Publicado: Mié Mar 11, 2009 12:24 am
Viendo las fotos que aportó Marseille, me acordé de algo que había leído en "La Piel" de Curzio Malaparte, y que creo que puede resultar bastante ilustrativo:
En relación al soldado italiano vestido con uniforme inglés:
"Mientras caminaba al lado del coronel Hamilton, me sentía maravillosamente ridículo con mi uniforme inglés. Los uniformes del Cuerpo Italiano de Liberación eran viejos uniformes ingleses de color kaki, cedidos por el Mando Británico al mariscal Badoglio, y teñidos — acaso para ocultar las manchas, de sangre y los agujeros de las balas — de un verde oscuro, color de lagarto. Eran, en una palabra, uniformes de los que se había despojado a los soldados británicos caídos en El Alamein y en Tobruk. En mi guerrera se veían tres agujeros de proyectiles de ametralladora. Mi camiseta, mi camisa y mis calzoncillos estaban manchados de sangre. Incluso mis zapatos habían sido quitados al cadáver de un soldado inglés. La primera vez que me los puse noté algo que se me clavaba en la planta del pie. Pensé, de momento, que hubiese quedado algún huesecillo del muerto incrustado en la suela. Era un clavo. Hubiera sido mejor, quizá, que hubiese quedado un huesecillo del muerto; me hubiese sido más fácil quitarlo. No había nada que decir; para nosotros había acabado bien aquella estúpida guerra. No podía ciertamente haber acabado mejor. Nuestro amor propio de soldado vencido estaba a salvo; ahora combatíamos al lado de los aliados para ganar juntos su guerra después de haber perdido la nuestra, y era, por consiguiente, natural que fuésemos vestidos con los uniformes de los soldados aliados matados por nosotros."
Y también referido a los soldados de la "Nueva Italia" que combatía al lado de los aliados:
"El coronel Palese había querido presentarme él mismo a mis soldados, con una de esas simples ceremonias que tan arraigadas están en el corazón de los viejos militares. Era un hombre alto, delgado, con el cabello enteramente blanco. Me estrechó la mano en silencio y sonrió suspirando tristemente. Los soldados (casi todos ellos muy jóvenes, que se habían batido bien contra los aliados en África y en Sicilia, y por este motivo los aliados los habían elegido para formar el primer núcleo del Cuerpo Italiano de liberación) estaban alineados en medio del patio, delante de nosotros y me miraban fijamente. También ellos iban vestidos con los uniformes de los soldados ingleses caídos en Tobruk y El Alamein, y sus zapatos eran zapatos de muerto. Tenían el rostro pálido y demacrado, los ojos blancos y vagos, como hechos de una sustancia blanca y opaca. Me pareció que se fijaban en mí sin parpadear.
El coronel Palese hizo un movimiento con la cabeza; el sargento gritó: « ¡Compañía, firmes!» La mirada de los soldados pasó sobre mí con una intensidad dolorosa, como la mirada de un gato montes. Sus miembros se pusieron rígidos, como si se hubiesen disparado bajo la orden. Las manos que estrechaban los fusiles eran blancas, exangües; la piel, floja, pendía en la punta de los dedos como la piel de un guante demasiado grande.
El coronel Palese tomó la palabra y dijo:
—Os presento a vuestro capitán...
Y mientras hablaba, yo miraba aquellos soldados italianos vestidos con uniformes arrancados a los cadáveres ingleses, aquellas manos exangües, aquellos labios pálidos y aquellos ojos vagos. Aquí y allá, sobre el pecho, sobre el vientre, sobre las piernas se veían sobre sus uniformes grandes y negras manchas de sangre. De repente me di cuenta con horror de que aquellos soldados estaban muertos. Despedían un tenue olor de ropa enmohecida, de cuero podrido, de carne secada al sol. Miré al coronel Palese; también él estaba muerto. La voz que brotaba de sus labios era húmeda, fría, viscosa; parecía ese horrible rumor que brota de la boca de un muerto si se le apoya la mano sobre el vientre.
—Mande descanso —dijo al sargento el coronel Palese cuando hubo terminado su breve discurso.
— ¡Compañía, descanso! —gritó el sargento.
Los soldados se apoyaron sobre el pie izquierdo en una actitud de abandono y desmadejamiento y me miraron ahora fijamente con una mirada más dulce y humana.
