Publicado: Dom Ene 31, 2010 3:11 am
Hola a todos.
Os transcribo con más detalles la historia de la insignia de Stalingrado, que aprece en el libro de Heinz Schröter, Stalingrado, hasta la última bala.
Mas por aquellas fechas todavía sucedieron otras muchas cosas que desataron las lenguas. Parece oportuno mencionar algunas en estas páginas.
Por ejemplo, la cuestión en torno a la Placa de Stalingrado.
El Ic del Ejército decidió en primer lugar conservar el teleautograma en su cartera de asuntos pendientes, haciendo memoria para depositarlo más tarde sobre la mesa del jefe del Estado Mayor cuando los superiores se reuniesen en conferencia. El Führer había ordenado que se diseñase una Placa de Stalingrado. Debería estar dispuesta para el 25 de noviembre.
Pues si había una "Placa de Crimea", otra de "Narvik", y otra de "Cholm", ¿por qué no crear también un distintivo bien visible para los luchadores de Stalingrado? Ése era el criterio de algunos. Pero otros, los adversarios de la placa, sostenían esta opinión:
- Primero ocupemos Stalingrado y distribuyamos después las condecoraciones.
En la tarde de aquel mismo día, el texto del teleautograma llegó a conocimiento del comandante supremo.
- Crimea y Narvik fueron dos éxitos rotundos, mi general. Stalingrado es tan sólo un experimento.
Eso fue lo que el jefe de Estado Mayor dijo a su comandante.
Éste dirigió la mirada más allá de la ventana.
- Jarkov fue también un experimento, y "Federico II" transformó una situación amenazadora en una victoria decisiva.
- En aquella ocasión nos encontramos en campo abierto con un adversario que se sentía ya desmoralizado ante nuestros triunfos. Entonces contábamos con una tenaza de tanques y hoy combatimos a pie firme.
- Querido Schmidt, el combatir a pie firme no nos roba la posibilidad del éxito.
- Pero reduce notablemente el margen de probabilidades, mi general.
- Tengo la impresión de que atribuimos demasiada importancia a este incidente.
- Sí... yo también.
Y allí terminó la discusión.
La orden pasó al Ic de Información Militar quien la transmitió a la Compañía de Propaganda 637.
Esta unidad encomendó la realización del proyecto al oficial especialista y dibujante de campaña, Ernst Eigener.
Eigener era uno de los veteranos: Polonia, Francia, Rusia y Stalingrado. Se le veía por todas partes, entre los tanques, los camiones y también en la inmundicia. Sin embargo, sentía especial predilección por lo auténticamente humano: la infantería y los caballos, y por otra parte, odiaba la guerra. Los camaradas decían de él que era incpaz de reír, pero eso no es cierto. Reía, aunque secretamente, y por tanto, nadie se daba cuenta.
Aquellas cosas que el mundo despreciaba despertaban el interés de Eigener, y las ruinas que todos maldecían estimulaban su imaginación de artista. Extraía la esencia de todo lo que, para otros, representaba una carga: el fuego artillero y los nubarrones, el sol ardiente y el barro, las noches de fría claridad y los velos de niebla sobre el Volga. No tenía enemigos y, cuando todo terminara, se proponía permanecer en Rusia... Sí, ¡construiría una casa en las alturas sobre el Don! Con eso queda demostrado el interés que sentía por aquel país.
En el centro de la placa, Ernst Eigener dibujó el silo, en torno a él el ruinoso mundo del Volga y su ciudad y sobre eso la faz de un soldado muerto. En la parte superior del casco esbozó una masa de alambre espinoso a modo de corona y atravesó el diseño con un rótulo de letras angulosas: Stalingrado.
En el Cuartel General del Führer se rechazó el proyecto.
Al margen del bosquejo se leía esta observación: "Demasiado desmoralizador". Veinticuatro horas después, el 20 de noviembre de 1942, un día soleado y riente, cayó Eigener a la edad de treinta y siete años. Quedó para siempre en el lugar donde ambicionó levantar una casa, en la carretera que atraviesa Kalatsch y sigue los altonazos del Don.
"Las estrellas son eternas y, sin embargo, los humanos obran como si esperaran su desaparición al siguiente amanecer."
Eso fue lo que escribió Eigener tres horas antes de morir.
Ante todo el libro de Schröter tiene algunos pasajes que parecen añadidos por el propio autor, como el de la conversación entre Schmidt y Paulus. Joachim Wieder critica por este hecho a Schröter, en su libro Stalingrado:
"Pero el despliegue totalmente anticientífico de los documentos, los muchos datos quivocados, las descripciones personales incontrolables en cuanto se refiere a la procedencia y a la época, así como la fantasía desbocada en ciertos acontecimientos y conversaciones hacen que la utilización de este libro chispeante tenga que hacerse con grandes prevenciones críticas."
Así que hay que tomarse algunos relatos con cierto escepticismo.
Es curiosa también la descripción de la placa por parte de Schröter, ya que no se corresponde a las imágenes que corren por Internet, aunque la fuente de Schröter es la única directa en la literatura de Stalingrado que he encontrado con tantos detalles.
