Publicado: Jue Nov 20, 2014 1:02 pm
por Domper
Según el diccionario, secretario es el que guarda secretos. Según esa acepción yo, Gerard Wiessler, soy un secretario.

Durante las horas de espera he estado pensando en lo que ha sido mi vida. Recordaba mis ambiciones infantiles y las discusiones con mi padre, que quería que me dedicase a la tradición familiar de la abogacía y no a la medicina. Mis años de estudios en el Gymnasium y la preparación del examen de Estado, y como tuve que dejarlo todo para ir a la guerra. Los meses de barro y de miedo en las trincheras, la camaradería del Freikorps, el aplastamiento de la revuelta espartaquista. Recordaba especialmente mi vuelta a una casa vacía, ya que mi hermano había muerto en Flandes, durante la Ofensiva de Primavera de Ludendorff, y mi padre nunca se había recuperado por completo de la gripe. Al ser el único sustento de la familia no pude reemprender los estudios sino que tuve que aceptar la oferta que la policía hacía a los veteranos de guerra. Entre mi pequeño sueldo de la policía y las rentas familiares podíamos mantenernos. Hasta que llegó la hiperinflación.

Los titulares de los periódicos publicaron la amenaza de los aliados: si Alemania no pagaba unas indemnizaciones de guerra exorbitantes sería invadida. Eso me ofendió como alemán, pero más me hubiese ofendido si hubiese llegado a prever las consecuencias. Toneladas de oro y montañas de hierro, carbón y madera salieron de mi patria. El gobierno se encontró sin fondos y tuvo que aumentar la circulación de billetes. El valor del marco se evaporó y, con él, los ahorros familiares. El gobierno fabricaba billetes primero de cientos de marcos, luego de miles y de miles de millones, que nadie quería. Todas las semanas hacíamos cola en la comisaría para recoger los fajos de billetes que nos entregaba el pagador, y luego corríamos a la panadería para comprar algo antes que el marco se devaluase todavía más. En seguida los panaderos despreciaron el papel moneda y tuve que trabajar para ellos como vigilante para conseguir unos pocos alimentos. A pesar de ello mi padre enfermó y murió. La hiperinflación pasó, pero jamás podré olvidar como los aliados destruyeron a mi familia y mataron mis sueños de juventud.

Los siguientes años tampoco fueron un camino de rosas. Conocí a una buena chica, pero de nuevo los manejos de los plutócratas anglosajones se cruzaron en mi camino cuando su ambición causó la Gran Depresión. Los policías no acabamos en la cola del paro, pero con mi magro sueldo no podía soñar con mantener una familia. Solo tras el ascenso de los nazis las cosas empezaron a enderezarse. La economía mejoró y mis superiores, que habían reparado en mí, me ascendieron a subcomisario. Pude casarme y tener la bendición de un hijo. Mejor todavía, mi antiguo comisario, Arthur Nebe, había sido nombrado jefe de la Kriminalpolizei, la Kripo. Me llamó a la oficina central y me encomendó la persecución de los delitos económicos.

Cuando en 1939 volvió la guerra quise unirme al ejército. Mi esposa lo entendió, pero Nebe no me lo permitió, aduciendo que mi trabajo era demasiado importante. Tuve que comerme las uñas cazando estraperlistas mientras los Panzer aplastaban Europa. Yo intentaba convencerme de que contribuía más a la victoria persiguiendo defraudadores, pero no tuve la satisfacción de disparar un fusil contra los que habían arruinado mis sueños de juventud.

Un día Nebe me encomendó un servicio muy especial. Al parecer los rusos tenían espías en Berlín, pero no sabíamos ni donde estaban infiltrados ni qué secretos robaban. Tan sólo sabíamos que los rusos parecían conocer los movimientos de nuestros ejércitos. Temiendo que la Gestapo estuviese infiltrada habían encargado a la Kripo la investigación. Aunque parecía una tarea imposible se me ocurrió que podía hacer lo mismo que con los delitos económicos: el dinero no tiene nombre ni firma pero pueden seguirse sus movimientos, y lo mismo ocurre con la información. Analicé los movimientos alemanes y los soviéticos, y confeccioné diagramas estableciendo la precisión con la que los soviéticos respondían a nuestras acciones: a mayor precisión, más calidad tenía la información y por tanto la fuente estaba más cercana. Mucho antes de lo que pensaba tuve la seguridad de que el o los espías estaban en el Estado Mayor de la Luftwaffe, y solicité a Nebe autorización para iniciar seguimientos. Pero no solo me la negó, sino que recibí la orden de traslado a Haizenberg, un villorrio alpino.