—Y ahora —dijo el coronel Palese— vuestro nuevo capitán os hablará brevemente.
Yo abrí la boca y de mis labios salieron unos sonidos horrendos; eran palabras sordas, hinchadas y flojas. Dije:
—Somos los voluntarios de la Libertad, los soldados de la nueva Italia. Debemos luchar contra los alemanes, echarlos de nuestra casa, rechazarlos más allá de nuestras fronteras. Los ojos de todos los italianos están fijos sobre nosotros; debemos levantar de nuevo la bandera caída en el fango; ser el ejemplo de todos en medio de tanta vergüenza, mostrarnos dignos de la hora que ha sonado, de la tarea que la Patria nos confía.
Cuando hube terminado de hablar, el coronel dijo a los soldados:
—Ahora uno de vosotros repetirá lo que ha dicho el capitán. Quiero estar seguro de que habéis comprendido. Tú —dijo indicando un soldado—, repite lo que ha dicho vuestro capitán.
El soldado me miró; tenía los labios delgados y sin vida de los muertos. Con un horrendo tono de voz, dijo:
—Debemos mostrarnos dignos de la vergüenza de Italia.
El coronel Palese se acercó a mí y me dijo en voz baja:
—Han comprendido.
Y se alejó en silencio. Bajo su sobaco izquierdo, una gran mancha se extendía sobre el paño del uniforme.
Yo miraba aquella mancha de sangre negra extenderse lentamente; seguía con los ojos a aquel viejo coronel italiano vestido con el uniforme de un soldado inglés muerto, y el nombre de Italia me apestaba en la boca como un trozo de carne podrida."
Cierto es que Malaparte lo contempla desde una perspectiva ácida, pesimista, descarnada y escéptica. Pero no deja de ser una visión de un italiano acerca de su patria y de sus gentes.
Ambos fragmentos corresponden al capítulo primero de "La Piel". Y al capítulo segundo corresponde este largo párrafo, que creo que también puede dar una buena muestra de los sentimientos del soldado italiano cuando se vio obligado a cambiar de bando:
"Me sentía mucho más canalla y vil que aquel 8 de setiembre de 1943 que tuvimos que arrojar nuestras armas y nuestra bandera a los pies del vencedor. Eran viejas armas enmohecidas, es cierto, pero eran queridos recuerdos de familia y todos nosotros, oficiales y soldados, sentíamos afecto por aquellos queridos recuerdos de familia, Eran viejos fusiles, viejos sables, viejos cañones de los tiempos en que las mujeres llevaban crinolina y los hombres altos sombreros de copa, redingote color tórtola y botines abrochados. Con aquellas escopetas, con aquellos sables llenos de orín, con aquellos cañones de bronce, nuestros abuelos habían combatido con Garibaldi, con Vittorio Emmanuele, con Napoleón III, contra los austríacos por la libertad y la independencia de Italia. Incluso las banderas eran antiguas, démodées. Algunas, antiquísimas; y eran las banderas de la República de Venecia que habían ondeado en los mástiles de las galeras de Lepanto, sobre las torres de Famagosta y de Candia. Eran los estandartes de la República de Genova, los de los Comunes de Milán, de Cremona, de Bolonia, que habían ondeado sobre el Carroccio en las batallas contra el emperador alemán Federico Barbarroja. Eran los estandartes pintados por Sandro Boticelli, que Lorenzo el Magnífico había donado a los arqueros de Florencia; eran los estandartes de Siena, pintados por Luca Signorello. Eran las banderas romanas del Capitolio, pintadas por Miguel Ángel. Había también la bandera ofrecida a Garibaldi por los italianos de Valparaíso y la bandera de la República Romana de 1849. Había también las banderas de Vittorio Véneto, de Trieste, de Fiume, de Zara, de Etiopía, de la guerra de España. Eran banderas gloriosas, entre las más gloriosas de la tierra y del mar. ¿Por qué tenían que ser gloriosas sólo las banderas inglesas, americanas, rusas, francesas y españolas? También las banderas italianas son gloriosas. Si no tuviesen gloria, ¿qué gusto hubiéramos encontrado en arrojarlas al fango? No hay pueblo en el mundo que no se haya permitido, siquiera una vez el gusto de arrojar sus banderas al pie del vencedor. Aun a las más gloriosas banderas les ocurre ser arrojadas una vez al fango. La gloria, eso que los hombres llaman gloria, pesa a menudo a causa del fango.
