Publicado: Sab Jun 08, 2019 12:47 pm
por Domper
Los Albacore enemigos habían sobrepasado la cortina de destructores cuando vi uno de los actos más valerosos de la guerra: un solitario Messerschmitt que acababa de derribar a uno de los Albacore que venían por la otra banda se metió en medio del fuego antiaéreo y, tras pasar entre nuestros palos, atacó a los que se nos venían encima por babor. Derribó uno en un ataque frontal demostrando que además de valiente era un excelente piloto con letal puntería. El enemigo cayó al agua sin poder lanzar su torpedo mientras el Bf 109 efectuaba un Immelmann más propio de un concurso de acrobacia que de un combate, consiguiendo ponerse a la cola del otro torpedero. Lo ametralló y lo hizo caer, mientras los cañones del 3,7 de estribor daban cuenta del último superviviente. Los ingleses eran unos valientes y en vez de pensar en su seguridad emplearon sus últimos segundos en lanzar sus torpedos, pero lo hicieron demasiado lejos y los pudimos esquivar con facilidad. Por desgracia el avión del valeroso piloto también fue alcanzado y tuvo que amerizar. El capitán nos informó más tarde que el aviador pudo ser salvado.

Una hora después se produjo un segundo ataque aéreo. Volvió a repetirse el guion: los cazas de escolta —esta vez Messer 110 y Fw 190 alemanes— los interceptaron derribando a la mayoría. Los pocos supervivientes ni siquiera intentaron atacar a los acorazados y se contentaron con lanzar sus torpedos contra la fuerza que nos daba cobertura. Esta vez con mejor fortuna, porque el crucero Gorizia fue alcanzado por un pez mecánico. Las averías debieron ser graves, pero estábamos a la vista de Esauira y su puerto, donde pudo refugiarse.

No hubo más ataques aéreos esa tarde. Sin embargo una noticia alarmante aguó la satisfacción que teníamos de haber escapado de los aviones: a los barcos enemigos se les había unido otra agrupación formada por tres acorazados: los dos Nelson —inconfundibles con su aspecto de petroleros— más otro de la cosecha de la Gran Guerra, seguramente un Queen Elizabeth. Ahora eran los ingleses los que nos superaban. Porque los seis buques de batalla enemigos disponían de cañones de catorce, quince o dieciséis pulgadas, y estaban fuertemente blindados, mientras que de los seis nuestros solo el Tirpitz y el Bismarck podían medirse con los enemigos: el tercer alemán, el Gneisenau, tenía protección razonable, al menos tan buena como la del Hood enemigo, pero sus cañoncitos de 28 cm apenas arañarían el blindaje británico. Los tres barcos italianos, con cañones del 32, no estaban mucho mejor en potencia de fuego. Peor era que ni su cinturón blindado ni mucho menos su cubierta podrían resistir los monstruosos proyectiles ingleses de casi una tonelada.

El almirante Somerville debió pensar que había llegado su momento pero con sus prisas por atraparnos olvidó que se había acercado demasiado a la costa. El cielo se llenó: decenas y decenas de bombarderos partidos de los campos africanos se unieron a los que atacaron desde las Canarias. La mayoría eran bimotores alemanes y trimotores italianos, pero también pude ver a bastantes bombarderos en picado Ju 87 más, como no, cazas alemanes, franceses y, por lo que luego supe, hasta italianos y españoles. Los británicos confiaban en que los aviones de sus portaaviones contuviesen cualquier ataque, pero en ningún momento esperaban ser objeto de semejante ofensiva. Nuestros cazas barrieron a los ingleses del cielo, y entonces comenzó el baile mortal de los bombarderos en picado y de los torpederos. Ciliax no esperó a conocer el resultado del ataque, sino que ordenó a la combinada que aproase hacia el enemigo. Al mismo tiempo que virábamos la flota formó una larga línea, con la división alemana en cabeza, seguida por la de los acorazados italianos, y finalmente por la de cruceros pesados. Los destructores se dispusieron en los extremos, preparados para combatir a sus semejantes o para atacar al torpedo. Seis contra seis, iba a ser la mayor batalla naval desde Jutlandia y esperábamos que, por fin, en nuestras condiciones.

No veíamos al enemigo porque el sol poniente nos deslumbraba, pero los aviones de reconocimiento punteaban los movimientos ingleses. Cuando el capitán Topp informó que el radiotelémetro del Tirpitz había detectado al enemigo todos nos sentimos como sacudidos por una descarga eléctrica. Con el telémetro de la dirección de tiro intenté vislumbrar a los ingleses pero el resplandor me seguía cegando. En ese momento la flota viró hacia el oeste, como si Ciliax quisiese evitar el combate. Improbable para aquellos que lo conocíamos, y no íbamos desencaminados: lo que deseaba era dejar pasar los pocos minutos que faltaban para que el sol cayese tras el horizonte. Así, en vez de deslumbrarnos, siluetearía al enemigo mientras nosotros entrábamos en la penumbra. Poco antes del ocaso volvió al norte. Incluso con los limitados equipos de mi dirección de tiro —diseñada para controlar el fuego antiaéreo y no el naval a gran distancia— pude ver como el resplandor del sol poniente descubría al enemigo. El almirante había conseguido la mejor posición táctica imaginable: había cruzado la «T». Eso significaba que nuestros buques podrían disparar con todas sus piezas sin interferirse unos con otros, mientras que el enemigo solo podría utilizar sus cañones delanteros, siempre que el matalote de proa no les cerrase el campo de tiro. Además el sol los iluminaba mientras nuestra flota se confundía con el atardecer. Ciliax había dispuesto sus buques igual que veintiocho años antes Graf Spee en la batalla de Coronel.

Sin embargo el enemigo, esta vez, no se limitaba a unos pocos cruceros. Viendo la larga hilera de barcos enemigos —yo podía contar por lo menos ocho— me descorazoné ¿no se suponía que los ataques aéreos habrían hecho mella? Estaba intentando identificarlos cuando un fogonazo iluminó al primero de la línea enemiga: el duelo había empezado.