La
Noche de los Cuchillos Largos
Autor:
Bitxo
La
figura de Ernst Röhm parece unida a la de Adolf
Hitler por una amistad y un concepto de la fidelidad
indiscutible. Los años de lucha juntos, no
exentos de dificultades como el fracaso del golpe
de estado, dan a lugar, sin dudas, a fuertes lazos
entre ambos personajes que no dan crédito al
dramático final del primero en una celda de
la cárcel de Stadelheim. Es necesario, pues,
acercarse a los personajes y a los hechos, a las diferencias
y a los intereses, para comprender qué pudo
filtrarse y por qué grietas hasta el punto
de llegar a lo que sería conocido como La
Noche de los Cuchillos Largos.
Lo
cierto es que Röhm nunca se subyugaría
a Hitler más allá de lo estrictamente
necesario. Siempre trataría de basar su relación
con él en un interés común derivado
del desafecto a la República de Weimar, y a
una dependencia mutua que no podían esconder
el desencuentro perpetuo entre el soldado que precisa
la homogeneidad para dar un sentido de cuartel, para
reencontrarse con el espíritu de la trinchera,
al mundo que le rodea; y el político que basa
su liderazgo en una poliarquía conveniente
a sus necesidades. Si la sagacidad de Hitler le permite
moverse en un entramado de ambiciones que puede manejar
con delicadeza y paciencia para la consecución
de objetivos lejanos, o con agresividad si es necesaria
la inmediatez; la estrechez de miras del Capitán
Röhm, que luce con orgullo la desfiguración
de su rostro en la batalla, del hombre de acción
que alimenta su propio mito hasta el punto de ser
arrastrado por este, no le permite buscar otra cosa
que no sea, en definitiva, el acomodo del mundo al
suyo propio. Y es que si hay una faceta de Röhm
que nos permite acercarnos al personaje, es precisamente
su incapacidad para evolucionar conforme su mundo
se ensancha de la mano de un Hitler que sí
demuestra capacidad de adaptación.
Disueltos
los Freikorps, Röhm se alista a la mayor
de las resultantes Ligas Patriotas, la Bayern
und Reich de Otto Pittinger. Pero, dada la cercanía
de la Liga al BVP, Röhm crea, junto a
Heiss, la Reichflagge. Contemplando la fragmentación
que ha sufrido el movimiento antirrepublicano de extrema
derecha tras la disolución de los Freikorps,
propone la Asociación de Ligas de Combate
cuya dirección militar es encomendada a Kriebel.
En aquel entonces a Hitler no le interesa diluir a
su NSDAP en el magma nacionalista que no es capaz
de controlar, pero sí permite a sus SA, bajo
el mando de Göring, participar en la iniciativa
de Röhm. Hitler lograría así mantener
la conexión de su partido con el submundo de
la trinchera, el cual le daría el primer empujón.
La
presión del gobierno de concentración
de Stresseman a través del comisario von Kahr,
hace que la Reichflagge apoye a un gobierno
bávaro deseoso de evitar un conflicto armado
provocado por la unión de los paramilitares.
Röhm, en desacuerdo con Heiss, creó una
nueva Liga, la Reichskriegflagge, que
se nutriría de buena parte de la militancia
de este. Con la Reichskriegflagge, Röhm
proseguía su búsqueda de lograr una
milicia popular en la que su papel no quedara en entredicho
al mantener su independencia de Hitler y sus SA.
Sería
precisamente la presión a la que Kahr sometía
a la extrema derecha la que azuzó el deseo
de Röhm y Hitler a llevar a cabo un golpe de
estado en el que ninguno confiaba en que fuera un
éxito pero que, viendo la defección
de Heiss y el estado de ánimo de la militancia,
imposible de mantener sin una acción más
allá de las palabras, había que llevar
a cabo.
El
fallido golpe supuso la cárcel para ambos.
Röhm, que recuperaría tras el juicio su
libertad, pues la pena impuesta la había cumplido
con su detención preventiva, trataría
de nuevo de formar un Frente unido que permitiera
subsistir al movimiento antirrepublicano en el desbarajuste
provocado por la prohibición. Pero ni Hitler,
ni Weber ni Kriebel desean diluir su liderazgo. Entonces
Röhm, que capitanea a las SA al estar Göring
en el exilio, se acerca a Ludendorff y trata de acercar
la GVG al DVFP. Esto provoca el enfado de Hitler que
lo destituye como jefe de las SA y un mayor acercamiento
de Röhm al intento de fusión que llevan
a cabo Ludendorff, Strasser y Graefe.
El
fracaso del NSFB, de la candidatura de Ludendorff,
así como la presión de las autoridades
bávaras, obliga a Röhm a solicitar la
ayuda del entonces jefe de la oficina política
de la Reichswehr, Schleicher, y al propio Ministro
bávaro por mediación de Strasser. Estas
instancias no dan ningún resultado y su relación
con Ludendorff, ya difícil por causas personales,
empeora a consecuencia del pésimo desarrollo
del proyecto.
A
Röhm no le queda otra que tratar de reencontrarse
con un Hitler que ha salido de la cárcel y
recupera las riendas del movimiento. Pero lo que realmente
interesa a Hitler es asegurar su primacía,
logrando una victoria absoluta sobre Ludendorff y
Strasser. Por ello, pese a que Röhm se define
como nacionalsocialista, Hitler exige la disolución
de su Frente al tiempo que le compensa con
su retorno a la jefatura de las SA. El acuerdo podría
haber sido aceptable para Röhm de no haber incluido
una solicitud de sumisión al partido. Röhm
entiende que la futura etapa de lucha parlamentaria,
en la que desaparece la igualdad entre el brazo paramilitar
y el político, no es para él y prefiere
mantenerse al margen, marchando a Bolivia como instructor
del ejército de Siles.
Puestas
bajo el mando de Pfeffer, las SA crecieron hasta superar
los 100.000 hombres, tomando conciencia de su papel
indispensable para el partido. Y pronto comenzarían
a reclamar el mismo protagonismo que la Organización
Política, a la que denominan Organización
Cero.
A finales del verano de 1930, las SA de Prusia Oriental,
bajo el mando de Stennes, se rebelan y ocupan los
locales del partido y obligan a Goebbels a refugiarse
en la figura de Hitler. Este logra evitar la exigencia
de las SA de poder participar en las candidaturas
del partido para el parlamento, prometiendo compensaciones
económicas y ocuparse él mismo de su
dirección, lo que le permite librarse de Pfeffer,
muy próximo a la postura de Stennes. Pero Hitler
no tiene intención de asumir la dirección
de las SA y envía un telegrama a Röhm:
Vuelve. Te necesito.
Röhm
encontraría de este modo la puerta abierta
tanto como para regresar a su añorada patria
como para participar nuevamente en un movimiento que
ahora se hallaba en la antesala del poder. Hitler
vería en Röhm el prestigio y la capacidad
organizativa necesaria para poder disponer del apoyo
de su brazo paramilitar, de tan difícil gobierno,
y abrirse paso con él a la Cancillería.
Lo
primero que haría Röhm sería reorganizar
a las SA de manera que se limitaba el poder de los
jefes locales, lo que no pasaría desapercibido
por un Hitler que conocía muy bien su empeño
por ser algo más que un actor secundario. Sin
embargo, siendo esta una actitud que se tornaría
frecuente a partir de es momento, pasaría por
alto el detalle en tal de poder utilizar a las SA
para entrar en la Cancillería. Las reformas
de Röhm provocarían una nueva revuelta
de Stennes que exigió una nueva intervención
del Führer que, esta vez, al contar con
el liderazgo de Röhm, no dudaría en expulsarlo
para lograr la disciplina conveniente en un momento
tan delicado como el posible acceso a la Cancillería.
La solución provocó una pequeña
escisión de la militancia crítica con
la dirección del partido, la cual supuso una
ventaja en cuanto a la homogeneización del
movimiento.
Röhm,
sin duda, no pude ver otra cosa que la cautela de
Hitler a la hora de manejar a las SA. Su propia ambición,
que ligaría a la de un sector del movimiento
que contaba con medio millón de militantes
que se jugaba el tipo en el combate callejero, gracias
al cual ganaba un protagonismo en absoluto desdeñable,
le cegaría y le impediría extraer las
conclusiones adecuadas del hecho de que Hitler, con
su mediación, había logrado evitar los
graves conflictos merced a la lealtad que se le otorgaba.
Resulta imposible no pensar que Röhm debió
sentir la fuerza, el impulso de unas SA compuesta
en un 60% por jóvenes menores de 25 años,
prestos a la consecución de la revolución,
o en un 70% de trabajadores que esperaban una promoción
social por medio de su sacrificio en la arena alemana
donde sólo ellos, y no la burocracia del partido,
combatían. Y también que Röhm,
que había estado alejado de la etapa de lucha
parlamentaria, no entendiese el valor, al igual que
su tropa, de personajes como Goebbels, que ahora establecía
los límites de actuación de las SA en
las diferentes campañas electorales. Y, por
último, que este poder fuese sentido como una
amenaza al resto de ambiciones parceladas en la poliarquía
hitleriana.
De
hecho, nada más regresar de Bolivia, Buch,
el juez del partido, planeó eliminarle junto
a su Estado Mayor, los generales SA conde von Spreti
y conde Moulin Eckart. Pero uno de los encargados
de la operación, Karl Horn, sintió miedo
y reveló los planes de Buch a las SA. Röhm
no llegó a creerle hasta que Horn sufrió
un intento de asesinato. Entonces a Röhm le entró
el pánico y acudió a buscar la protección
de la policía y hasta la de los partidos demócratas.
Fracasado el plan, Bormann, el yerno de Buch, envió
un informe de Röhm a Hess acerca de su homosexualidad
y el mito que alimentaba el propio Röhm sobre
sus méritos con las SA cuando estas habían
sido organizadas por Pfeffer y su expansión
se debía a la del propio partido. Semejante
recibimiento debió azuzar la idea en Röhm
de que no le convenía ser un personaje de segunda
fila pues, cuanto más se acercaba el NSDAP
al poder, más necesaria resultaba un sistema
de alianzas que él no podía disponer
por contar con una colosal y necesaria fuerza paramilitar,
y por su condición de homosexual que, lejos
de ocultar, plasmaba en desenfrenadas fiestas en las
que, dado el alboroto, resultaba imposible considerarlas
como privadas.
