Publicado: Mié Oct 31, 2007 7:55 pm
por T34
LA IGLESIA CATOLICA Y LA SGM (Parte 4 de 5)

Mit brennender Sorge (Con profunda ansiedad)

Tras la firma del concordato, y con el dinero de los contribuyen tes alemanes fluyendo ya hacia las arcas de la Santa Sede, el Vaticano se mostró durante una larga temporada misteriosamente silencioso respecto a las actividades de los nazis.

Ni siquiera la Noche de los Cuchillos Largos del 30 de junio de 1934 fue suficiente para romper este mutismo, a pesar de que en aquel sangriento ajuste de cuentas nazi no sólo cayeron miembros del propio partido, sino prominentes personajes de la derecha católica vinculados al Zentrum.

El 2 de agosto de 1934 falleció el presidente alemán, el mariscal Hindenburg. Tan sólo una hora después se anunció que se unificaban los puestos de presidente y canciller en la persona de Adolf Hitler. Se convocó un plebiscito para ratificar la medida y, gracias a la poderosa maquinaria de propaganda nazi en manos de Goebbeis, el día 19 de ese mismo mes el pueblo alemán votó afirmativamente por abrumadora mayoría, convirtiéndose Adolf Hitler en amo absoluto de Alemania.

A partir de ese momento comenzó un sistemático acoso a los católicos alemanes. De hecho, se puede decir que los únicos términos del concordato que respetó Hitler fueron los económicos.

La situación alcanzó tal extremo que en enero de 1937 una delegación compuesta por tres cardenales y tres obispos alemanes llegó al Vaticano para implorar el amparo del Papa ante los desmanes de Hitler.

Los delegados se encontraron con la desagradable sorpresa de un Pío XI gravemente enfermo que los recibió en su dormitorio ante la imposibilidad de levantarse de la cama.

El Papa no desconocía la situación que venían a expresarle los prelados alemanes. En los últimos años había tenido que firmar más de treinta notas de protesta dirigidas al gobierno alemán.

Tras aquella visita, Pío XI decidió que su paciencia ya se había agotado y, pese a su precario estado de salud, decidió publicar una encíclica —Mit brennender Sorge (Con profunda ansiedad) que fue leída en todos los pulpitos de Alemania el 14 de marzo de 1937.

La carta, en cuya elaboración intervinieron tanto Pacelli como el cardenal Faulhaber, tuvo que ser introducida a escondidas en Alemania.

En ella, entre otras cosas, se denunciaba que el culto a Dios estuviera siendo sustituido por un culto a la raza.

La tesis principal del texto era contraponer el liderazgo papal cuando se trata de hacer frente a un régimen hostil que pretendía subordinar la Iglesia al Estado. La primacía del papa se desarrollaba mediante cuatro argumentos:

1. La primacía es asignada al papa por las Sagradas Escrituras.
2. La primacía del papa es la principal garantía contra la división y la ruina.
3. Sólo la primacía del papa cualifica a la Iglesia para su misión de evangelización universal.
4. La primacía del papa asegura que la Iglesia mantiene su carácter sobrenatural.

Una Encíclica Perdida

Sin embargo, los católicos alemanes necesitaban algo más tangible que la primacía del Papa para vivir entre los nazis.

Los defensores del Vaticano suelen presentar esta encíclica como la prueba de cargo de la condena de la Santa Sede a las actividades de Hitler.

Es posible que así sea, pero lo que no se puede discutir es que era una condena muy tibia, en la que en ningún momento se hablaba de manera explícita del antisemitismo, ni se mencionaba por su nombre a Hitler o al nacionalsocialismo.

No obstante, la encíclica llegó en un momento en que los nazis tenían la guardia baja y Hitler, enfurecido ante lo que consideró una traición, recrudeció la represión contra los católicos alemanes.

Pacelli, en su puesto de secretario de Estado, intentó en vano templar la situación. Pío XI miraba cada vez con mayor desagrado a los dictadores de Alemania e Italia, y su aversión se acrecentó en la medida en que los fascistas italianos fueron adoptando cada vez más las doctrinas nazis, en especial en lo referente a asuntos raciales.


Humani generis unitas (La unidad del género humano)

En el verano de 1938, muy irritado por la confiscación de diversas propiedades religiosas por los nazis y por su abierto acoso a los sacerdotes católicos, el papa decidió preparar una nueva en cíclica, Humani generis unitas (La unidad del género humano), en la que denunció de forma mucho más decidida las tácticas terroristas de los seguidores de Hitler.