Para nosotros había sido un día magnífico aquel 8 de setiembre de 1943, cuando arrojamos nuestras armas y nuestras banderas, no sólo a los pies del vencedor, sino también a los pies del vencido. No solamente a los pies de los ingleses, americanos, franceses, rusos y polacos, sino también a los pies del rey, de Badoglio, de Mussolini, de Hitler. A los pies de todos, vencedores y vencidos. Incluso a los pies de los que no, tenían nada que ver con aquello, los que estaban allá, sentados, gozando del espectáculo. Incluso a los pies de los transeúntes y de cuantos tenían el capricho de asistir al insólito y divertido espectáculo de un Ejército que arrojaba sus armas y sus banderas a los pies del primer llegado. Y no porque nuestro ejército fuera mejor ni peor que tantos otros. En aquella gloriosa guerra no les había ocurrido sólo a los italianos, seamos justos, volver la espalda al enemigo, sino a todos, ingleses, americanos, alemanes, rusos, franceses, yugoslavos, a todos, vencedores y vencidos. No había un Ejército en el mundo que, durante aquella espléndida guerra, no se hubiese dado el gusto un día, de arrojar sus banderas al fango.
En la orden firmada por su Graciosa Majestad, el rey y el mariscal Badoglio había escrito lo que sigue: «¡Oficiales y soldados italianos, arrojad vuestras armas y vuestras banderas heroicamente a los pies del primero que venga!» No había error posible. Estaba escrito heroicamente. Incluso las palabras primero que venga estaban escritas de un modo clarísimo de manera que no dejase lugar a dudas. Desde luego, hubiera sido mucho mejor para todos, vencedores y. vencidos, y mucho mejor incluso para nosotros, haber recibido la orden de arrojar las armas y las banderas no ya en 1943, sino en el 1940 ó el 41, cuando estaba de moda en Europa arrojar las armas a los pies del vencedor. Todos nos hubieran dicho: «¡Bravo!» Cierto es que todos nos habían dicho también «¡Bravo!» el 8 de setiembre de 1943. Pero nos habían dicho: «¡Bravo!» porque, en conciencia, no podían decirnos otra cosa.
Hubiera sido verdaderamente un espectáculo bellísimo y divertido. Todos nosotros, oficiales y soldados, nos hacíamos la competencia en ver quién arrojaría más heroicamente las armas y las banderas al fango, a los pies de todos, vencedores y vencidos, amigos y enemigos, incluso a los pies de los transeúntes, incluso a los pies de los que, sin saber siquiera de qué se trataba, se detenían para mirar, maravillados. Arrojábamos riendo nuestras armas y nuestras banderas al fango e inmediatamente corríamos a recogerlas para volverlas a arrojar. «¡Viva Italia!», gritaba la muchedumbre entusiasta, la pacífica, la riente, la rumorosa, la alegre muchedumbre italiana. Todos, hombres, mujeres, niños, parecían embriagados de alegría, todos batían las manos gritando: Bis, bravo, bravo, bis! Y nosotros, cansados, sudorosos, jadeantes, con los ojos relucientes de viril orgullo, el rostro iluminado de patriótica arrogancia, arrojábamos heroicamente las armas y las banderas a los pies de los vencedores y vencidos, y súbitamente corríamos a recogerlas de nuevo para volver a arrojarlas. Los mismos aliados ingleses, americanos, franceses, rusos y polacos, batían las manos, nos arrojaban a la cara puñados de caramelos y gritaban: Bis, bis, viva Italia! Y nosotros, riendo a carcajadas, arrojábamos las armas y las banderas al fango y corríamos a recogerlas para arrojarlas de nuevo.
Fue una bellísima fiesta, una fiesta inolvidable. En tres años de guerra no nos habíamos divertido tanto. Por la noche estábamos muertos, teníamos la boca dolorida de tanto reír, pero nos sentíamos orgullosos de haber cumplido con nuestro deber. Terminarla la fiesta formamos en columnas y así, sin armas, sin banderas, nos dirigimos al nuevo campo de batalla para ir a ganar con los aliados aquella misma guerra que habíamos perdido ya con los alemanes. Caminábamos con la cabeza alta, cantando, satisfechos de haber enseñado al pueblo de Europa que no hay otra manera de ganar las guerras que arrojar las armas y las banderas, heroicamente, al pie del «primero que venga»."