Una
vez alcanzada la Cancillería, el proceso de
coordinación conllevó una inercia
en la que los excesos de las SA, legitimizados por
el nuevo gobierno, puso en contra a diversos sectores
de la sociedad alemana y del propio movimiento. La
sensación de invulnerabilidad adquirido por
las SA, empujaría a Röhm a una carrera
hacia delante cuya meta no llegaría a definir,
por mucha bravuconería que terciara. Ello hace
suponer que Röhm trataba, en todo momento, representar
su papel de líder de una militancia cuyo crecimiento
exponencial la haría ingobernable. Este crecimiento
desmesurado y su comportamiento alejado de las pretensiones
del resto de facciones presentes en los primeros momentos
del Tercer Reich, provocaría una alianza
absoluta entre el resto de líderes nacionalsocialistas,
algo que hasta el momento sólo había
logrado el propio Hitler, pero que en, el caso de
Röhm, tal alianza se debería a su acoso
y derribo. A su ya mencionada ceguera política
en el momento histórico, la que le impediría
ver otra cosa que no fuera la cantidad y expectativa
revolucionaria de su militancia, se le sumaría
la coadyuvación de sectores interesados en
el, al menos, control del nuevo gobierno, como los
conservadores y católicos asociados a la figura
de Papen, y los interesados en mantener su papel primordial,
como los oficiales de la Reichswehr. Y todo
ello circunscrito en el marco de la crisis institucional
que suponía la cercanía del fallecimiento
de Paul Hindenburg, el Presidente de la República.
Hitler
era consciente de su todavía débil posición
ante los sectores monárquicos, conservadores
y ante la Reichswehr. Quizás para ganarse
al Ejército, cometió la torpeza, antes
siquiera de ser investido, de dirigirse a la tropa
acuartelada en Berlín, lo que conllevó
una inmediata protesta de los oficiales al quebrantar
el orden jerárquico. Para suavizar la tensión,
el General Kurt von Hammerstein-Equord, jefe del Mando
del Ejército, organizó una cena en su
casa a la que asistirían el nuevo Canciller
y los altos cargos del Ejército y la Marina.
Hitler no desaprovechó la ocasión y
habló durante dos horas y media, mencionando
el lebensraum, la necesidad de imponer un estado
totalitario capaz de dar una estabilidad necesaria,
de erradicar al marxismo, y de acabar con toda idea
pacifista hasta el punto de militarizar a la sociedad.
También dejó bien claro que las SA debían
tener una tarea estrictamente política. A cambio,
el Ejército no debía inmiscuirse en
esta.
Las
promesas de Hitler agradaron sobremanera a unas Fuerzas
Armadas preocupadas por estas cuestiones. Tanto es
así que Werner von Blomberg, Ministro de Defensa,
respondería que el nuevo gobierno suponía
la materialización de lo que muchos de entre
los mejores llevaban anhelando desde hacía
años. Erich Raeder, jefe de la Reichsmarine
recordaría que ningún Canciller había
hablado con tanta firmeza de la defensa del Reich.
Si
Hitler encontraba la conveniencia de ganarse a las
Fuerzas Armadas tanto para afianzarse al poder como
para poder llevar a cabo sus planes expansionistas
en el futuro, Röhm veía las cosas de otra
manera. A Rauschning, el Presidente del Senado de
Dantzig, le confesó que las SA estaban muy
molestas, pues estas había combatido en la
calle mientras el Ejército no movía
ni un dedo por la revolución nacionalsocialista.
La base del nuevo Ejército, le dijo,
tiene que ser revolucionaria. No se dispone más
que de una ocasión para hacer algo grande que
nos permita mover el mundo de sus actuales fundamentos.
Pero Hitler me entretiene con sus palabras. Quiere
heredar un Ejército ya hecho, dispuesto a la
marcha. Va a dejar que los expertos hagan lo que les
de la gana. Hitler pretende que luego obtendrá
nacionalsocialistas de todos los soldados. Pero comienza
por abandonarlos a los generales prusianos. No veo
cómo piensa encontrar un espíritu revolucionario
en esas gentes. Siguen siendo tan torpes como antes
y con toda seguridad perderán la próxima
guerra.
La
misa de Postdam fue preparada por Goebbels de
manera que escenificara el homenaje del nacionalsocialismo
al Ejército a través de su máximo
exponente, Hindenburg. Hitler le hizo una reverencia
y le dijo: Mariscal, se consagra la unión
entre los símbolos de la antigua grandeza y
la fuerza nueva. Os rendimos homenaje. Una protectora
providencia os ha situado por encima de las fuerzas
nuevas de nuestra nación. Ver a Hitler
inclinado ante Hindenburg y escuchar sus palabras
y en una fecha tan escogida, el 21 de marzo, aniversario
de la constitución del primer parlamento de
una Alemania unificada en 1871, provocó una
fuerte impresión en un público compuesto
por oficiales de alta graduación, por la nobleza,
los grandes industriales y, en general, los máximos
representantes de los sectores conservadores.
Röhm
no se dejaría impresionar. Al contrario, se
indignaría por la persistente adulación
de Hitler al Ejército y continuaría
abogando por el reemplazo de este por las SA, lo que
no podía traer más que problemas. En
mayo de 1933, Reichneau trató de limitar la
influencia de Röhm en las SA reduciendo, de hecho,
la intensidad ideológica de estas al fusionarlas
con los Stahlhelm y colocar oficiales de la
Reichswehr en estas, como requisito para que
la fuerza paramilitar sirviera como una instrucción
previa al Ejército. Pero Röhm contraatacó
reorganizando las SA para que no le afectara la fusión,
se opuso a la colocación de los oficiales alegando
que las SA disponían de su propia jerarquía
y demandando una situación privilegiada
en el III Reich, incluso con respecto al Reichswehr,
puesto que sólo a las SA se debe la victoria
nacionalsocialista. Estaba claro que Röhm
no permitiría ser apartado del poder y, por
tanto, haría lo posible para evitar que las
SA quedaran bajo la influencia del Ejército.
Este, que había contemplado a la fuerza paramilitar
nazi como un medio para reforzar a la Reichswehr
de los 100.000 hombres, veía cómo esta
planeaba ocupar su lugar. Peticiones de Röhm
como aquella, o como la de equiparar los cargos de
las SA con los de la Reichswehr, escandalizaban
a quienes habían invertido años de carrera
militar para tener su lugar en el escalafón,
sin olvidar la conocida homosexualidad de los máximos
jerarcas SA.
Otra
maniobra para socavar el poder de Röhm en las
SA fue llevada a cabo por Göring. Durante el
proceso de coordinación, las SA habían
podido actuar con la apariencia de la legalidad al
incorporarse a la policía prusiana como fuerzas
auxiliares. Con ello Göring hacía una
doble jugada al compensar la falta de celo de muchos
policías que no eran afectos al nacionalsocialismo.
y aumentar su influencia entre los paramilitares del
land. Pero se dio cuenta de que la permisión
con las SA había supuesto que estas se hubiesen
infiltrado a todos los niveles -de hecho las SA lograrían
crear una red de comisionados en todo el Reich
que funcionaría como una administración
paralela a la del Estado-, molestándole todos
los cargos adquiridos por estas. Pese a ello, Göring
no iba a quedarse sin su propia fuerza, y precisamente
por una disputa con las SA.
Cuando
el jefe de la policía de Berlín, el
Almirante Magnus von Levetzow, protestó por
la brutalidad de las SA, Röhm y el jefe de estas
en Berlín, Karl Ernst, se volvieron contra
él pidiendo su sustitución por no pertenecer
al partido. Entonces Göring vio que podía
perder el control sobre la policía de la capital
y decidió crear la GESTAPO, partiendo de la
estructura existente y colocando a su cabeza a Rudolf
Diels. Tanto Diels como la mayor parte de su personal,
no pertenecían entonces al partido. De hecho,
la GESTAPO, creada tanto como para la lucha contra
los rivales políticos del partido, como para
los personales de Göring, pretendió escapar
al control del partido pero, dentro de la estrategia
poliárquica habitual de Hitler, estuvo vigilada
por el General SS Kurt Daluege. Pese a ello, en un
principio, Daluege mostraría mayor fidelidad
hacia Göring que hacia su jefe Heinrich Himmler,
tan sólo jefe de las SS y de la policía
política de Baviera, la BAYPOPO. Y de igual
manera que el poder alcanzado en las diferentes administraciones
molestaba a Göring en Prusia, hasta el punto
de crear su propia fuerza policial, molestaría
a Himmler en Baviera, al hacerse cargo de la policía
bávara y los campos de concentración.
Parece ser que fue Reinhard Heydrich, su brazo derecho,
quien le indicó que se podía aprovechar
el conflicto entre las SA y la Reichswehr para acabar
con el poder de estas y poner en su lugar a las SS.
Himmler
supo interpretar un papel con el que competir con
el resto de grandes líderes nacionalsocialistas,
ganándose la confianza y el apoyo del Ministro
del Interior, Wilhelm Frick y la del propio Hitler,
presentándose como un líder más
moderado que no pregonaba una segunda revolución,
si no que acataba el orden institucional; no mostraba
la voracidad de Göring, que también preocupaba
a Frick; y, por medio de sus SS, representaba a la
vanguardia ideológica y racial que deseaba
el Führer, frente al populismo de las
SA. Con estos apoyos tan decisivos, pudo imponer la
existencia y desarrollo del Servicio de Inteligencia
de las SS (SD) frente a las quejas de los Gauleiter
que se sentían espiados.
El
primero de julio de 1933, Hitler dio más muestras
de su intención de ganarse a la Reichswehr.