Sentí que todo se hundía. Una vida de trabajo echada por la borda sin haber hecho nada malo. Pedí a Nebe que me recibiese pero no conseguí respuesta ¿Tal vez estaba implicado mi jefe en el círculo de espías? No lo parecía, porque mis diagramas descartaban que la Kripo tuviese filtraciones ¿Tal vez era envidia, por haber resuelto algo que para él era imposible? Estuve tentado de acudir a Müller, el jefe de la Gestapo. Pero pensé que si se había encargado la investigación a la Kripo y no a la Gestapo sería por algo, y que capturar al espía que había descubierto era más importante que mi carrera. Me resigné y preparé la mudanza. Iba a la estación de tren a por los billetes cuando un desconocido me abordó.

—¿Subcomisario Wiessler? Sígame, por favor —el desconocido me mostró una placa oficial.

Me sorprendí. De acuerdo, había caído en desgracia. Pero ¿por qué abordarme en la calle? Me hubiesen podido detener en la oficina sin llamar la atención.

—¿Estoy detenido? —pregunté.

—No, pero le conviene acompañarme —me dijo, conduciéndome a un coche negro.

Me llamó la atención que no fuésemos a la sede de la Gestapo en la Prinzalbrechtstrasse, sino a las oficinas del Servicio de Inteligencia en la avenida Tirpitz. Allí el desconocido me llevó hasta el primer piso sin que nadie mirase ni saludase. Me resultó extraño hasta que pensé que en una agencia de espionaje era mejor no reconocer a nadie. El desconocido mostró a un ordenanza una nota, y este me hizo pasar a un despacho, donde me encontré con el general Schellenberg.

—¿Gerard Wiessler, no es así? —estaba tan impresionado que apenas pude asentir.

—Me alegro de verle —me dijo Schellenberg—. Le ruego que perdone a Nebe el susto que le ha dado, pues lo hizo siguiendo mis indicaciones. Yo estaba buscando a alguien inteligente y capaz, y cuando Nebe me informó de los resultados de su investigación pensé que usted podía ser mi hombre. Pero tenía que comprobar si usted era de fiar. Para probarle preparé esa pequeña comedia. No me hubiese gustado que acabase en ese rincón de los Alpes, pero necesito a alguien que reúna discreción y lealtad.

Permanecí en silencio mientras el general seguía.

—Se preguntará que quiero de usted. Es muy sencillo: un ayudante de confianza. He heredado esta oficina de mi predecesor, el pequeño almirante, y no me fío ni de las paredes. Aunque reviso mi despacho cada día me encuentro curiosidades como ésta —me enseñó un aparatito que reconocí como un micrófono, el más pequeño que nunca hubiese visto.

Schellenberg siguió—. No puedo encargarme a la vez de mi seguridad y de la del Reich. Pensé que necesitaba la ayuda de un buen profesional, que siempre sería mejor que algún arribista como yo —no sabía que el general tuviese un humor tan cáustico—. Su misión será sencilla: asegurarse que nadie sepa lo que hago, salvo lo que yo quiera que se conozca ¿le interesa?

Me apresuré a aceptar la nueva tarea. Schellenberg no se anduvo por las ramas:

—Magnífico. Pero le prevengo que tendrá que mantener discreción absoluta sobre todo lo que oiga, lo que vea o lo que adivine. No podrá contarle nada a nadie. Ni a los amigos, ni al coronel Nebe, ni siquiera a su esposa. Yo le vigilaré y si le sorprendo en falta acabará en un sitio mucho peor que los Alpes. A cambio no sólo le ofrezco la promoción personal, sino la posibilidad de servir a Alemania en un puesto mucho más importante que un batallón de fusileros.

Prometí ser una tumba. Entonces mi nuevo jefe me dijo.

—Por último, tal vez le parezca un fastidio, pero esta es una agencia militar. Usted es ¿detective o subcomisario?

—Subcomisario, mi general.

—Considérese comisario a partir de ahora. Eso equivale… espere… a mayor. Perfecto, a partir de ahora usted será el mayor Gerard Wiessler. Necesitará un uniforme.

