Publicado: Vie Nov 09, 2012 5:42 pm
por Kurt_Steiner
Tanto Himmler como Alfred Rosenberg se tomaron muy en serio el mito de una patria primitiva aria. Por ello Rosenberg apuntaba la posibilidad de que la Atlántida pudiera haber sido un centro cultural nórdico, patria de una raza creadora de gran cultura, ubicada en lugares “en los que hoy se agitan las olas del océano Atlántico y que son atravesados por gigantescas montañas de hielo”. También el investigador de las SS Hermann Wirth especulaba con esta misma ubicación: Wirth buscaba la tierra nórdica de Adland –la Atlántida de los griegos- al sudoeste de Islandia, a pesar de que Alfred Weggener hubiera demostrado ya la inviabilidad de una suposición semejante al haber formulado diez años antes su teoría de la dervia continental.

El mito tergiversado de la Atlántida presentaba numerosos atractivos para la ideología nazi. Por una parte, ofrecía la posibilidad de ubicar histórica y geográficamente el origen de la raza aria en un universo legendario y ennoblecido por la tradición, lo que constituía en cierto modo su mito fundacional. Por otro, permitía elevar a una dimensión cuasi religiosa el peligro de la mezcla de razas, otro de los dogmas fundamentales del nazismo. La idea de una raza superior de atlantes de la que los arios serían descendientes degenerados alentaba la idea de regresar a la perfección perdida por medio de la eugenesia y depuración racial, compensando así el pecado original que habría ocasionado la pérdida del paraíso biológico de la superioridad física que encontraría en Atlantida su manifestación más perfecta.

Así, igual que buscaron la Atlántida en Tiahuanaco, fueron al Tibet, siguiendo la creencia, compartida por los principales asesores ideológicos de Himmler, según la cual las montañas más altas del mundo podrían haber sido el refugio de una raza aria primigenia proveniente de la Atlántida tras el hundimiento de este continente. En un peculiar sincretismo con el mito budista de la ciudad sagrada de Shambala, se suponía que esos arios primigenios habían creado reinos subterráneos en los que seguirían conservando los secretos más antiguos de su raza. Esta idea se vio avalada por el ingeniero Ferdynand Ossendowski, quien, en un libro muy admirado por Himmler, Bestias, hombres dioses (1920-1921), describe como, en su huida de los bolcheviques a través de Asia central, tuvo noticia del reino subterráneo de Agarthi, lugar en el que se habrían refugiado los supervivientes de grandes continentes hundidos y que sería la sede de un señor del mundo cuya existencia no tardaría en manifestarse en la política mundial.

La expedición logró crear una actitud positiva en Alemania respecto a los tibetanos, cuyo factor racial europeo en principio los hacía digno de ello. Bajo el lema “Encuentro de la esvástica occidental con la oriental" se establecieron contactos políticos de alto nivel con el gobierno tibetano que se manifestaron, entre otros, en la declaración oficial de amistad que Qutuqtu de Rva-sgren, el regente tibetano, puso por escrito a la atención del “notable señor Hitler, rey de los alemanes, que ha conseguido hacerse con el poder sobre el ancho mundo”.