En su discurso a los jefes SA, reunidos en Bad Reichnall,
les dijo que los soldados políticos de la
revolución no desean ocupar el puesto de nuestro
Ejército o entrar en pugna con él.
Y si esto caía cual jarro de agua fría,
el reconocimiento que haría a los Stahlhelm,
considerados por las SA unos arribistas y, una vez
más, al Ejército en su discurso con
motivo del día de los paramilitares conservadores,
resultaría desesperante: Puede estar seguro
el Ejército de que nunca olvidaremos esta deuda,
de que veremos en él al heredero de las tradiciones
del glorioso Ejército Imperial Alemán,
y de que lo apoyaremos con todas nuestras fuerzas
y nuestro corazón.
No contento con ello, Hitler reforzó su labor
de adulación promocionando ascensos, incluso
a oficiales reacios al nacionalsocialismo, como el
caso de Erwin von Witzleben.
El
día 6, Hitler dijo en la Cancillería
a los dirigentes del nacionalsocialismo que la
revolución no es una condición permanente.
No debe convertirse en una situación prolongada.
Se ha destapado el flujo revolucionario, pero debemos
canalizarlo por el cauce más seguro de la evolución.
Si con esto no estaba todo suficientemente claro,
añadiría que el grito de combate
de la segunda revolución estaba justificado
mientras existían en Alemania posiciones que
podían cristalizar en una contrarrevolución.
Ya no es el caso. No debemos dejar lugar a dudas sobre
el hecho de que, si es necesario, ahogaremos con sangre
cualquier tentativa. Porque una segunda revolución
sólo puede dirigirse contra la primera.
El
día 11, Frick precisaría la estrategia
a seguir por el nuevo Gobierno al decir que la
tarea más importante del Gobierno del Reich
es ahora la consolidación ideológica
y económica del poder absoluto concentrado
en sus manos. Esta tarea se vería seriamente
comprometida si se hablara de continuar la revolución
o hacer una segunda revolución. Quien habla
todavía en tales términos tiene que
meterse en la cabeza que no hace más que pronunciarse
contra el propio Fuhrer y que se le tratará
en consecuencia.
Hitler daría una nueva advertencia el día
16, en su discurso de Leizpig: Las revoluciones
que tuvieron éxito en sus inicios son mucho
más numerosas que las revoluciones triunfantes
que fueron contenidas y frenadas en el momento oportuno.
Röhm
podía presentir el peligro, pero sus SA se
habían convertido en una organización
gigantesca cuyo tamaño implicaba una dificultad
extraordinaria para su control, lo que implicaba una
contínua fricción con el Ejército,
la ciudadanía y los líderes del partido.
De igual manera que había sucedido con los
Stahlhelm, numerosos ex paramilitares socialistas
o comunistas se habían afiliado para tratar
de subsanar un pasado inconveniente o para sumarse
a la esperanza de poder aspirar a una promoción
producto de la revolución. Ello había
provocado que las SA recibieran el sobrenombre de
beefsteak-stürme, pardas por fuera y rojas
por dentro. La promoción a la que aspiraban
no siempre se podía satisfacer, bien por la
competencia de otras esferas del movimiento, bien
porque desde el gobierno se prefería a los
cuadros mejor preparados de los últimos gobiernos
republicanos, o bien porque, simplemente, eran demasiados.
Los SA decepcionados podían incurrir en el
asesinato de la competencia con una impunidad que
no resultaba favorable para un gobierno recién
instalado y que precisaba el apoyo de los sectores
conservadores, denominados Reaktion por los
camisas pardas, tanto como para sostenerse
en el poder como para sacar al país de la crisis
económica.
Desde
el Ministerio del Interior y desde el de Justicia,
comenzaron a oírse voces de alarma. La violencia
de las SA podían dar a entender una situación
inestable a los financieros extranjeros, llegando
incluso al punto en que esa situación inestable
se plasmase como incontrolable. Göring, usando
a la GESTAPO, se dedicó entonces a clausurar
las cárceles clandestinas donde las SA torturaban
y asesinaban a sus rivales apresados durante la coordinación.
Los presos eran liberados o enviados a los campos
de concentración de Himmler, en cualquier caso
substraídos a las SA que interesaba debilitar,
alejándolos, además, de los oídos
de los ciudadanos que se inquietaban por cuanto sucedía.
Las
advertencias de Hitler frenaron un poco a Röhm,
si bien se preservó el derecho a ejecutar a
doce miembros de una organización enemiga que
hubiese atentado contra su tropa. No obstante, reconoció
que han llegado a mi conocimiento algunas informaciones,
pocas, a decir verdad, según las cuales miembros
de organizaciones SA, y no quiero calificarles de
SA porque no lo son, se han hecho culpables de inauditos
sucesos. Hay que contar entre estos la satisfacción
de venganzas personales, los malos tratos inadmisibles,
las rapiñas, los robos y el pillaje y prometió
la muerte inmediata a título de ejmplo de los
jefes SA responsables, si dan pruebas de una indulgencia
mal comprendida y no intervienen sin el menor miramiento.
Pero
no por ello iba Röhm a claudicar tan fácilmente.
Ante la decisión de Göring de despojar
a las SA de su papel como policía auxiliar,
organizó una concentración el día
6 de agosto de 1933, en Tempelhof, de al menos 80.000
militantes. Confiado ante tal demostración
de fuerza, Röhm espetó: Quien imagine
que la tarea de las SA ha terminado tendrá
que resignarse a la idea de que estamos aquí
y de que aquí seguiremos, ocurra lo que ocurra.
El
desafío entre Göring y Röhm no podía
menos que recrudecerse. El 15 de septiembre, con motivo
de la inauguración del Consejo del Estado,
Göring deseaba presidir un descomunal desfile
de SA y SS, pero Röhm y Ernst se negaron a que
lo presidiera él sólo, alegando que
sus SA se indisciplinarían si no estaban ellos
presentes. Göring tuvo que aceptar compartir
la tribuna de honor.
Pero
más le molestaría la indiscrección
de Ernst en una fiesta de las SA, el 21 de septiembre.
Se había iniciado el proceso contra los acusados
por el incendio del Reichstag y la sospecha de que
el incendio había sido organizado por Göring
seguía en la mente de todos, si bien nadie
se atrevía a lanzar tamaña acusación.
Pero Ernst, habiendo bebido y comentando la apertura
del juicio, cuando le preguntaron, dijo entre sonoras
carcajadas para que todos pudieran oírle: Si
digo que sí, seré yo quien habrá
prendido fuego y resultaré un perfecto imbécil.
Si digo que no, seré un perfecto mentiroso.
Puede que Ernst desease hacer llegar una advertencia
a Göring, que comparecería como testigo
de la acusación y acabaría siendo humillado
por Georgi Dimitrov.
El
6 de octubre, a través de Frick, el nuevo Gobierno
volvió a dar señales de su interés
en normalizarse e institucionalizarse. Los delitos
de derecho común cometidos por las SA hasta
la fecha quedarían sobreseídos, pero
puntualizó que la administración
del Estado nacionalsocialista y de la policía
no tienen que verse obstaculizadas en manera alguna
por las inadmisibles intervenciones de las SA. Se
perseguirán a partir de ahora con toda energía
los actos reprensibles cometidos por miembros de las
SA.
Pero ni estas ni su líder parecían dispuestas
a atender a razones. Un mes más tarde, Röhm
concentró a 15.000 de sus hombres frente al
Sporpalast de Berlín y, nada más subir
a la tribuna, fue directo al grano: Voces numerosas
se levantan desde el campo burgués para pretender
que las SA han perdido toda razón de existencia.
Se equivocan esos señores. Extirparemos el
viejo espíritu burocrático y el espíritu
pequeñoburgués con suavidad y, si es
necesario, sin suavidad alguna.
Lo
cierto es que Röhm aprovechaba el titubeo de
Hitler ante las exigencias que le llegaban desde todos
los sectores. Sabía que haber alcanzado la
Cancillería no era suficiente garantía
ante una Reichswehr muy influenciada por los
conservadores, de los cuales precisaba, además,
su cuerpo de funcionarios con experiencia de gobierno.
Hindenburg se hallaba próximo a su final y
Hitler debía impedir que un candidato conservador
ocupara su lugar, como el príncipe, por ejemplo.
Por ello precisaba todavía a las intimidantes
SA. Sin su brazo paramilitar, su posición se
tornaría más vulnerable al desaparecer
el riesgo de una guerra civil. Pero sus SA molestaban
con sus desmanes y le desacreditaban ante el pueblo
alemán, creando una alarma muy inconveniente
en sus élites. Los conservadores aprovechaban
esto, a través del Vicecanciller Franz von
Papen, el cual era presionado incluso por Hindenburg
para que hiciera algo al respecto. El primero de diciembre
de 1933, Hitler decidió, con la excusa de fundir
al Gobierno con el partido, nombrar a Röhm como
Ministro sin cartera con la esperanza de que esto
le contentase. Al tiempo, para equilibrar la balanza,
nombró también Ministro a Hess.
El
mismo mes, con motivo del 150ºAniversario de
la Liga Hanseática, Papen fue a Bremen
a dar un discurso ante 2.000 espectadores que representaban
a la élite de la ciudad. Papen comenzó
homenajeando al nuevo régimen y luego lo criticó
indirectamente al quejarse de quienes negaban la
existencia personal del individuo. Pese a la debilidad
del ataque, su público lo aplaudió con
frenesí. Si Papen se sentía inseguro
al iniciar su discurso, no cabe la menor duda de que,
al finalizarlo, vislumbraría alguna posibilidad
de recuperar la Cancillería.
Al
tiempo Hitler iba ganando terreno. Según un
informe de inicios de 1934 del agregado militar francés,
el General Renondeau, el partido está ganando
a la Reichswehr. Conquista la base y la cima. El Ejército
pierde su neutralidad. Ciertamente, con Blomberg
como Ministro de Defensa, Hitler lo tenía más
fácil. Blomberg, apreciado por Hindenburg,
deseaba un gobierno fuerte, popular y nacionalista,
lo que le había llevado en el pasado a manifestarse
a favor del comunismo tras sus impresiones en la URSS.