Disculpad la parrafada, pero me ha parecido que podría resultar sumamente ilustrativo.
En relación al soldado italiano vestido con uniforme inglés:
"Mientras caminaba al lado del coronel Hamilton, me sentía maravillosamente ridículo con mi uniforme inglés. Los uniformes del Cuerpo Italiano de Liberación eran viejos uniformes ingleses de color kaki, cedidos por el Mando Británico al mariscal Badoglio, y teñidos — acaso para ocultar las manchas, de sangre y los agujeros de las balas — de un verde oscuro, color de lagarto. Eran, en una palabra, uniformes de los que se había despojado a los soldados británicos caídos en El Alamein y en Tobruk. En mi guerrera se veían tres agujeros de proyectiles de ametralladora. Mi camiseta, mi camisa y mis calzoncillos estaban manchados de sangre. Incluso mis zapatos habían sido quitados al cadáver de un soldado inglés. La primera vez que me los puse noté algo que se me clavaba en la planta del pie. Pensé, de momento, que hubiese quedado algún huesecillo del muerto incrustado en la suela. Era un clavo. Hubiera sido mejor, quizá, que hubiese quedado un huesecillo del muerto; me hubiese sido más fácil quitarlo. No había nada que decir; para nosotros había acabado bien aquella estúpida guerra. No podía ciertamente haber acabado mejor. Nuestro amor propio de soldado vencido estaba a salvo; ahora combatíamos al lado de los aliados para ganar juntos su guerra después de haber perdido la nuestra, y era, por consiguiente, natural que fuésemos vestidos con los uniformes de los soldados aliados matados por nosotros."
Y también referido a los soldados de la "Nueva Italia" que combatía al lado de los aliados:
"El coronel Palese había querido presentarme él mismo a mis soldados, con una de esas simples ceremonias que tan arraigadas están en el corazón de los viejos militares. Era un hombre alto, delgado, con el cabello enteramente blanco. Me estrechó la mano en silencio y sonrió suspirando tristemente. Los soldados (casi todos ellos muy jóvenes, que se habían batido bien contra los aliados en África y en Sicilia, y por este motivo los aliados los habían elegido para formar el primer núcleo del Cuerpo Italiano de liberación) estaban alineados en medio del patio, delante de nosotros y me miraban fijamente. También ellos iban vestidos con los uniformes de los soldados ingleses caídos en Tobruk y El Alamein, y sus zapatos eran zapatos de muerto. Tenían el rostro pálido y demacrado, los ojos blancos y vagos, como hechos de una sustancia blanca y opaca. Me pareció que se fijaban en mí sin parpadear.
El coronel Palese hizo un movimiento con la cabeza; el sargento gritó: « ¡Compañía, firmes!» La mirada de los soldados pasó sobre mí con una intensidad dolorosa, como la mirada de un gato montes. Sus miembros se pusieron rígidos, como si se hubiesen disparado bajo la orden. Las manos que estrechaban los fusiles eran blancas, exangües; la piel, floja, pendía en la punta de los dedos como la piel de un guante demasiado grande.
El coronel Palese tomó la palabra y dijo:
—Os presento a vuestro capitán...
Y mientras hablaba, yo miraba aquellos soldados italianos vestidos con uniformes arrancados a los cadáveres ingleses, aquellas manos exangües, aquellos labios pálidos y aquellos ojos vagos. Aquí y allá, sobre el pecho, sobre el vientre, sobre las piernas se veían sobre sus uniformes grandes y negras manchas de sangre. De repente me di cuenta con horror de que aquellos soldados estaban muertos. Despedían un tenue olor de ropa enmohecida, de cuero podrido, de carne secada al sol. Miré al coronel Palese; también él estaba muerto. La voz que brotaba de sus labios era húmeda, fría, viscosa; parecía ese horrible rumor que brota de la boca de un muerto si se le apoya la mano sobre el vientre.
—Mande descanso —dijo al sargento el coronel Palese cuando hubo terminado su breve discurso.
— ¡Compañía, descanso! —gritó el sargento.
Los soldados se apoyaron sobre el pie izquierdo en una actitud de abandono y desmadejamiento y me miraron ahora fijamente con una mirada más dulce y humana.
—Y ahora —dijo el coronel Palese— vuestro nuevo capitán os hablará brevemente.
