador, es una opinión personal. Pero que Putin, Medvedev y otros quieran enfrentarse abiertamente al patriotismo ruso, resulta dudoso. Porque eso es lo que es Stalin ahora mismo para muchos rusos: un icono patriótico. Y no creo que haya que echarse las manos a la cabeza por ello, por lo menos no más que por lo que ocurre en otros lares o aquí en España mismo. Los dictadores dejan su impronta y esta tarda en borrarse. Hay toda una educación sentimental que se hereda de una generación a otra, y aunque esta se atenúe, sigue presente más tiempo del debido. De esta manera, para muchos rusos Stalin era un patriota de manera similar a Franco para muchos españoles, por poner un ejemplo cercano y conocido por la mayoría. Los mismos jaleos que hay aquí los hay allá, y viceversa. Cabe añadir que Stalin forjó una etapa de gloria para los rusos. Al margen de su papel nefasto en decisiones políticas y militares; al margen de que fuese un asesino nato y, peor, un genocida; lo cierto es que, guste o no, la URSS venció una guerra colosal y forjó un imperio con él a la cabeza. Así que es desgraciadamente normal que persista cierta nostalgia y se identifique el patriotismo con su figura. Y es tan normal como, claro, peligroso, pues ello le viene de perlas a los nostálgicos no ya de una Rusia gloriosa, sino de un sistema de gobierno represor. Esta gente ahora puede sentirse contenta de que enfrentarse a la figura de Stalin pueda ser interpretado por los demás rusos como enfrentarse al sentir nacional, al orgullo de ser ruso. Supongo que por ello el resto del aparato político no toma medidas más severas. En los países bálticos, de manera análoga pero contraria, se busca enaltecer a asesinos nazis como héroes patrios. Y si escarbamos en el tiempo, descubrimos que todos, pero todos los países tienen como héroes, o los han tenido, a auténticos asesinos. Y es que las naciones, y menos los imperios, no se forjan con buenas palabras o actos de bondad.