La verdad es que el único conocimiento de política
que tenía Blomberg era su preferencia por el
totalitarismo. Nada más ser investido como
Ministro de Defensa, reemplazó a los hombres
de Schleicher por otros afines a su persona. De esta
manera, Reichneau sustituiría a Ferdinand von
Bredow como jefe del Ministerio, un puesto que suponía
ser enlace entre la Reichswehr y el Gobierno.
Pero
con esto el camino no estaba del todo despejado. Muchos
oficiales apodaban a Blomberg como el gummilöwe,
el león de goma, y temían que
Hitler invirtiera los términos en los que se
había aceptado su candidatura, es decir, que
fuera el nacionalsocialismo, a través de sus
SA, quien dominara al Ejército, en lugar de
que este recuperara su papel predominante a la hora
de manejar los hilos y resultar la estructura básica
que sustentara a la sociedad alemana. Además,
incluso Blomberg y Reichneau sentían repulsión
por las SA a las que no podían dejar de verles
como antiguos trabajadores reconvertidos en matones,
alcohólicos y depravados, que ahora ostentaban
cargos jerárquicos que pretendían equiparar
a los de los oficiales con carrera. Ello provocó
que, tras la dimisión de Kurt von Hammerstein-Equord
como jefe del Heeresleitung, Hindenburg hiciera
caso del Offizierskorps y diera su negativa
a la candidatura de Reichneau, recomendada por Hitler
y Blomberg, y exigiera en su lugar a Werner von Fritsch
el 1 de febrero de 1934.
Al
día siguiente se reunió el Offizierskorps
para estudiar las relaciones del Ejército con
las SA. En reuniones anteriores habían decidido
expulsar a quien no se defendiera de una afrenta de
las SA, dados los casos habidos. Ahora Blomberg comunicaba
que Röhm había sugerido la creación
de un Ministerio que aglutinara a todas las formaciones
armadas del partido y del Estado, lo cual supondría
el fin de la independencia de la Reichswehr.
Fritsch dijo que se opondría con todas sus
fuerzas. Mientras hablaba llegó un mensaje
urgente para Reichneau, el cual lo leyó de
inmediato: Reconozco a la Reichswehr sólo
como escuela de la nación. La dirección
de operaciones y, por consiguiente, también
la movilización, serán competencia de
las SA. Heil Hitler! Röhm. Los jefes de las
siete regiones militares se opusieron en bloque. Blomberg
presentó su dimisión a Hitler. Este,
a sabiendas que aceptarla suponía ponerse en
contra al Ejército, que estaría más
apoyado aún por los conservadores y los católicos,
accedió a las demandas de Blomberg.
El
22 de febrero Hess lanzaría una nueva advertencia
a las SA. En un artículo publicado en el Völkischer
Beobachter diría que todo miembro de
las SA, como cualquier mando político o de
las Hitlerjugend, no es más que un combatiente
en el seno del partido. Ni en la hora presente ni
en el futuro hay razón para mantener una existencia
propia.
No
obstante Hitler se decidió a concertar una
entrevista con Röhm en la Cancillería
para tratar de llegar a un acuerdo. Nadie más
estuvo presente en el despacho del Führer,
pero en la sala de espera estaba presente el Conde
von Tschirchsky, colaborador de Papen, probablemente
con la misión de enterarse de cuanto pudiese.
Tchirchsky pudo oir cómo se levantaban la voz
uno al otro. Röhm defendía su exigencia
de integrar a 2.000 oficiales y a 20.000 suboficiales
en el Ejército. Hitler replicaba que Hindenburg
no lo aceptaría y sólo lograría
perder su confianza.
Tanto
Röhm como Hitler conocían los rumores
acerca de un complot para hacer entrar en acción
a las SA. Entonces se solicitaría a Hindenburg
el estado de excepción a favor de la Reichswehr.
De hecho, generales como Beck, Rundstedt o Witzleben
eran sondeados en este sentido por el secretario de
prensa de Papen, Herbert von Bose. Pero estos no parecían
dispuestos a actuar mientras la situación no
se les escapara de las manos. De momento, Hitler parecía
controlado y no se encontraba conveniente correr el
riesgo de una guerra civil. Por ello Röhm no
cejaba en su empeño de tratar de controlar
o, cuanto menos, intoxicar lo suficiente al Ejército
con sus SA; y Hitler trataba de frenarlo por miedo
a ser apartado del poder por el propio Ejército,
o verse con una Cancillería dependiente de
la ambición de Röhm.
Al día siguiente, con motivo del Día
del Duelo Nacional, Hindenburg recibió al Gobierno.
Hitler le expuso la exigencia de Röhm, que fue
denegada con hostilidad por Hindenburg. Hitler tuvo
que callar.
Hitler
necesitaba una solución intermedia que le permitiera
conservar el respaldo de las SA y mantener la confianza
del Ejército. Para ello convocó una
reunión de los jefes SA, SS y de la Reichswehr.
Sus primeras palabras ante los jerarcas causaron una
sorpresa general tras sus promesas de un futuro mejor:
El pueblo alemán se encuentra ante el riesgo
de una espantosa miseria. El nazismo ha eliminado
el paro, pero cuando el Estado haya llevado a cabo
las tareas que se ha impuesto, cosa que ocurrirá
en el plazo de unos ocho años aproximadamente,
sobrevendrá una recesión económica.
El único remedio para esta situación
será la creación de un nuevo espacio
vital. Las potencias occidentales no nos concederán
jamás ese espacio vital. Por esto, en el futuro
pueden resultar necesarias unas acciones rápidas,
pero decisivas, primero hacia el Oeste y luego hacia
el Este.
¿Pretendía el Canciller sembrar el pánico
para obligarles a entenderse? Hitler prosiguió
con una reseña histórica que le valdría
de rodeo para decir lo que quería, mirando
fijamente al destinatario de sus palabras: Una
milicia sólo es apropiada para la defensa de
territorios pequeños. Las SA tendrán
que limitarse a la tarea política. El Ministro
de la Defensa podrá recurrir a las SA para
la labor de la Grenzschutz y la instrucción
premilitar. Röhm mostraba indiferencia, mirando
al techo, como si aquello no fuera con él.
Hitler concluía: Exijo de las SA una leal
ejecución de las tareas que se le confíen.
Los oficiales se levantaron y Hitler, junto a Blomberg,
cogió a Röhm del brazo para aparentar
una reconciliación. Röhm invitó
a todos a un banquete donde apenas si se pronunció
una palabra. Al finalizar, Röhm se quedó
con los suyos y montó en cólera. Dijo
que aquello era un nuevo Tratado de Versalles
y llamó a Hitler cabo ridículo
y exclamó ¡Si pudiéramos librarnos
de ese muñeco!, para finalizar en tono amenazador:
Hitler es un traidor. Hay que obligarle a que se tome
unas vacaciones.
El
malestar de Röhm era lógico dada la reunión
que había mantenido con Fritsch en casa de
Werner von Alvensleben, un hombre de negocios y político
cercano al círculo de Schleicher, al cual había
traicionado para ayudar a Hitler en su carrera a la
Cancillería. Allí, Fritsch y Röhm
sentaron las bases para un acuerdo, dejando Fritsch
bien claro que el Ejército nunca capitularía
ni perdería el control de las armas. El borrador
para dicho acuerdo establecía que los soldados
con más de doce años de servicio serían
incorporados a las SA para transformarla en una milicia
armada. El armamento sería suministrado y controlado
por el Ejército y Röhm se abstendría
de tratar de influir en este. Fritsch informó
del resultado a Blomberg, quien se mostró conforme.
¿Qué había pasado entonces? Pese
a que Fritsch y Röhm acudieron, y se marcharon,
a casa de Alvensleben por caminos diferentes, la GESTAPO
había logrado enterarse de dicha reunión.
Hitler fue informaado, sin lugar a dudas, y es posible
que se sintiera desplazado. Lo único que le
faltaba es que Röhm llegase a un acuerdo con
Blomberg. Y para este siempre sería mejor una
solución que no incluyese a Röhm.
Peor
para Röhm sería ignorar que uno de sus
jefes SA, Viktor Lutzer, estaba muy dispuesto a traicionarle.
Lutze acudiría a Hess para contarle la reacción
de Röhm. Hess le recomendó que fuera a
ver a Hitler para contárselo personalmente.
Pero el Führer le decepcionaría al limitarse
a decir que había que dejar que el asunto
madure. Preocupado porque se estaba jugando la
vida sin resultado, acudió a Reichneau para
asegurarse la protección del Ejército.
A
finales de marzo, Röhm y Himmler se reunieron
en la finca de Rathenow de von Gontard, un industrial
relacionado con el rearme alemán. A Röhm
le acompañaba su ayudante de campo, Graf Spreti,
los Tenientes Generales SS Bergmann y Reiner, que
hacían de enlace con Himmler, si bien Reiner
era, además, un informador de este. Himmler
fue con su ayudante de campo, el Teniente Coronel
SS Karl Wolff. Röhm no sentía preocupación
por la minúscula fuerza de las SS y trataba
con afecto a Himmler, más allá de sus
burlas sobre la fotografía de este cuando sujetaba
el standarte en el fracasado golpe de estado de Münich.
Pero, tras haber bebido durante la comida, comenzó
a quejarse. Las SS mantienen una actitud conservadora.
Protegen a la Reaktion y a los pequeñoburgueses,
y su sumisión a la burocracia tradicional y
al Ejército es demasiado grande. Himmler
guardó silencio. Röhm era, teóricamente,
su superior, y le sorprendió recibir una reprimenda
en público.
