Publicado: Mié Mar 28, 2007 11:33 am
Lothar Gulich
La mayoría de mis compañeros de clase cayó allí.
Una isla acosada por una tormenta rugiente en el Golfo Alemán se convirtió en un infierno para 150 alumnos de Schleswig-Holstein, Prusia Oriental, Silesia y Pomerania: la isla de Helgoland.
Allí se encontraba una fortaleza fuertemente defendida por la Marina, con un búnker submarino y con radares modernos con una radio de localización de 600 kilómetros. Fatalmente, la isla también era un corredor de entrada y salida de los bombarderos aliados.
Noche tras noche, la alarma sonaba estridente. Pero el infierno no sobrevino hasta tres semanas antes del final de la guerra: el 18 de abril de 1945 los ingleses volaron hacia Helgoland para un gran ataque, uno de los más concentrados de la Segunda Guerra Mundial. Durante dos horas, la carga mortal de alrededor de 1.000 bombarderos se abatió sobre la isla.
Lothar Gulich, ayudante de la batería antiaérea "Escollo oeste" recuerda: "Estaba sentado detrás de aquel potente catalejo y podía distinguir perfectamente cómo se abrían las compuertas de las bombas de los aparatos que se aproximaban t cómo caían las bombas, sobre nosotros. Al cabo de pocos minutos todos los caños estaban destruidos. Uno cayó por unos escollos con toda la tropa; naturalmente todos murieron. Y entonces el jefe gritó: '¡Sálvese quien pueda!'.
Yo corrí como el diablo por el campo de cráteres en dirección al puesto del mando antiaéreo, tan lejos como pude entre los estallidos de las bombas, y fui lanzado al cráter de una bomba. Abajo, ya estaba tendido un soldado entrado en años, un sargento mayor que se estaba desangrando. Le había estallado algo en el interior, el pulmón seguramente. Quería irme, pero las bombas continuaban cayendo igual que antes. Quería intentar llegar a ese puesto d emando antiaéreo porque sabía que estaría totalmente protegido allí, en el sótano. Y el sargento iba repitiendo -no lo olvidaré nunca-: 'Chico, quédate conmigo'. También murió al final. Estuve con él en el cráter hasta el final del ataque, que duró alrededor de dos horas. Cuando salí de nuevo al aire libre, vi todos esos muertos. Todos los de mi batería que s ehabían quedado donde estaban al principio habían muerto. La mayoría de mis compañeros de clase había caído allí."

Mapa de las baterías antiaéreas en la isla de Helgoland.

Después del ataque aéreo.

La isla en la actualidad.
Fuente: Los niños de Hitler, de Guido Knopp
http://www.wlb-stuttgart.de/seekrieg/45-04.htm
Saludos
La mayoría de mis compañeros de clase cayó allí.
Una isla acosada por una tormenta rugiente en el Golfo Alemán se convirtió en un infierno para 150 alumnos de Schleswig-Holstein, Prusia Oriental, Silesia y Pomerania: la isla de Helgoland.
Allí se encontraba una fortaleza fuertemente defendida por la Marina, con un búnker submarino y con radares modernos con una radio de localización de 600 kilómetros. Fatalmente, la isla también era un corredor de entrada y salida de los bombarderos aliados.
Noche tras noche, la alarma sonaba estridente. Pero el infierno no sobrevino hasta tres semanas antes del final de la guerra: el 18 de abril de 1945 los ingleses volaron hacia Helgoland para un gran ataque, uno de los más concentrados de la Segunda Guerra Mundial. Durante dos horas, la carga mortal de alrededor de 1.000 bombarderos se abatió sobre la isla.
Lothar Gulich, ayudante de la batería antiaérea "Escollo oeste" recuerda: "Estaba sentado detrás de aquel potente catalejo y podía distinguir perfectamente cómo se abrían las compuertas de las bombas de los aparatos que se aproximaban t cómo caían las bombas, sobre nosotros. Al cabo de pocos minutos todos los caños estaban destruidos. Uno cayó por unos escollos con toda la tropa; naturalmente todos murieron. Y entonces el jefe gritó: '¡Sálvese quien pueda!'.
Yo corrí como el diablo por el campo de cráteres en dirección al puesto del mando antiaéreo, tan lejos como pude entre los estallidos de las bombas, y fui lanzado al cráter de una bomba. Abajo, ya estaba tendido un soldado entrado en años, un sargento mayor que se estaba desangrando. Le había estallado algo en el interior, el pulmón seguramente. Quería irme, pero las bombas continuaban cayendo igual que antes. Quería intentar llegar a ese puesto d emando antiaéreo porque sabía que estaría totalmente protegido allí, en el sótano. Y el sargento iba repitiendo -no lo olvidaré nunca-: 'Chico, quédate conmigo'. También murió al final. Estuve con él en el cráter hasta el final del ataque, que duró alrededor de dos horas. Cuando salí de nuevo al aire libre, vi todos esos muertos. Todos los de mi batería que s ehabían quedado donde estaban al principio habían muerto. La mayoría de mis compañeros de clase había caído allí."

Mapa de las baterías antiaéreas en la isla de Helgoland.

Después del ataque aéreo.

La isla en la actualidad.
Fuente: Los niños de Hitler, de Guido Knopp
http://www.wlb-stuttgart.de/seekrieg/45-04.htm
Saludos