Esta encíclica habría sido elaborada por un grupo de eruditos jesuítas en Roma dirigidos por John LaFarge y completada el 10 de febrero de 1939.

El 15 de junio de 1938, LaFarge, de paso por Roma, fue llamado de improviso por Pío XI.

El Papa le comunicó que tenía en mente preparar una encíclica contra el racismo nazi.

LaFarge no lo sabía, pero Pío XI había leído con suma atención su Interracial Justice, un libro donde el joven jesuíta había explicado de manera didáctica e inapelable que la división del género humano en razas no tenía ni fundamento científico, ni base biológica alguna, no era más que un mito que servía para mantener los privilegios de las clases sociales más favorecidas.

La encíclica preparada por LaFarge era un documento en el que el Vaticano plantaba cara al nazismo... El único problema es que esa encíclica jamás vio la luz.

La historia de la encíclica perdida surgió por primera vez en 1972 y desde entonces ha sido motivo de polémica.

Al parecer, existe una copia que fue encontrada en 1997 entre los documentos personales del cardenal Eugéne Tisserant. Intimo colaborador de Pío XI, Tisserant ordenó que, tras su muerte, esta encíclica, junto con otros papeles igualmente comprometedores para la Iglesia, fueran custodiados en una caja de seguridad de un banco suizo.

La trascendencia de este documento es enorme.

De haberse publicado, es posible que incluso hubiera podido cambiar la historia del mundo tal como la conocemos actualmente.

No sólo habría variado drásticamente la forma en que los católicos alemanes, y del resto del mundo, miraban el Tercer Reich, sino que posiblemente habría servido de advertencia a Hitler, haciéndole más cauto, sobre todo en la aplicación de su política racial, que, no lo olvidemos, tuvo como resultado la muerte de seis millones de personas, asesinadas en las más horribles circunstancias imaginables.


Ebrias llamadas a la unidad de raza

Al contrario de lo que sucedía con la encíclica anterior, este texto no era ambiguo en lo concerniente a la condena de la persecución de los judíos y, de haberse editado, los defensores de la política vaticana durante el período hitleriano tendrían un sólido elemento que mostrar a sus detractores.

Algunos de los párrafos de la encíclica son tan elocuentes como éstos:

"... Aquí proclaman rígidos ideólogos la unidad de la nación como valor supremo. Allí ensalza un dictador las almas a través de ebrias llamadas a la unidad de raza..." (p. 1).

"En esta hora, en la que tantas teorías contradictorias precipitan al hombre hacia una sociedad caótica, la Iglesia se ve en la obligación de hablar al mundo" (p. 2).

"La respuesta de la Iglesia al antisemitismo es clara e inequívoca" (p. 148).

A pesar de todo, el texto seguía, en parte, impregnado de la tradicional inquina de la Iglesia católica hacia el judaismo.

La sección de la encíclica no publicada que trata del racismo es irreprochable, pero las reflexiones que contiene sobre el judaismo y el antisemitismo, pese a sus buenas intenciones, están impregnadas del antijudaísmo tradicional entre los católicos.

Los judíos, explica el texto, fueron responsables de su destino. Dios los había elegido como vía para la redención de Cristo, pero lo rechazaron y lo mataron. Y ahora, "cegados por sus sueños de ganancias terrenales y éxito material", se merecían la "ruina espiritual y terrenal" que había caído sobre sus espaldas.

En otro apartado, el texto concede crédito a los "peligros espirituales" que conlleva "la frecuentación de judíos, en tanto continúe su descreimiento y su animosidad hacia el cristianismo".

Así pues, la Iglesia católica, según el texto, estaba obligada "a advertir y ayudar a los amenazados por los movimientos revolucionarios que esos desdichados y equivocados judíos han impulsado para destruir el orden social".

La fecha prevista para la publicación del documento era el 12 de febrero de 1939.

El original esperaba en el despacho del papa para que, en cuanto su delicada salud se lo permitiera, estampara su firma en él, momento en el cual todo estaba ya preparado en la imprenta vaticana para la producción de miles de copias que serían distribuidas por todo el mundo.

Sin embargo, en el Vaticano había un amplio sector que miraba con aprensión la publicación de esta encíclica, en especial debido a los imprevisibles efectos que podría tener en las relaciones entre la Santa Sede y el gobierno alemán, que a través del Kirchensteuer había pasado a convertirse en uno de los principales financiadores del Vaticano.