La
subestimación de Himmler fue otro de los errores
de Röhm. Himmler había logrado el control
de todas las policías del Reich a excepción
de la prusiana, sobre la que Göring mandaría
hasta que se diera cuenta de que no podía luchar
contra Röhm y Himmler a la vez, y cediera a la
presión de un Hitler deseoso de unificar a
la policía alemana. Hasta la cesión
formal, Göring utilizaría a su brazo derecho,
Paul Körner, como enlace con Himmler. En aquel
entonces, personas como Heinrich Müller, un anticomunista
de la BAYPOPO que también había combatido
al nacionalsocialismo; o Franz Josef Huber, una caso
similar, si no peor, al de Müller; investigaban
el pasado de Röhm. Un antiguo ordenanza de Himmelstadt
les contaría las andanzas sexuales del antiguo
Capitán, cuando presionaba a sus ordenanzas
para conseguir favores sexuales.
La
prensa extranjera indagaba sobre la pugna de Röhm
y la Cancillería tuvo que desmentir los rumores.
Esto preocuparía lo suficiente a Hitler como
para conceder una entrevista en este sentido al periodista
estadounidense Louis P. Lochner, de la Associated
Press. Lochner fue directo al grano: Señor
Canciller, se dice que algunos de sus más próximos
colaboradores tratan de expulsarle del poder. Se dice
igualmente que uno de los más eminentes trata
de contrarrestar las medidas que usted adopta.
Hitler no pareció inquietarse y contestó
fríamente: No me he rodeado de nulidades,
si no de verdaderos hombres. Los ceros a la izquierda
son redondos y se alejan rodando cuando las cosas
marchan mal. Los hombres que me rodean son personas
rectas y de criterio sólido. Cada cual tiene
su personalidad y está lleno de ambición.
Cuando se forma un grupo semejante de individualidades
los roces son inevitables. Pero ninguno de los hombres
que me rodean ha intentado hasta ahora imponer su
personalidad. Todo lo contrario, se han plegado perfectamente
a mi voluntad.
Para
Himmler y Heydrich, cada cual tiene su personalidad
implicaba espiar a todo el mundo y elaborar listas
de personas a las que convenía eliminar. En
abril, Heydrich encargó a Otto Betz la misión
de espiar a Papen y su entorno. Betz resultaba ideal
pues era un agente de contraespionaje destinado en
el Sarre, donde Papen fue plenipotenciario. Allí,
tras un atentado con éxito contra un separatista
renano, había tomado contacto con Edgard Jung,
quien elaboraba los discursos de Papen, partidario
de la revolución conservadora.
También
se vigilaba al General Kurt von Schleicher. El ex
canciller estaba en teoría retirado de la política
en su finca del lago Wannsee, pero no dejaba de mantener
reuniones con sus antiguos colaboradores, los Generales
Bredow y Hammerstein-Equord para mantenerse informado.
El 2 de abril incluso se reuniría con el embajador
francés, François-Poncet. A Bredow,
que vivía cerca de la frontera con Francia
y era igualmente vigilado, se le detuvo en un viaje
a París y se le encontró una invitación
de un alto cargo francés. No le dejaron cruzar
la frontera y Bredow protestó a Blomberg por
teléfono, pero este le negó el permiso
a continuar su viaje.
Sin
duda Hitler debió preocuparse por la posibilidad
de que Schleicher buscara apoyos en Francia, y más
aún considerando el giro en política
exterior que el régimen había supuesto.
Los diferentes gobiernos republicanos habían
buscado un acercamiento a Francia y mantenido una
actitud hostil hacia Polonia. Hitler estaba tratando
de acercarse a Gran Bretaña e Italia para aislar
a Francia, y llegó incluso a firmar un pacto
de no agresión con Polonia. Es normal que sintiese
temor a una reacción defensiva por parte de
los franceses, aun a nivel de intriga política.
François-Poncet recordaría de aquella
entrevista que Schleicher no ocultó su oposición
al régimen, pero en ningún momento dijo
nada que trasluciese proyectos subversivos o que dejara
adivinar que estuviera mezclado en cualquier conspiración.
Mientras
Himmler le entregaba informes que hacían sospechar
de conjuras, Röhm proclamaba la segunda revolución
y sus SA hablaban de limpiar las porquerizas,
Hitler sentía la necesidad de plasmar mediante
un acuerdo su opción por el Ejército
para que Blomberg viera algo más que palabras
en su discurso del 28 de febrero. Tras ser avisados
por el círculo de Hindenburg de que la salud
de este empeoraba, Hitler y Blomberg resolvieron entrevistarse.
El día 10 de abril, con la excusa de presenciar
unas maniobras, Hitler, Blomberg, Fritsch y Raeder,
embarcaron en el Deutschland, un lugar ideal
para mantener una reunión secreta en el mar.
Fritsch y Raeder fueron informados de la proximidad
de la muerte de Hindenburg y Hitler y Blomberg se
reunieron a solas en el camarote de mando para lo
que se conocería como el Pacto del Deutschland:
Hitler se comprometió a limitar las ambiciones
de las SA a cambio del apoyo del Ejército en
la sucesión de Hindenburg.
El
día 16 de abril, Röhm defendería
a sus hombres condenados por delitos de derecho común
por el Ministerio del Interior de Frick. Siguiendo
su costumbre de ponerse al lado de su tropa, diría
que cuando en el transcurso de los años
de lucha que precedieron a la conquista del poder
precisábamos hombres de acción, ciudadanos
que con anterioridad se habían apartado del
camino recto acudieron a engrosar nuestras filas.
Aquellos hombres con antecedentes judiciales vinieron
a nosotros porque querían borrar sus faltas
con el servicio en las SA. Pero, ahora, muchos viejos
camaradas de las SA han tenido que apartarse a causa
de esos mismos antecedentes, y esto ha ocurrido en
un Tercer Reich por el que arriesgaron su vida. Los
espíritus mercantilistas no comprenderán
nunca que puedan conservarse semejantes elementos
en las filas de las SA.
Dos
días más tarde, ante el cuerpo diplomático
y la prensa del extranjero, Röhm pronunció
su último gran discurso:
La nueva Alemania nacionalsocialista, puesta bajo
el símbolo de la cruz gamada, no tiene muchos
amigos en el mundo. Se ha hablado y escrito mucho
a su respecto. En su totalidad o casi totalidad, los
extranjeros no han comprendido el sentido ni la naturaleza
de la Revolución alemana. Se olvida casi siempre
que no se trata de que el poder político haya
cambiado de mano. ¡Nada de eso! Se trata de
que ha surgido una nueva concepción del mundo.
La Revolución nacionalsocialista significa
la ruptura espiritual con el pensamiento de la Revolución
francesa de 1789.
(...) Las SA son la encarnación heroica de
la voluntad y el pensamiento de la Revolución
alemana. No es posible comprender la naturaleza y
la tarea de las SA si no se comprende la naturaleza
y finalidades de la Revolución nacionalsocialista.
(...) Cuando Hitler comenzó su combate era
un soldado. El combate, el combate y siempre el combate
es lo que ha marcado su vida. Era, por tanto, inevitable
que en esta lucha sometiera a los que le ayudaban
a imperativos militares. Para garantizar la coherente
ejecución de la línea política
de su voluntad, levantó el ejército
pardo de la revolución sobre dos pilares básicos:
la autoridad del jefe y la disciplina. Una sola decisión
de las SA es voluntaria: la de ingresar en las filas
de las tropas de asalto de la renovación alemana.
Desde el instante en que viste el uniforme pardo,
se somete sin restricciones a la ley de las SA. Esta
ley es la siguiente: "obediencia hasta la muerte
al jefe supremo de las SA, Adolf Hitler. Mis bienes
y mi sangre, mi fuerza y mi vida, todo cuanto poseo
pertenece a Alemania".
Desde un principio, Hitler no luchó por objetivos
mezquinos. Desde el primer día, cuando siete
hombres sin nombre público, sin aliados, sin
periódicos ni dinero, soñaron con volver
a levantar a Alemania de sus ruínas, lo que
estaba en juego era el poder. En este combate, su
arma fueron las SA. No eran una banda de conjurados
intrépidos, sino un ejército de creyentes
y mártires, agitadores y soldados que él
necesitaba en aquella lucha gigantesca cuyo objetivo
era el alma del pueblo alemán. Como la tarea
así lo exigía, Adolf Hitler creó
un nuevo tipo de combatiente: el soldado con un ideal
político. Di a estos soldados políticos
la bandera roja con la cruz gamada, nuevo símbolo
del futuro alemán, y les dio la camisa parda
que visten las SA en el combate, los honores y la
muerte. Por su color, la camisa parda distingue a
los SA de la masa. En este hecho encuentra su misma
justificación: es signo distintivo de las SA
y permite que tanto el amigo como el enemigo reconozcan
a la primera mirada a quien profesa la concepción
del mundo nacionalsocialista. Las SA son la encarnación
del nacionalsocialismo. Las SA abrieron a puñetazos
el camino al ideal nacionalsocialista, el camino que
llevaría a la victoria. Y en su marcha, las
SA han arrastrado a los escépticos, a los vacilantes,
provocando ese prodigioso levantamiento en masa de
la nación. El impulso de la ola parda puesta
bajo el signo de la cruz gamada no dejaba de gritar
a lo que vacilaban: "¡Ven con nosotros,
camarada!" Centenares de miles de trabajadores
no hubieran reencontrado el camino de la patria de
no haber existido las SA. Las SA les libraron de la
calle, del hambre y el paro. Los batallones pardos
fueron escuela del nacionalsocialismo. En sus filas
no existe privilegio de nacimiento, rango o fortuna:
sólo cuentan el hombre y los servicios prestados
al movimiento.
(...) Por desgracia, al iniciarse la Revolución
nacionalsocialista, sectores reaccionarios se aproximaron
a nosotros. Algunos llegaron a formar en nuestras
filas y prendieron en sus solapas la cruz gamada afirmando
vívamente que habían sido siempre nacionales.
Pero nosotros no hemos hecho una revolución
nacional, sino la Revolución nacionalsocialista
y subrayamos el vocablo socialista.
Por un inconcebible sentido de la clemencia, el nuevo
régimen, al tomar el poder, no eliminó
implacablemente a todos los representantes del antiguo
sistema y de aquel que le había precedido.
