Publicado: Dom May 25, 2008 4:58 pm
En el momento de estos infructuosos ataques, los ingenieros del Scharnhorst habían realizado una reparación temporal, y el gran acorazado se dirigía nuevamente hacia el norte. El resto del escuadrón de Ciliax, un poco disperso pero aún avanzando a toda máquina, había alcanzado la zona más abierta del canal, frente a las costas de Bélgica. Allí, la Royal Navy lanzó un último ataque desesperado...., con dos flotillas de destructores obsoletos con base en Harwich. Los seis destructores tenían al menos 20 años de edad y sólo se utilizaban para perseguir submarinos e intercambiar tiros con las lanchas torpederas alemanas. Los destructores apenas habían abandonado el estuario del Támesis cuando fueron atacados por dos escuadrones de bombarderos de la Luftwaffe. Poco después, fueron asaltados por error por bimotores Hampden del Mando de Bombarderos de la RAF. De milagro, ninguna de las bombas dio en el blanco. A las 3:17 pm, el destructor que iba en cabeza, el Campbell, recogió señales de los buques alemanes en el radar, a 15 km de distancia. El Campbell y dos de sus buques gemelos, el Vivacious y el Worcester, se aprestaron para atacar al Gneisenau, mientras los otros tres giraban para enfrentarse al Prinz Eugen.
Los vigías y oficiales del control de tiro de las naves alemanas se sorprendieron al ver embarcaciones tan pequeñas desafiando a sus enormes cañones. Cuando los destructores británicos se situaron en paralelo para lanzar sus torpedos, el Gneisenau y sus escoltas empezaron a disparar. Los misiles empezaron a caer cerca del Campbell y el Vivacious, y pronto el Worcester recibió una serie de impactos. Desde una distancia de apenas 2700 metros, tres andanadas del Gneisenau alcanzaron al destructor, destruyendo una de las cubiertas del Worcester, derribando su puente de mando y reduciendo su salsa de máquinas a chatarra. El Gneisenau siguió su camino, dejando el casco flotante para ser remolcado por un buque de rescate. Entre tanto, los otros destructores desparecieron agradecidos en un banco de niebla, evitando ser aniquilados. Otro ataque que no lograba infligir el más mínimo daño a la flota del almirante Ciliax.
Durante las últimas horas de la tarde, bombarderos de la RAF se toparon una y otra vez con barreras de fuego antiaéreo levantadas por el Gneisenau y el Prinz Eugen. El tiempo estaba empeorando, y pronto unos bancos de nubes densas cubrieron a los barcos. En el Z-29, el almirante Ciliax decidió volver a transferir su buque insignia; un pequeño proyectil antiaéreo había estallado solo, cortando una tubería de combustible y reduciendo la velocidad del destructor a 25 nudos. Otro destructor. el Hermann Schoemann, recibió la orden de ponerse al lado, pero el mar estaba demasiado agitado para semejante maniobra; en lugar de ello, Ciliax bajó por una escala de cuerda a un cúter. Mientras era trasladado al nuevo buque insignia, se llenó de orgullo ante la visión del Scharnhorst avanzando implacable a 25 nudos. En el Hermann Schoemann, el almirante subió por otra escala de cuerda y ordenó de inmediato toda máquina.
Delante aguardaba un último corredor estrecho entre las islas Frisias. Y allí, a las 7:55 pm, se produjo una explosión ensordecedora. El Gneisenau había chocado con una mina que había abierto una grieta grande en el casco, cerca de la popa. Los equipos de control de averías parchearon rápidamente el agujero con unas planchas de acero especiales, y el acorazado siguió camino a menor velocidad. A la mañana siguiente, el Gneisenau estaba frente al río Elba. La cadena del ancla se soltó con estruendo; el capitán hizo parar los motores y la ansiosa tripulación estalló en vítores y aplausos. El Prinz Eugen llegó poco despues en un ambiente similar.