Cuando acepté la oferta del general Schellenberg no sabía realmente lo que hacía. En las semanas siguientes tuvo que sumergirse en las más negras aguas del Reich. Nunca hubiera podido imaginar la red de intrigas que estaba tejiendo el general Schellenberg. Espiaba a todo el mundo: a las fuerzas armadas, a los ministerios, incluso a la Gestapo. Tenía informadores en todos los departamentos, con los que se reunía en rincones insospechados. Su archivo recogía todos los secretos del Reich. Tan solo respetaba a Goering: no sólo no le espiaba, sino que periódicamente le presentaba informes completos sobre sus actividades. Un día que estaba de buen humor Schellenberg se confió conmigo.

—Gerard, igual te extraña que no tenga secretos para el Statthalter. Pero en Berlín la lealtad es tan rara que resulta la carta más valiosa.

Sin embargo pronto descubrí que Schellenberg tampoco le contaba todo a Goering, y comprendió que esa fachada de lealtad era realmente una tapadera para las maquinaciones del general.

Un día el general llegó muy afectado, fumando un cigarrillo tras otro a un ritmo aún superior al habitual. Como ya tenía suficiente confianza con él le pregunté lo que ocurría.

—Ni te lo imaginas, Gerard. Esos locos de Rosenberg y Seyss-Inquart están convenciendo al gordo —fue la primera vez que le oí faltarle al respeto al Statthalter—. Quieren que ataque a los rusos ¿Esos imbéciles no aprendieron nada de 1918? La guerra en dos frentes significa la derrota para Alemania. Además el desgraciado de Rosenberg desea aprovechar la invasión para limpiar Europa de subhombres ¿Eres antisemita, Gerard?

Nunca lo había pensado muy a fondo. Le dije que no me agradaban ni los negros ni los judíos.

—Ni a ti ni a nadie en Alemania. El finado doctor Goebbels hizo un buen trabajo convenciéndoos de las maldades hebreas. Pero ¿serías capaz de matarlos a sangre fría? ¿Asesinarías a un niño judío? Piensa en un niñito rubio, sonriente y juguetón ¿Le dispararías en la cabeza?

Me imaginé asesinando a un niño como el mío. No me costó nada responder:

—Jamás. Nunca mataría a un niño.

—Me alegro, porque voy a hacer todo lo que pueda para que eso no ocurra.

No mucho después Schellenberg viajó a Palestina. Esperaba que el viaje le distrajese pero llegó con humor fúnebre.

—Gerard —me dijo— ¿recuerdas lo que le te dije de matar niños? Ya lo están haciendo en Palestina —el general no dijo nada más, pero lo conocía lo suficiente como para saber que lo que el general había visto le había afectado profundamente.

Al día siguiente me encargó una tarea singular: revisar los informes sobre una investigación realizada el año anterior. Al revisarlos me quedé paralizado ¡Era la investigación sobre el asesinato de Hitler! La versión oficial, que nadie creía, era que Heydrich había usado un agente francés. Todos pensábamos que había sido algún “lobo solitario”, es decir, un asesino que había actuado por su cuenta. Luego Goering había acusado a Heydrich para quitárselo de en medio. Pero el general me presentaba una lista de nombres y de fechas de oficiales alemanes ¿Había sido una conspiración del ejército? El general se adelantó a mi pregunta.

—Yo también difundo el rumor sobre el “lobo solitario”. Pero piensa un poco ¿Cómo pudo ser? Ese supuesto asesino solitario escondió las bombas en la Ópera justo antes de la visita del Führer. Como mínimo alguien le proporcionó información, y pocos sabían que Hitler iba a visitar París.

—En ese caso ¿Cómo es que no encontraron nada? —le pregunté.

—No convenía difamar la imagen del ejército. Además los vándalos de las SS asesinaron a tanta gente que apenas disponemos de testimonios.

—¿Qué podré hacer?

—Revisa los expedientes. Tal vez no consigas nada nada, pero inténtalo.

No resultó tan difícil como pensaba. No sabía que Hitler había adelantado su visita a París y sólo un puñado de oficiales estaba al tanto. Pero ninguno de los que estaban en la capital francesa resultaba sospechoso, como había demostrado la investigación tras el atentado. Todos habían podido justificar sus movimientos en los días anteriores.

