Publicado: Jue May 13, 2010 6:53 pm
por ParadiseLost
Hola a todos
Sobre los intentos de Zeitzler a la hora de intentar convencer a Hitler para que permitiera al VI Ejército abandonar Stalingrado hemos hablado largo y tendido, pero hay un dato que desconocía referente a la retirada del Grupo de Ejércitos A del Caucaso que merece especial atención, y demuestra una vez más la incompetencia de Hitler.
Zeitzler nos narra en sus memorias lo ocurrido:

Desde mediados de diciembre se estaba incubando un segundo desatre, parecido al de Stalingrado. Debido a su estrecha relación con el destino de esta última zona, haré una breve referencia del mismo. Se relacionaba con la suerte de las fuerzas alemanas en el Cáucaso.
Nuestra ofensiva de verano en aquel extremo meridional del frente oriental se había paralizado hacía ya meses. Durante algún tiempo se desencadenaron diversos ataques locales, pero finalmente el mando alemán se vio obligado a pasar a la defensiva en todo ese sector. En aquellos momentos, el éxito de la ofensiva rusa de invierno al oeste y al sur de Stalingrado empezaba a amenazar a todas nuestras posiciones en el Cáucaso. A principios de diciembre hice observar a Hitler el creciente peligro en esa zona, pero él se negó a extraer las naturales conclusiones de la situación. Los adicionales avances rusos al oeste de de Stalingrado en diciembre, y sobre todo, el fracaso, primero, y el rechazo, después, del Cuarto ejército de carros aumentaron grandemente el peligro del Grupo de ejércitos A en el Cáucaso.
No había sino que echar una ojeada a los mapas para comprender que si los rusos seguían avanzando, pronto llegarían al sector de Rostov, y que si ocupaban esa ciudad la totalidad del Grupo de Ejércitos A correría inminente peligro de ser cercado. Había que tomar medidas precautorias. Por tanto convine con el cuartel general del Grupo de ejércitos A que se prepararían detallados planes para la eventual retirada de sus dos ejércitos, el XVII y el Primero de carros. Esto se hizo sin que Hitler tuviera conocimiento de ello. De haberlo sabido el Führer, pudo costarme la cabeza. Mi intención era que cuando se diera la orden de retirada pudier ser llevada a cabo inmediatamente. Aunque muchos factores eran problemáticos, en aquellos tiempos uno de ellos no lo era: si Hitler alguna vez ordenaba el repliegue del Grupo de ejércitos A, lo haría en el último momento. Entonces los minutos tendrían un valor incalculable y la menor demora, mientras se preparaban los planes, podrían sellar el destino del Grupo de ejércitos del Cáucaso.
Apenas fracasó el intento de aliviar Stalingrado, hice un segundo intento para obtener la autorización de Hitler para evacuar el Cáucaso. Se negó a escucharme no sólo entonces, sino en muchas otras ocasiones en los siguientes días, cuando hice referencia a este urgente asunto. Finalmente, hacia finales de diciembre pareció ceder. Estaba a solas con él. Le acababa de describir la situación en el Cáucaso y terminé con las siguientes palabras:
—A menos que ordene la retirada ahora, tendremos otro Stalingrado en manos.
Mis palabras parecieron impresionar a Hitler, y le creía al borde de la vacilación. Sabía que tenía que explotar aquel momento en toda su plenitud. Lo hice y obtuve su renuente aprobación.
—Muy bien —dijo finalmente— . Dé las ordenes necesarias.
Salí de la habitación enseguida, pero no fui lejos. Telefoneé desde la propia antecámara de Hitler, ordenando la retirada con la precisa estipulación de que debía ser empezada sin demora alguna. Mi razón para obrar así quedó pronto justificada. Regresé a mi cuartel general, en lo que empleé menos de media hora, encontrándome allí a uno de mis oficiales de estado mayor esperándome. Se había recibido una urgente llamada telefónica: debía ponerme en comunicación con Hitler enseguida. Plenamente consciente de lo que se preparaba, pedí la comunicación.
—No haga nada aun de la retirada del Cáucaso —dijo el Führer—. Mañana volveremos a hablar de ello.
Naturalmente, eso hubiera supuesto una inacabable cadena de aplazamientos, hasta que, una vez más, fuera demasiado tarde.
—Ya están dadas las órdenes, mi Führer. —pude contestar—. Lo hice desde su cuartel general. Han sido recibidas ya en el frente y la retirada ha empezado. Si son canceladas ahora se producirá un terrible confusión. Debo pedirle que evite que tal cosa suceda.
Vaciló un momento.
—Muy bien —obseró—. Lo dejaremos así.
De esta forma logré salvar al Primer ejército de carros y al XVII ejército del destino sufrido por el ejército de Stalingrado. Acontecimientos posteriores probaron que ése había sido el último momento en que la retirada podía llevarse a cabo satisfactoriamente. Por tanto mis esfuerzos, no fueron vanos.


Por increíble que parezca y según lo afirmado por el coronel general Zeitzler, el destino del Grupo de Ejércitos A se decidió en el breve espacio de media hora. De no haber ordenado el Jefe de Estado Mayor del Ejército su retirada, seguramente Hitler se hubiera dado marcho atrás, y los envenandos consejos de Jodl y Keitel hubieran hecho el resto.
De no haber sido por el general Zeitzler, el desastre del ejército alemán en el Frente Oriental hubiera alcanzado proporciones dantescas.

Fuente: Batallas decisivas de la Segunda Guerra Mundial

Saludos