Les retorceremos el cuello sin el menor sentido de
piedad si se atreven a poner en práctica sus
convicciones reaccionarias.
(...) Baluarte inquebrantable de la Revolución,
las SA se alzan contra la reacción, la denigración
y el conformismo. En ellas se encarna cuanto constituye
el espíritu de la Revolución. En los
años de lucha, la camisa parda era distintivo
de una política. También era sudario.
Después de la victoria se ha convertido en
símbolo de la unidad nacionalsocialista, se
ha transformado en el hábito del alemán
y seguirá siéndolo. El orden y la disciplina
de las SA fueron al principio una necesidad. Forjó
la unidad de las fuerzas revolucionarias, que en su
origen no constituían más que un conjunto
mal trabado. Más tarde, las SA se transformaron
en un instrumento de educación y en la base
de la comunidad nacional que no puede subsistir si
el individuo no se somete del todo. Actualmente es
expresión de un nuevo estilo de vida alemán.
Estilo que tiene su origen en las SA y se impone a
todas las formas de vida en Alemania. ¡Las SA
son la Revolución nacionalsocialista!"
Para
reforzar la impresión de que no estaba en contra
de Hitler, Röhm aprovechó el cumpleaños
de este para darle muestras de adhesión, diciendo
que es y significará siempre nuestra dicha
y nuestra felicidad ser sus hombres más fieles,
aquellos en los que el Fuhrer puede poner toda su
confianza, aquellos con los que puede contar en los
días buenos y también, sobre todo, en
los días malos. Las palabras eran escogidas
y mostraban la disposición de Röhm a apoyar
a Hitler en el camino lógico de la revolución.
Lógico por ideología, y por disponer
de unos tres millones de hombres a su servicio.
Pero
Hitler había tomado una decisión y cerrado
un pacto. El mismo día, 20 de abril, Himmler
se hacía con el control efectivo de la GESTAPO
y nombró a Joachim Ribbentrop embajador extraordinario
para la cuestión del desarme. Una de las primeras
misiones de Ribbentrop fue proponer a Francia e Inglaterra
una importante reducción de efectivos, pero
no del Ejército, sino de las SA. También,
de manera inaudita, dio un permiso para todo el mes
de julio a las SA. Por sorprendente que fuera el anuncio
del permiso al brazo paramilitar del partido, por
la intensidad de su labor y por la necesidad de estas
que pudiera tener el aún endeble régimen,
que apenas podía disimular la crisis y las
críticas vertidas sobre él, la notica
apareció en el National-Zeitung como
si no tuviera importancia alguna.
Un
animado Papen no parecía tener intención
de perder el tiempo. El día 26 acudió
al Dortmunder-Industrie-Club para pronunciar
un discurso ante los industriales del Ruhr. Esta vez
el Vicecanciller mostró más decisión
a la hora de criticar al nacionalsocialismo, y precisamente
a su vertiente más socialista, aquella que
más susceptibilidad recibía de los empresarios:
El papel del jefe de empresa es esencial. Tiene
que mantener una libertad tan grande como sea posible
con respecto al Estado, diría, y añadiría
que la autarquía económica hace ilusoria
la existencia de una economía mundial, y esto
representa un peligro de guerra a mayor o menor plazo.
El discurso estaba diseñado para hacer mella
en un industrial temeroso de lo que podía representar
el nuevo régimen en un futuro cercano. La autarquía
era la base del programa económico nacionalsocialista,
con vistas a evitar un bloqueo como el que recibiera
Alemania en la Gran Guerra. Por otro lado,
Walther Darré y su Corporación Alimenticia
del Reich, desde el marco de la búsqueda
de esa autarquía sentida como necesaria, reinvidicaba
un estatus de igualdad, incluso de primacía,
para un campesinado que pasara a ser la máxima
representación de la pureza germánica
en un momento en el que la escasez de acero hacían
competir al mundo rural con la fabricación
de armamentos. Y los industriales del Ruhr serían
contrarios a las ideas del Ministro de Economía,
Kurt Schmitt, el cual veía la producción
de armamentos y hasta la construcción de autopistas
como una mera fantasía propagandista del régimen,
totalmente improductiva. Aquellos hombres no podían
dejar de ver la incongruencia de que la autarquía
llevara a Darré y su imperio del campesinado
y a una posible guerra con un Ministro de Economía
reacio al rearme, un rearme que conllevaba sustanciosos
beneficios pero que, al tiempo, suponía la
aceptación de una presión estatal sobre
las empresas que dirigían.
Si
la entrevista entre Schleicher y François-Poncet
había alertado a Hitler, cabía esperar
que la entrevista de Ernst con Renondeau pudiera verla
como algo más que una fatal casualidad. A Ernst
le gustaba demostrar hasta dónde había
llegado desde sus tiempos de ascensorista y portero
de hotel, y no desperdiciaba oportunidad para codearse
con todo personaje público de cierta relevancia.
Según Renondeau, Ernst le contó sus
aventuras hasta que la revolución nacionalsocialista
le llevara a la cima del poder. Le preguntó
si, tras una vida llena de riesgos, sus nuevas responsabilidades
le resultaban aburridas. Desengáñese
usted, le contestó, prometimos mucho
y resulta tremendamente difícil mantener las
promesas. Hay que calmar a muchos impacientes y exigentes.
He comenzado por dar puestos a los antiguos camaradas
que lucharon conmigo. Todos ellos ya están
colocados. Pero quedan los otros, y la verdad es que
no me facilitan mucho el trabajo.
Esta era la realidad de las SA. El colosal tamaño
de su militancia, que se había sumado al carro
de los vencedores para promocionarse, empujaba a sus
líderes a cumplir con esa esperanza.
Himmler
se reunió otra vez con Röhm. Esta vez
se sentía más seguro tras el apoyo del
propio Hitler, incluso en detrimento de Göring,
y fue él quien lanzó la reprimenda.
Los máximos responsables de las SA eran unos
homosexuales que escandalizaban al pueblo alemán
con sus orgías, y más aún teniendo
en cuenta el discurso del régimen acerca de
la pureza y el virtuosismo de la raza alemana. La
homosexualidad constituye un peligro para el movimiento,
le dijo para pasar a preguntarle: ¿No constituye
acaso un grave peligro para el movimiento nacionalsocialista
que pueda decirse que se elige a sus jefes por criterios
sexuales. Himmler hacía alusión
a la orientación sexual de los jerarcas SA,
quienes colocaban a sus amantes como ayudantes de
campo y puestos similares. Viendo que Röhm aguantaba
el envite sin decir nada, insistió contándole
toda clase de rumores acerca de una red de obtención
de amantes que se extendía por toda Alemania,
recordándole que el interés del Estado
estaba por encima de todo eso. Entonces Röhm
rompió a llorar y le prometió enmendar
esos errores. Pero, al día siguiente, Himmler
fue informado de que en el Cuartel General de Röhm,
y estando este presente, se había celebrado
esa noche una de las orgías más grandes
hasta la fecha, arrojándose botellas de champagne
a la calle desde las ventanas. No se sabe si Himmler
quiso advertir a Röhm de la imagen negativa de
estos escándalos por camaradería o por
cumplir un encargo de Hitler, pero lo que sí
está claro es que Röhm había echado
a perder una nueva oportunidad para congraciarse.
El
Día del Trabajador se celebró con gran
fasto, dentro de la estrategia habitual de convencer
y demostrar que convencía, especialmente si
se dirigía a un obrero cuya comunión
con el nuevo régimen no iba más allá
de la posibilidad de encontrar un trabajo, y no de
lograr un improbable aumento o la recepción
de mensajes acerca de un movimiento nacional en el
cual debía implicarse. Pero, en Turingia, las
SA no participaron del festejo. Sauckel, el Gauleiter
del land había arrestado a un SA borracho
que armaba escándalo en las calles de Jena.
Ante la negativa de liberarle, Röhm quiso que
un tribunal de honor de las SA juzgara a Sauckel,
pues este también era un camisa parda.
Pero este ni tan siquiera se molestó en presentarse.
Un
detalle mucho mayor de cuanto se avecinaba se dio
también ese día. En los cuarteles de
toda Alemania, los soldados y oficiales de la Reichswehr
estrenaban en sus gorras y uniformes los símbolos
del Tercer Reich y el partido: la cruz gamada
y el águila.
Las
críticas al régimen causaron tal preocupación
que Goebbels se decidió a pronunciar un discurso
al respecto en el Sportpalast de Berlín el
día 4 de mayo: Los delegados de propaganda
del partido han decidido desencadenar una campaña
enérgica contra los profesionales de la crítica
y los propagadores de falsas noticias, contra los
provocadores y los saboteadores. Al parecer no han
perdido aún toda esperanza de destruir la obra
del nacionalsocialismo. (...) Desde los primeros días
del presente mes hasta el 30 de junio se celebrarán
reuniones, demostraciones y manifestaciones en este
sentido. Servirán para poner al pueblo alemán
en guardia contra esa denigración, verdadera
plaga del país. Es preciso que semejante plaga
desaparezca para siempre. Emplearemos métodos
ya experimentados para hacerla desaparecer.
Ese
mismo día Otto Betz se instalaba en unas habitaciones
que Heydrich había dispuesto para él,
muy cerca de la sede de la GESTAPO. A la mañana
siguiente se presentó en la Vicecancillería
para que Jung le reconociese y le introdujera ingenuamente
en el círculo de Papen. Para ganarse su confianza,
les advirtió de que las comunicaciones telefónicas
estaba siendo intervenidas por las SA.
Betz no tardaría mucho en redactar informes
para Heydrich que llegaban a manos de Hitler. Según
estos informes, algunos sectores conservadores mantenían
contactos con el Príncipe Wilhelm de Prusia,
diputado por el NSDAP y Teniente General SA, a quien
veían como candidato para la sucesión
de Hindenburg. En otro informe se aseguraba que el
día 11 de mayo Papen había redactado
o, al menos, influenciado en la redacción del
testamento político del Presidente, en el cual
se transmitía su deseo de restaurar la monarquía.