Yo abrí la boca y de mis labios salieron unos sonidos horrendos; eran palabras sordas, hinchadas y flojas. Dije:
—Somos los voluntarios de la Libertad, los soldados de la nueva Italia. Debemos luchar contra los alemanes, echarlos de nuestra casa, rechazarlos más allá de nuestras fronteras. Los ojos de todos los italianos están fijos sobre nosotros; debemos levantar de nuevo la bandera caída en el fango; ser el ejemplo de todos en medio de tanta vergüenza, mostrarnos dignos de la hora que ha sonado, de la tarea que la Patria nos confía.
Cuando hube terminado de hablar, el coronel dijo a los soldados:
—Ahora uno de vosotros repetirá lo que ha dicho el capitán. Quiero estar seguro de que habéis comprendido. Tú —dijo indicando un soldado—, repite lo que ha dicho vuestro capitán.
El soldado me miró; tenía los labios delgados y sin vida de los muertos. Con un horrendo tono de voz, dijo:
—Debemos mostrarnos dignos de la vergüenza de Italia.
El coronel Palese se acercó a mí y me dijo en voz baja:
—Han comprendido.
Y se alejó en silencio. Bajo su sobaco izquierdo, una gran mancha se extendía sobre el paño del uniforme.
Yo miraba aquella mancha de sangre negra extenderse lentamente; seguía con los ojos a aquel viejo coronel italiano vestido con el uniforme de un soldado inglés muerto, y el nombre de Italia me apestaba en la boca como un trozo de carne podrida."
Cierto es que Malaparte lo contempla desde una perspectiva ácida, pesimista, descarnada y escéptica. Pero no deja de ser una visión de un italiano acerca de su patria y de sus gentes.
Ambos fragmentos corresponden al capítulo primero de "La Piel". Y al capítulo segundo corresponde este largo párrafo, que creo que también puede dar una buena muestra de los sentimientos del soldado italiano cuando se vio obligado a cambiar de bando:
"Me sentía mucho más canalla y vil que aquel 8 de setiembre de 1943 que tuvimos que arrojar nuestras armas y nuestra bandera a los pies del vencedor. Eran viejas armas enmohecidas, es cierto, pero eran queridos recuerdos de familia y todos nosotros, oficiales y soldados, sentíamos afecto por aquellos queridos recuerdos de familia, Eran viejos fusiles, viejos sables, viejos cañones de los tiempos en que las mujeres llevaban crinolina y los hombres altos sombreros de copa, redingote color tórtola y botines abrochados. Con aquellas escopetas, con aquellos sables llenos de orín, con aquellos cañones de bronce, nuestros abuelos habían combatido con Garibaldi, con Vittorio Emmanuele, con Napoleón III, contra los austríacos por la libertad y la independencia de Italia. Incluso las banderas eran antiguas, démodées. Algunas, antiquísimas; y eran las banderas de la República de Venecia que habían ondeado en los mástiles de las galeras de Lepanto, sobre las torres de Famagosta y de Candia. Eran los estandartes de la República de Genova, los de los Comunes de Milán, de Cremona, de Bolonia, que habían ondeado sobre el Carroccio en las batallas contra el emperador alemán Federico Barbarroja. Eran los estandartes pintados por Sandro Boticelli, que Lorenzo el Magnífico había donado a los arqueros de Florencia; eran los estandartes de Siena, pintados por Luca Signorello. Eran las banderas romanas del Capitolio, pintadas por Miguel Ángel. Había también la bandera ofrecida a Garibaldi por los italianos de Valparaíso y la bandera de la República Romana de 1849. Había también las banderas de Vittorio Véneto, de Trieste, de Fiume, de Zara, de Etiopía, de la guerra de España. Eran banderas gloriosas, entre las más gloriosas de la tierra y del mar. ¿Por qué tenían que ser gloriosas sólo las banderas inglesas, americanas, rusas, francesas y españolas? También las banderas italianas son gloriosas. Si no tuviesen gloria, ¿qué gusto hubiéramos encontrado en arrojarlas al fango? No hay pueblo en el mundo que no se haya permitido, siquiera una vez el gusto de arrojar sus banderas al pie del vencedor. Aun a las más gloriosas banderas les ocurre ser arrojadas una vez al fango. La gloria, eso que los hombres llaman gloria, pesa a menudo a causa del fango.