Entretanto, el retrasado Scharnhorst había chocado con una segunda mina la noche anterior, y los equipos de reparaciones habían trabajado tres horas bajo lámparas de arco antes de que el capitán pudiera señalar: "Puedo seguir a una velocidad máxima de 12 nudos". Ciliax, que había estado dando vueltas alrededor a manera de protección en el Schoemann, se separó y llevó su modesto buque insignia a Wilhelmshaven. Más tarde esa mañana, el almirante recibió a sus capitanes en su camerote, recogió sus informes y ofreció una celebración de la victoria. A Berlín envió un mensaje que decía: "Es mi deber informarles que la operación cerbero ha sido completada con éxito". Y en un mensaje personal a Raeder añadió: "Ha sido un día que probablemente se recuerde como uno de los más audaces de la historia naval de esta guerra".
Así fue la Segunda Guerra Mundial, volúmen 3
Los vigías y oficiales del control de tiro de las naves alemanas se sorprendieron al ver embarcaciones tan pequeñas desafiando a sus enormes cañones. Cuando los destructores británicos se situaron en paralelo para lanzar sus torpedos, el Gneisenau y sus escoltas empezaron a disparar. Los misiles empezaron a caer cerca del Campbell y el Vivacious, y pronto el Worcester recibió una serie de impactos. Desde una distancia de apenas 2700 metros, tres andanadas del Gneisenau alcanzaron al destructor, destruyendo una de las cubiertas del Worcester, derribando su puente de mando y reduciendo su salsa de máquinas a chatarra. El Gneisenau siguió su camino, dejando el casco flotante para ser remolcado por un buque de rescate. Entre tanto, los otros destructores desparecieron agradecidos en un banco de niebla, evitando ser aniquilados. Otro ataque que no lograba infligir el más mínimo daño a la flota del almirante Ciliax.
Durante las últimas horas de la tarde, bombarderos de la RAF se toparon una y otra vez con barreras de fuego antiaéreo levantadas por el Gneisenau y el Prinz Eugen. El tiempo estaba empeorando, y pronto unos bancos de nubes densas cubrieron a los barcos. En el Z-29, el almirante Ciliax decidió volver a transferir su buque insignia; un pequeño proyectil antiaéreo había estallado solo, cortando una tubería de combustible y reduciendo la velocidad del destructor a 25 nudos. Otro destructor. el Hermann Schoemann, recibió la orden de ponerse al lado, pero el mar estaba demasiado agitado para semejante maniobra; en lugar de ello, Ciliax bajó por una escala de cuerda a un cúter. Mientras era trasladado al nuevo buque insignia, se llenó de orgullo ante la visión del Scharnhorst avanzando implacable a 25 nudos. En el Hermann Schoemann, el almirante subió por otra escala de cuerda y ordenó de inmediato toda máquina.
Delante aguardaba un último corredor estrecho entre las islas Frisias. Y allí, a las 7:55 pm, se produjo una explosión ensordecedora. El Gneisenau había chocado con una mina que había abierto una grieta grande en el casco, cerca de la popa. Los equipos de control de averías parchearon rápidamente el agujero con unas planchas de acero especiales, y el acorazado siguió camino a menor velocidad. A la mañana siguiente, el Gneisenau estaba frente al río Elba. La cadena del ancla se soltó con estruendo; el capitán hizo parar los motores y la ansiosa tripulación estalló en vítores y aplausos. El Prinz Eugen llegó poco despues en un ambiente similar.
Entretanto, el retrasado Scharnhorst había chocado con una segunda mina la noche anterior, y los equipos de reparaciones habían trabajado tres horas bajo lámparas de arco antes de que el capitán pudiera señalar: "Puedo seguir a una velocidad máxima de 12 nudos". Ciliax, que había estado dando vueltas alrededor a manera de protección en el Schoemann, se separó y llevó su modesto buque insignia a Wilhelmshaven. Más tarde esa mañana, el almirante recibió a sus capitanes en su camerote, recogió sus informes y ofreció una celebración de la victoria. A Berlín envió un mensaje que decía: "Es mi deber informarles que la operación cerbero ha sido completada con éxito". Y en un mensaje personal a Raeder añadió: "Ha sido un día que probablemente se recuerde como uno de los más audaces de la historia naval de esta guerra".
Así fue la Segunda Guerra Mundial, volúmen 3