También se recogían listas de miembros
del hipotético futuro gobierno, listas que
se pasaban de mano en mano en cualquier café
berlinés. El historiador británico Wheeler-Bennett,
que entonces residía en la capital alemana,
recordaría cómo en un café uno
de los contertulios sacó de pronto una de aquellas
listas y la leyó en voz alta pese a que todo
el mundo sabía que los camareros estaban comprados
por la GESTAPO. Según estas listas, Schleicher
sustituiría a Papen con el apoyo de Röhm,
siendo Vicecanciller el primero y Ministro de Defensa
el segundo. Gregor Strasser sería Ministro
de Economía, Heinrich Brüning de Exteriores.
Hitler seguiría como Canciller, pero las SA
absorverían al Ejército.
Todos estos informes, incluyendo las listas, llegaban
en su mayoría manipulados a Hitler.
Los
oficiales superiores de la Reichswehr se reunieron
en Bad Nauheim el día 16 de mayo. La cuestión
principal era, precisamente, la sucesión de
Hindenburg. En el ambiente flotaron nombres como los
del Príncipe o el de Ritter von Epp. Blomberg
y Reichneau se inclinaron por Hitler. Reichneau alegó
que Hitler había prometido librarles de las
SA a cambio de la presidencia, extremo que confirmó
Blomberg mencionando el Pacto del Deutschland.
La discusión cesó. Si Hitler les libraba
de las SA, el Ejército le apoyaría en
la sucesión.
El día 25 Fritsch ordenó publicar una
nueva versión del breviario del Ejército
Los deberes del soldado, una especie de código
del honor que debían jurar los reclutas. En
esta nueva versión, en lugar de la obligación
del Ejército de servir al Estado, se decía
que el servicio militar es un servicio de honor
al pueblo alemán, más acorde con
el ideario del nacionalsocialismo.
Tanto
Schleicher como Brüning fueron advertidos por
sus amistades de que corrían un grave peligro.
La información procedía del círculo
de Göring, sospechándose incluso que este
había facilitado la filtración, y decía
que ambos estaban incluídos en listas donde
aparecían los candidatos a una depuración
que no debía tardar en producirse. Brüning
escapó de Alemania disfrazado, pero Schleicher
se limitó a tomarse unas vacaciones en su finca
al lado del Starnberg para alejarse de Berlín.
Si Schleicher consideraba que con apartarse de la
capital podía protegerse tras su rango y su
condición de ex Canciller, Heydrich se mostraba
infatigable en su tarea de reunir, manipular y hasta
inventar informes con los que demostrar que existía
una conspiración contra Hitler. Otro de estos
informes mostraba que, según una fuente de
confianza infiltrada en las SA, el Teniente General
SS Krüger, enlace entre las SA y la Reichswehr,
estas pretendían conseguir armas en el extranjero,
en especial ametralladoras, y que ya disponían
de depósitos de armas en Berlín, Münich
y en Silesia. Estas armas procedían de Lieja
y se camuflaban como mercancía destinada a
Arabia, siendo pagadas con dinero destinado a la Abwehr.
El
3 de junio se reunieron en Fulda los obispos del Reich.
Participaron en ella el Arzobispo de Münich,
Michael Faulhaber, y el Obispo de Berlín, Nikolaus
Bares, muy conocidos por sus críticas al régimen.
Los obispos redactaron una dura pastoral cuya primera
frase advertía ¡Guardaos de los falsos
profetas! para luego denunciar a los ateos que
con la mano en alto sostenían de manera consciente
una lucha contra la fe cristiana.
Bares se reunía con el Director General de
Obras Públicas, Erich Klausener, un antiguo
jefe de la policía prusiana despedido por Göring
durante la coordinación, que también
dirigía Acción Católica de Alemania,
el pobre remedo a las diferentes organizaciones católicas
desahuciadas por la doble presión ejercida
desde el régimen y el Vaticano para despolitizar
a la Iglesia. Klausener era amigo de Papen, quien
también atacaba al nacionalsocialismo, por
lo que Himmler analizaría junto a Göring
la posible implicación de quintacolumnistas
católicos en la conspiración para apartarles
del poder.
El
4 de junio, Hitler fue avisado de que Hindenburg marchaba
a Neudeck. El anciano Mariscal realizaba su último
viaje para morir en la tierra que le vio nacer. El
detalle de que Papen le acompañaría
para quedarse allí unos días le alarmó
sobremanera. De inmediato mandó llamar a Röhm,
lo que resultó una desagradable sorpresa para
quienes temían un cambio de rumbo. La reunión
duró cinco horas y no hubo testigos.
Röhm, tras la reunión, se limitaría
a bromear acerca del permiso de las SA, diciendo que
aprovecharía las vacaciones para tratar su
reumatismo en el balneario de Bad Wiesse. También
tranquilizó a sus jefes SA asegurándoles
que Hitler se reuniría allí con ellos
para aclarar todos los malentendidos. Tres días
más tarde, redactó un comunicado que
no haría público hasta el día
10, pero que acabaría mucho antes en manos
de Heydrich, el cual sacaría partido de la
habitual torpeza de Röhm a la hora de utilizar
un tono amenazante: Espero que el día 1
de agosto las SA, tras su descanso y llenas de un
renovado vigor, estarán dispuestas a llevar
a cabo las gloriosas misiones que adeudan al pueblo
y a la patria. Si los enemigos de las SA esperan no
volver a verlas volver, o sólo en parte, que
disfruten de sus ilusiones durante algún tiempo.
Llegado el día y en la manera que sea necesaria,
recibirán adecuada respuesta. Las SA son y
seguirán siendo el destino de Alemania.
Esa
noche del 7 de junio se reunieron Göring, Himmler
y Heydrich para analizar el comunicado y advertir
de este a Hitler y a Blomberg. Los tres tratarían
de convencer a Hitler de que debía actuar contra
las SA, recordándole la compra de armas y aportándole
más pruebas. En Berlín un agente de
paisano tiró por descuido una caja donde aparecieron
ametralladoras en piezas destinadas a Ernst. El General
Beck, jefe militar de Stettin, descubrió también
por casualidad un envío de fusiles y ametralladoras
belgas. También le recordaron los escándalos
que organizaban, los contactos de Schleicher y Bredow
con Francia. Todo apuntaba a una conspiración
en la que también participaban Strasser e incluso
Alvensleben y Papen. Los jefes SA de las diferentes
regiones también participarían: Ernst
desde Berlín, Heines desde Silesia, Hayn desde
Sajonia y Heydebreck desde Pomerania, iniciarían
el golpe. Los informes preparados por Heydrich incluso
detallaban que el Coronel SA Uhl, jefe de la guardia
personal de Röhm, era el encargado de eliminarle.
Pero Hitler no dijo nada ni tomó ninguna decisión.
Blomberg, Reichneau y Fritsch se reunieron para tratar
la posibilidad de que Hitler no respetase el Pacto
del Deutschland. Reichneau también se reuniría
con Himmler y Lutze.
Los
días 8 y 9 el Ejército estuvo en estado
de máxima alerta. Un espía polaco, Jurek
von Sosnowski, había conquistado y chantajeado
a dos mujeres, Renate von Natzmer y Benita von Falkenhayn,
para obtener secretos militares procedentes de la
sección de proyectos del entonces Coronel Heinz
Guderian. Descubierta la trama por la Abwehr
y el SD, resultó un gran escándalo que
desprestigiaba al Ejército, máxime teniendo
en cuenta que Benita von Falkenhayn estaba emparentada
con el que fuera Ministro de la Guerra antes de Hindenburg,
Erich von Falkenhayn. Se temió que las SA pudieran
aprovechar la crisis para dar un golpe de mano, pero
pasados los dos días, se retiró la alarma.
El
día 10 Röhm hizo público su comunicado
en el National-Zeitung. Si se buscaba dar una
apariencia de normalidad, nada de cuanto sucedía
podía demostrarla. En Halle ese mismo día
se inauguraba el Museo de la Revolución Nacionalsocialista.
Los Stahlhelm acudieron al evento, pero los
SA que custodiaban la entrada les prohibieron el paso.
Hubo una acalorada discusión, pero los SA se
mantuvieron firmes en virtud a la orden recibida del
jefe de policía local, el cual había
dicho que cualquier insignia que no fuera del partido
representaría un insulto al movimiento cuya
gloria evocaba aquel museo y en el que no habían
querido participar.
La protesta se extendió a Berlín al
día siguiente, pero lo peor sucedería
en Magdeburgo cuando los paramilitares conservadores
se congregaron para recibir a su jefe, el también
Ministro de Trabajo Franz Seldte. El acercamiento
de Seldte al nacionalsocialismo no había servido
para que las SA dejaran de ver a su militancia como
unos arribistas que, no habiendo participado en la
lucha, se dedicaban ahora a disfrutar de los beneficios.
Así que a Seldte fue recibido por sus Stahlhelm
y por oficiales de la Reichswehr, pero no por
miembros del partido. Su acto fue saboteado por las
SA, quienes no le permitieron pronunciar su discurso
y dispersaron a su público, atreviéndose
incluso a detenerle. Las protestas ante la policía
no sirvieron de nada al estar su jefe, también
un SA, casualmente ilocalizable. Cuando apareció
al día siguiente, se limitó a liberarle
e iniciar una investigación que no llevaría
a parte alguna. Ese día apareció un
nuevo artículo en la prensa titulado como Sturmabteilung
y desarme, que daba a entender unas buenas relaciones
entre las SA y el Ejército, dentro de la estrategia
del Gobierno de aparentar normalidad. Pero, ¿qué
normalidad podía haber si incluso las SA se
atrevían a detener a un Ministro del Reich?
El
dueño de la cervecería muniquesa Nürnberger
Bratwurstglökl am Dom recibió el encargo
de reservar un salón para que dos importantes
personajes pudieran conversar con absoluta discreción.