Pero si el origen no había estado en París, podría estar en Berlín. Por desgracia en la capital el adelanto del viaje se había difundido y resultaba imposible investigar a todo el mundo, ni disponiendo de un ejército de agentes. Sin embargo podía analizar las comunicaciones entre París y Berlín, ya que por entonces aún no había líneas telefónicas directas. Me enfrenté a la tediosa tarea de leer todas las comunicaciones de los días anteriores. La mayoría de los mensajes trataban sobre cuestiones administrativas o logísticas: que el teniente tal era ascendido o que el regimiento cual necesitaba papel higiénico. A primera vista no había nada sospechoso, pero se podían hacer comprobaciones: si un regimiento pedía papel higiénico pero no lo recibía, reclamaría. Si lo recibía, confirmaría la entrega. Me centré en los mensajes huérfanos, es decir, los que no habían tenido la correspondiente respuesta en los días siguientes, e investigué tanto a los emisores como a los remitentes.

Pronto encontré un mensaje aparentemente inocuo, en el que desde Berlín se avisaba a una compañía del regimiento de infantería 9, una unidad elitista llena de aristócratas, que al día siguiente se enviarían los reemplazos que había demandado. Pero no encontré demandas de reemplazos, ni respuestas al mensaje. Más interesante aún, el mensaje había sido enviado desde un departamento en el que estaba destinado un antiguo oficial del regimiento, un disidente que se había quejado repetidamente de Hitler y de su política. Su competencia y el apoyo que prestó al Plan Manstein habían salvado su carrera, pero seguía siendo un sospechoso que además conocía los nuevos planes del Führer. El oficial al mando de la compañía que supuestamente iba a recibir los reemplazos era otro aristócrata que había sido un nazi ferviente y que posteriormente se había desencantado con el partido. Los conversos son los fanáticos más peligrosos y decidí investigarle a fondo. Resultó que ese oficial había pedido un permiso para visitar París justo el día anterior al atentado y, aunque se lo habían negado, había desaparecido durante varias horas. Había pretextado una cita con una prostituta, y se libró con una amonestación. Pero era una coincidencia demasiado significativa como para pasarla por alto.

Enseñé al general mis resultados y le propuse que interrogásemos a los oficiales. Schellenberg se rio y me dijo:

—Gerard, no esperaba menos de ti. Pero ahora quiero que dejes todo en mis manos, que yo me encargaré.

Poco después el regimiento 9 fue destinado a Palestina ¿quién había sido el responsable de semejante decisión? El general siguió callado, y pensé que quería hacer otra de sus travesuras. Mi silencio me comprometía pero ¿qué podía hacer? ¿irle a Nebe con el cuento? Nebe era como uña y carne con Schellenberg ¿Hablar con Müller, jefe de la Gestapo? De él me fiaba aun menos. Decidí mantenerme en silencio aunque, por si acaso, destruí cualquier indicio de la investigación que había hecho.

Hice bien en no confiar en Müller: al poco Schellenberg me encargó que investigase sus posibles relaciones con el almirante Canaris, el antiguo jefe de la Abwehr. En un primer momento me extrañó, ya que los dos eran como el agua y el aceite y, si se mezclaban, sería porque un interés común les unía. Me encargó su vigilancia, que no sería fácil, ya que las medidas policiales habituales como los seguimientos, serían detectados con facilidad. Preferí dedicarme a mi especialidad, la intercepción de las comunicaciones, y pronto descubrí que los dos elementos estaban tejiendo una red que implicaba tanto a militares, incluyendo al mismísimo mariscal Beck, jefe del ejército, como a antiguos SS, con Kaltenbrunner, antiguo protegido de Himmler, a la cabeza. Mostré mis resultados al general, que me dijo:

—Gerard, voy a tener que ascenderte un día de estos. Lo malo es que la gente se preguntará la razón. Igual te concedo alguna condecoración, pero será secreta y no la podrás ostentar. Ahora toca prepararse para lo que has descubierto.

Schellenberg se reunió con otros militares, entre los que estaba el héroe de Oriente, el mariscal Von Manstein, convertido en un ídolo popular. El general sabía que no podía ocultarme nada y me hizo partícipe de sus proyectos:

—Nosotros podemos intrigar tan bien o mejor que Canaris. Estamos preparando la protección de los ministerios y de los centros de comunicaciones. Quiero que vigiles disimuladamente a Canaris y Kaltenbrunner y que me avises si empiezan a moverse. Se encontrarán con una sorpresa.

