Publicado: Mar Ene 27, 2009 12:06 am
por maquissard
También quiero narrar mis sentimientos en la visita que hice a Auschwitz. Han pasado casi diez años pero todavía recuerdo aquella visita como si hubiera sido hace un año.

El día anterior a la vista tenía cierta inquietud. Me dormí alterado.
No era la primera vez que la persona que me acompañaba y yo visitábamos un sitio relacionado con la II GM. También de otras guerras, otros campos batallas, castillos, mazmorras.
Pero aquel día era especial. No era el lugar donde había ocurrido algo histórico, tampoco era un cementerio donde descansaban unidos en la muerte los hombres que se habían enfrentado en la vida. No era un monumento que exaltara un hecho histórico.
Era todo eso y era más. Era el testimonio de lo más abyecto del ser humano. Era un sitio donde los hombres había sufrido hasta límites imaginables tanto física como mentalmente.
No, esa mañana no hubo los comentarios alegres y triviales que acompañan las relajadas jornadas de vacaciones.
En la estación de Varsovia sacamos los billetes para Osienwich
Si preguntas por Auswitch, aunque te entiendan no te ayudaran. No les gusta ese nombre a los polacos. Me dio hasta la impresión de que ni les gusta que vayan los turistas.
Llegada a la estación de Osienwich. El campo de Auswitch no queda muy lejos del pueblo, en poco más de 15 minutos llegas andando. ¡¡Que cerca del pueblo está!!
Tras pagar la entrada, por fin traspaso la puerta. El trabajo os hará libres. El día es plomizo y gris. Gris como el estado de mi alma.
Había leído mucho, visto muchas imágenes. Creía estar preparado para soportar todo.
Fui pasando por mil escenarios, ninguno me era totalmente nuevo, fotos, películas.
Hasta que lo ví. No estaba preparado para ver eso.
Sobre una pared, varias decenas de retratos. Venerables ancianas, que lo único debían esperar ya de la vida es pasarla viendo crecer a sus nietos y rodeadas por el cariño y reconocimiento de sus hijos.
Pensé en el horror de estas personas, esos cuerpos ya frágiles por la edad que pasaron casi sin darse cuenta de estar en una butaca al calor de un brasero a verse sometidas a la brutalidad de unos carceleros que de humanos solo tenían la forma. Lo que leí debajo de cada cuadro confirmaba mi pensamiento casi ninguna de ellas sobrevío más de una semana.
No, no estaba preparado para eso. Mis ojos se enrojecieron. Sabía que no podía sin que se me quebrara la voz. Todo el armazón psicológico se vino abajo.
Este estado no me abandonó en el resto de la visita. Sabía que mis defensas metales se habían desmoranado. No importaba.
Adopte esa postura que se suele adoptar cuando estás con las lágrimas contenidas: no mirar a nadie, no hablar. Así continué mi visita.
Cuando me decidí a mirar las otras caras vi lo mismo: ojos enrojecidos, voces rotas. Cada uno en su momento, pero todos sucumbimos al horror.