Para nosotros había sido un día magnífico aquel 8 de setiembre de 1943, cuando arrojamos nuestras armas y nuestras banderas, no sólo a los pies del vencedor, sino también a los pies del vencido. No solamente a los pies de los ingleses, americanos, franceses, rusos y polacos, sino también a los pies del rey, de Badoglio, de Mussolini, de Hitler. A los pies de todos, vencedores y vencidos. Incluso a los pies de los que no, tenían nada que ver con aquello, los que estaban allá, sentados, gozando del espectáculo. Incluso a los pies de los transeúntes y de cuantos tenían el capricho de asistir al insólito y divertido espectáculo de un Ejército que arrojaba sus armas y sus banderas a los pies del primer llegado. Y no porque nuestro ejército fuera mejor ni peor que tantos otros. En aquella gloriosa guerra no les había ocurrido sólo a los italianos, seamos justos, volver la espalda al enemigo, sino a todos, ingleses, americanos, alemanes, rusos, franceses, yugoslavos, a todos, vencedores y vencidos. No había un Ejército en el mundo que, durante aquella espléndida guerra, no se hubiese dado el gusto un día, de arrojar sus banderas al fango.
En la orden firmada por su Graciosa Majestad, el rey y el mariscal Badoglio había escrito lo que sigue: «¡Oficiales y soldados italianos, arrojad vuestras armas y vuestras banderas heroicamente a los pies del primero que venga!» No había error posible. Estaba escrito heroicamente. Incluso las palabras primero que venga estaban escritas de un modo clarísimo de manera que no dejase lugar a dudas. Desde luego, hubiera sido mucho mejor para todos, vencedores y. vencidos, y mucho mejor incluso para nosotros, haber recibido la orden de arrojar las armas y las banderas no ya en 1943, sino en el 1940 ó el 41, cuando estaba de moda en Europa arrojar las armas a los pies del vencedor. Todos nos hubieran dicho: «¡Bravo!» Cierto es que todos nos habían dicho también «¡Bravo!» el 8 de setiembre de 1943. Pero nos habían dicho: «¡Bravo!» porque, en conciencia, no podían decirnos otra cosa.
Hubiera sido verdaderamente un espectáculo bellísimo y divertido. Todos nosotros, oficiales y soldados, nos hacíamos la competencia en ver quién arrojaría más heroicamente las armas y las banderas al fango, a los pies de todos, vencedores y vencidos, amigos y enemigos, incluso a los pies de los transeúntes, incluso a los pies de los que, sin saber siquiera de qué se trataba, se detenían para mirar, maravillados. Arrojábamos riendo nuestras armas y nuestras banderas al fango e inmediatamente corríamos a recogerlas para volverlas a arrojar. «¡Viva Italia!», gritaba la muchedumbre entusiasta, la pacífica, la riente, la rumorosa, la alegre muchedumbre italiana. Todos, hombres, mujeres, niños, parecían embriagados de alegría, todos batían las manos gritando: Bis, bravo, bravo, bis! Y nosotros, cansados, sudorosos, jadeantes, con los ojos relucientes de viril orgullo, el rostro iluminado de patriótica arrogancia, arrojábamos heroicamente las armas y las banderas a los pies de los vencedores y vencidos, y súbitamente corríamos a recogerlas de nuevo para volver a arrojarlas. Los mismos aliados ingleses, americanos, franceses, rusos y polacos, batían las manos, nos arrojaban a la cara puñados de caramelos y gritaban: Bis, bis, viva Italia! Y nosotros, riendo a carcajadas, arrojábamos las armas y las banderas al fango y corríamos a recogerlas para arrojarlas de nuevo.
Fue una bellísima fiesta, una fiesta inolvidable. En tres años de guerra no nos habíamos divertido tanto. Por la noche estábamos muertos, teníamos la boca dolorida de tanto reír, pero nos sentíamos orgullosos de haber cumplido con nuestro deber. Terminarla la fiesta formamos en columnas y así, sin armas, sin banderas, nos dirigimos al nuevo campo de batalla para ir a ganar con los aliados aquella misma guerra que habíamos perdido ya con los alemanes. Caminábamos con la cabeza alta, cantando, satisfechos de haber enseñado al pueblo de Europa que no hay otra manera de ganar las guerras que arrojar las armas y las banderas, heroicamente, al pie del «primero que venga»."
Disculpad la parrafada, pero me ha parecido que podría resultar sumamente ilustrativo.