Fuentes:
Stalingrado, de Joachim Wieder
Stalingrado, hasta la última bala, de Heinz Schröter
Saludos
Os transcribo con más detalles la historia de la insignia de Stalingrado, que aprece en el libro de Heinz Schröter, Stalingrado, hasta la última bala.
Mas por aquellas fechas todavía sucedieron otras muchas cosas que desataron las lenguas. Parece oportuno mencionar algunas en estas páginas.
Por ejemplo, la cuestión en torno a la Placa de Stalingrado.
El Ic del Ejército decidió en primer lugar conservar el teleautograma en su cartera de asuntos pendientes, haciendo memoria para depositarlo más tarde sobre la mesa del jefe del Estado Mayor cuando los superiores se reuniesen en conferencia. El Führer había ordenado que se diseñase una Placa de Stalingrado. Debería estar dispuesta para el 25 de noviembre.
Pues si había una "Placa de Crimea", otra de "Narvik", y otra de "Cholm", ¿por qué no crear también un distintivo bien visible para los luchadores de Stalingrado? Ése era el criterio de algunos. Pero otros, los adversarios de la placa, sostenían esta opinión:
- Primero ocupemos Stalingrado y distribuyamos después las condecoraciones.
En la tarde de aquel mismo día, el texto del teleautograma llegó a conocimiento del comandante supremo.
- Crimea y Narvik fueron dos éxitos rotundos, mi general. Stalingrado es tan sólo un experimento.
Eso fue lo que el jefe de Estado Mayor dijo a su comandante.
Éste dirigió la mirada más allá de la ventana.
- Jarkov fue también un experimento, y "Federico II" transformó una situación amenazadora en una victoria decisiva.
- En aquella ocasión nos encontramos en campo abierto con un adversario que se sentía ya desmoralizado ante nuestros triunfos. Entonces contábamos con una tenaza de tanques y hoy combatimos a pie firme.
- Querido Schmidt, el combatir a pie firme no nos roba la posibilidad del éxito.
- Pero reduce notablemente el margen de probabilidades, mi general.
- Tengo la impresión de que atribuimos demasiada importancia a este incidente.
- Sí... yo también.
Y allí terminó la discusión.
La orden pasó al Ic de Información Militar quien la transmitió a la Compañía de Propaganda 637.
Esta unidad encomendó la realización del proyecto al oficial especialista y dibujante de campaña, Ernst Eigener.
Eigener era uno de los veteranos: Polonia, Francia, Rusia y Stalingrado. Se le veía por todas partes, entre los tanques, los camiones y también en la inmundicia. Sin embargo, sentía especial predilección por lo auténticamente humano: la infantería y los caballos, y por otra parte, odiaba la guerra. Los camaradas decían de él que era incpaz de reír, pero eso no es cierto. Reía, aunque secretamente, y por tanto, nadie se daba cuenta.
Aquellas cosas que el mundo despreciaba despertaban el interés de Eigener, y las ruinas que todos maldecían estimulaban su imaginación de artista. Extraía la esencia de todo lo que, para otros, representaba una carga: el fuego artillero y los nubarrones, el sol ardiente y el barro, las noches de fría claridad y los velos de niebla sobre el Volga. No tenía enemigos y, cuando todo terminara, se proponía permanecer en Rusia... Sí, ¡construiría una casa en las alturas sobre el Don! Con eso queda demostrado el interés que sentía por aquel país.
En el centro de la placa, Ernst Eigener dibujó el silo, en torno a él el ruinoso mundo del Volga y su ciudad y sobre eso la faz de un soldado muerto. En la parte superior del casco esbozó una masa de alambre espinoso a modo de corona y atravesó el diseño con un rótulo de letras angulosas: Stalingrado.
En el Cuartel General del Führer se rechazó el proyecto.
Al margen del bosquejo se leía esta observación: "Demasiado desmoralizador". Veinticuatro horas después, el 20 de noviembre de 1942, un día soleado y riente, cayó Eigener a la edad de treinta y siete años. Quedó para siempre en el lugar donde ambicionó levantar una casa, en la carretera que atraviesa Kalatsch y sigue los altonazos del Don.
"Las estrellas son eternas y, sin embargo, los humanos obran como si esperaran su desaparición al siguiente amanecer."
Eso fue lo que escribió Eigener tres horas antes de morir.
Ante todo el libro de Schröter tiene algunos pasajes que parecen añadidos por el propio autor, como el de la conversación entre Schmidt y Paulus. Joachim Wieder critica por este hecho a Schröter, en su libro Stalingrado:
"Pero el despliegue totalmente anticientífico de los documentos, los muchos datos quivocados, las descripciones personales incontrolables en cuanto se refiere a la procedencia y a la época, así como la fantasía desbocada en ciertos acontecimientos y conversaciones hacen que la utilización de este libro chispeante tenga que hacerse con grandes prevenciones críticas."
Así que hay que tomarse algunos relatos con cierto escepticismo.
Es curiosa también la descripción de la placa por parte de Schröter, ya que no se corresponde a las imágenes que corren por Internet, aunque la fuente de Schröter es la única directa en la literatura de Stalingrado que he encontrado con tantos detalles.
Fuentes:
Stalingrado, de Joachim Wieder
Stalingrado, hasta la última bala, de Heinz Schröter
Saludos