Supuse que no sería una sorpresa agradable. Entonces el general me entregó un sobre cerrado.

—No lo abras pero mantenlo a buen recaudo. Dentro tienes órdenes especiales que seguirás cuando te lo ordene personalmente. Pero si en alguna conversación te pregunto por tus padres, debes quemarlo sin abrirlo.

Pensé que lo que contuviese ese sobre era más peligroso para mí que para el general, pero a esas alturas ya estaba tan enredado que ni me preocupé. No me atreví a guardarlo en la caja de seguridad, pues sospechaba que una limpiadora la abría periódicamente, y llevé el sobre siempre encima.

Eso fue a principios de julio. Poco después el Statthalter viajó a Palestina, y el general me ordenó que estuviese al tanto de los mensajes de radio de Jerusalén. Especialmente debía esperar dos comunicaciones que se emitirían sin cifrar. Una sería RAMAT RAMAT RAMAT, otra RAMAT RACHEL RAMAT RACHEL RAMAT RACHEL. Si las recibía debía avisarle inmediatamente.

Dos días después, el día 23 de julio, corrió en Berlín el rumor que Goering había sufrido un atentado. Justo entonces el agente que vigilaba a Kaltenbrunner me llamó. Avisé a Schellenberg, que me preguntó:

—¿Se ha recibido el mensaje en clave?

—No, mi general.

—Está bien. Localice al general Von Manstein y dígale que los zorros se están moviendo, pero que Raquel no ha llamado ¿me entiendes?

—Que los zorros se mueven y que Raquel no ha llamado.

—Excelente. Encárgate. Yo voy a ir al Estado Mayor en el Bendlerblock.

Como temíamos Canaris, Beck y Kaltenbrunner estaban preparando un golpe de estado, e intentaban aprovechar el rumor sobre la muerte de Goering para hacerse con el control de la capital. Pero mi jefe y el mariscal Von Manstein jugaron con ellos y antes de seis horas todos los conspiradores estaban entre rejas. No fue necesario disparar ni un tiro. Cuando los berlineses despertaron a la mañana salvo por la mayor presencia de militares no parecía haber pasado nada.

Creí que ya se había acabado todo, pero Schellenberg me ordenó seguir manteniendo la escucha. Apenas habían pasado dos días más cuando me avisaron desde el gabinete de la radio. Habían recibido el mensaje esperado: RAMAT RAMAT RAMAT. El general todavía estaba en su despacho, y saltó como un resorte cuando le avisé. Llamó al mariscal Von Manstein y al ministro Von Papen, y me dijo que siguiese a la escucha. Dos horas después se recibió un nuevo mensaje: RAMAT RACHEL RAMAT RACHEL RAMAT RACHEL. Corrí al despacho del general, que me dijo.

—Gerard, es el momento. Voy al Bendlerblock. Tú ya tienes tus órdenes.

Abrí el sobre. Contenía instrucciones para la seguridad de nuestra sede. Pero también había una larga lista de nombres. Tenía que llevársela a mi antiguo jefe, el coronel Arthur Nebe, para que enviase policías para detenerlos y llevarlos a la cárcel de Plötzensee. También había una instrucción concreta para mí: tenía que encargarme de Kaltenbrunner. Como había sido detenido dos días antes no tuve que buscarlo: me dirigí a Plötzensee e hice que me lo entregasen. Lo introduje en mi coche y lo llevé hasta un muelle del Spree, donde tuve el placer de volarle la tapa de los sesos.

Después volví a mi puesto en Inteligencia. Nada más llegar un oficial de comunicaciones se me acercó y me dio la noticia:

—¡Gerard, corre el rumor de que han matado al Statthalter en Jerusalén!

—¿A Goering?

Aparenté sorpresa, aunque ya suponía hacia donde apuntaban las intrigas de mi jefe. Aunque no tenía órdenes para el caso, supuse que el secreto convendría más a lo que estuviese haciendo el general, por lo que ordené silencio hasta que no hubiese confirmación. Aun así los rumores acabaron por difundirse, pero para entonces Berlín había sido tomado por patrullas armadas.

A la mañana siguiente la BBC atribuyó a terroristas ingleses la autoría del ataque. Ni Von Papen, ni el mariscal, ni mucho menos Schellenberg desmintieron a los ingleses.