Pero, por mucho cuidado que se tuviera, la GESTAPO,
gracias al seguimiento que hacía a todos los
miembros importantes del partido, logró enterarse
de que allí, el día 12 de junio, Goebbels
se había reunido con Röhm. Pese a que
no se conocía el contenido de la entrevista,
su mera existencia puso en guardia a Göring y
a Himmler. Goebbels podía estar recuperando
su pasado izquierdista, más en consonancia
con el discurso de Röhm, bien por causa ideológica
o bien porque, consciente de que no disponía
ninguna fuerza policial o paramilitar para asegurar
su parcela de poder, trataba de asegurar su puesto.
Goebbels debía conocer la desconfianza del
líder de las SA hacia personajes como él
y podría estar tratando de granjearse su amistad
al verlo como caballo ganador. ¿Sabía
Goebbels algo que ellos desconociesen? ¿Era
aquella reunión secreta otra prueba de que
Hitler no iba a poner a las SA en su sitio? ¿Y
si Goebbels estaba actuando como intermediario entre
Hitler y Röhm?
Resulta
inevitable pensar que estas sospechas se agravasen
con el hecho de que, al día siguiente, Hitler
se reuniese con Strasser y que este recuperase el
honor de portar la insignia del partido con el nº
9. Según los rumores, Hitler había prometido
a Strasser el Ministerio de Economía y este
había accedido exigiendo la cabeza de Göring
y la de Goebbels.
Göring
y Himmler imaginarían que, al igual que ellos
redactaban listas de personas a las que cabía
eliminar, sus enemigos podían hacer lo mismo.
Hitler, un hombre de demostrada capacidad de decisión,
conocedor de que, en caso de actuar, lo mejor era
hacerlo cuanto antes para que los planes no se tornaran
en contra, vacilaba durante demasiado tiempo. Quizás
no dejase de tener en cuenta que Strasser era el miembro
del NSDAP mejor valorado por los conservadores, detalle
muy a tener en cuenta si se deseaba llegar a algún
tipo de acuerdo con estos. Y Goebbels era quien le
había convencido de que debía presentar
su candidatura a la Presidencia, logrando con ello,
pese a la dudosa valía de tal acción
para el partido, algo a lo que se había opuesto
Göring, un indudable logro personal para ambos.
Un logro que los había unido. ¿Cuáles
eran los planes de Hitler?
El
día 14 de junio Hitler viajó a Italia
para reunirse por primera vez con Mussolini para tratar
la cuestión de Austria y la relación
entre ambos fascismos. El viaje preocuparía
a Göring por dos cuestiones diferentes pero que,
en el clima conspiratorio y teniendo en cuenta la
gravedad de la decisión que había de
tomar el Führer, podían llegar
a mezclarse.
En primer lugar, Göring había realizado
una serie de misiones diplomáticas en Italia
que habían resultado un fracaso. Entre octubre
y noviembre de 1933 había tratado en vano de
convencer a los italianos de que Alemania no tenía
intención alguna de anexionarse a Austria.
El resultado fue que Mussolini firmara los Protocolos
Romanos con Austria y Hungría y que se
refiriera a Göring como un ex interno de manicomio
en referencia a su internamiento a causa de su drogodependencia.
Entonces Hitler había dejado en manos de Hess
la cuestión austríaca, apartando a Göring
de un tema tan importante. Para vengarse de la afrenta
italiana -la segunda, si tenemos en cuenta su fracasada
misión de obtener fondos para el partido en
1924, cuando Mussolini ni siquiera se dignó
a recibirle-, comenzó a realizar una gira por
los Balcanes, hacia los cuales se dirigía la
mirada italiana, y, como si no fuera bastante, había
hecho creer que su viaje lo iniciaría en Roma,
anunciando en el último minuto que había
cambiado de opinión, de manera que dejó
plantado al comité de bienvenida italiano,
caso que enfurecería a Mussolini.
En segundo lugar, tanto desde el círculo de
Göring como del de Papen, se consideraba que
el dictador italiano podía aconsejar a Hitler
sobre la manera de atajar la crisis que atravesaba.
De hecho se enviaron agentes a Roma para preparar
el terreno, contando allí los escándalos
protagonizados por las SA. Uno de ellos sería
el propio embajador en Roma, amigo de Göring,
Ulrich von Hassel.
Mussolini
y Hitler se reunieron a solas durante dos horas en
la villa Pisani di Stra. Pero Mussolini, quizás
molesto por la cuestión austríaca, el
enfado por culpa de Göring, o por la mala impresión
que le había causado su homólogo alemán,
comentaría los consejos que le había
dado, por lo que Heydrich pudo informar de que dichos
consejos se encaminaban hacia restablecer el orden
en el partido, especialmente en las SA. Mussolini
se había puesto a él mismo como ejemplo
cuando, en 1924, había logrado contener a sus
antiguos escuadristas.
Nada
más regresar de Italia, Hitler se tuvo que
enfrentar a las realidades de su gobierno. El juicio
por el asesinato de Horst Wessel no parecía
haber recibido la suficiente atención por parte
de la prensa, pese a que el honor de las SA, y con
ellas el del régimen, quedaban en entredicho
al haber afirmado la oposición en el exilio
que Wessel había sido asesinado en una pelea
de rufianes, y no en un combate contra el comunismo.
Por otro lado, fue informado de que François-Poncet
había marchado a su país el día
15. Hitler no dejaría de pensar en que resultaba
una fecha muy temprana para irse de vacaciones, y
que quizás fuese cierto el rumor de una conspiración
entre Schleicher, las SA y Francia. La ausencia del
embajador podría significar el inicio de una
acción. Y Heydrich le advertía de que
Papen se disponía a pronunciar un discurso
en Marburg para criticar al régimen.
Papen
escribiría que preparé mi discurso,
esbozado en sus líneas generales por Ernst
Jung, con un particular cuidado. Pensé que
era la mejor manera de que llegara a toda la nación.
Según sus recuerdos, llegué a la
conclusión de que había que hacer un
balance de la situación. Mis discusiones durante
los encuentros del gabinete, mis argumentos, mis insistentes
recomendaciones a Hitler, se había revelado
como algo completamente inútil. Resolví,
pues, hacer un llamamiento público a la conciencia
de Hitler.
Sin
embargo, Günther Tschirschky-Bögendorf,
su secretario, lo recordaría todo de otra manera.
Según Tschirschky, Papen leyó por primera
vez el discurso en el tren, cuando se dirigían
a Marburg. Su reacción al leerlo fue de miedo,
comenzando a tachar cuanto no le agradaba. Entonces
Tschirschky le advirtió de que debía
leer el discurso íntegro, pues habían
mandado una copia a la prensa extranjera y, de leer
una versión diferente, habría una gran
escándalo. En cierta manera, diría
Tschirschky, le obligamos a pronunciar el discurso.
Ese discurso lo había redactado Jung durante
meses, reuniéndose con Tschirschky en varias
ocasiones para precisarlo y convenir el momento más
adecuado para pronunciarlo. Según Tschirschky,
si el señor Papen hubiera compartido nuestro
punto de vista, el discurso se habría pronunciado
antes.
Así
que Papen pronunció su discurso en la Universidad
de Marburg: Se dice que he jugado un papel primordial
en la supresión del régimen prusiano
de Weimar y en la gestación del actual movimiento
nacional, lo que me confiere la obligación
de observar más de cerca este fenómeno
que la mayoría de los alemanes. Me siento,
además, tan unido al esfuerzo titánico
para lograr la total remoción de Alemania que
me consideraría reo del delito de lesa patria,
tanto desde el punto de vista puramente humano como
político, si en este período decisivo
de la Revolución alemana callara lo que necesariamente
tiene que manifestarse.
(...) La prensa tiene la misión de coadyuvar
a la tarea del Gobierno señalando posibles
errores y denunciar a todo personaje que no se halle
en el lugar que le corresponde o que abuse de su cargo.
Cualquier servicio informativo, por secreto que sea,
no debe impedir que la prensa cumpla con su misión
primordial. Con el concurso del movimiento nacionalsocialista
hemos de crear un sistema perfecto que reemplace al
actualmente anquilosado, pero de ningún modo
deseamos instaurar una dictadura.
(...) El Estado alemán llegará al cénit
de esplendor cuando ocupe la suprema magistratura
alguien que destierre para siempre las luchas políticas
de la demagogia y las rivalidades engendradas por
intereses económicos.
(...) La grandeza de los hombres no debe hacerla la
propaganda, sino que es la Historia la que debe juzgar
su valía basándose en su actuación.
El logro de mejoras o de la unidad popular mediante
el terror es inadmisible; sojuzgar a la intelectualidad
significa la mutación de la vitalidad en barbarie
y el erróneo empleo de la fuerza es siempre
peligroso para cualquier comunidad. Ninguna de estas
puede soportar eternamente la opresión, como
tantas veces lo ha demostrado el decurso de la Historia.
Una dinámica sin fin nada puede moldear; Alemania
no puede ser comparada a un tren en marcha hacia lo
infinito, que nadie sabe cuándo se detendrá
(...) Si hacemos traición a nuestras tradiciones,
si ignoramos la lección de nuestra larga historia
y olvidamos las obligaciones resultantes de nuestra
posición europea, habremos perdido la más
hermosa y magnífica ocasión que nos
ofrece el presente siglo. En un universo en evolución,
aceptamos responsabilidades que nos impone nuestra
conciencia.
Papen había acusado al régimen de dictatorial,
de restringir la libertad de prensa y cultural y hasta
religiosa, considerando la idoneidad de una restauración
de la Monarquía. Según recordaría,
la salva de aplausos que subrayó mi discurso,
ahogando por completo las furiosas protestas de algunos
nazis, parecía expresar el alma del pueblo
alemán y que experimentaba un inmenso alivio.
Por fin había descargado mi conciencia.
De
inmediato Goebbels prohibió la publicación
del discurso, si bien algunos trozos llegaron a salir
en el Frankfurter Zeitung. Poco importó
que se tratase de un discurso del Vicecanciller. El
intento de su publicación conllevaría
el secuestro de la tirada.
Pero Jung no se quedó a la zaga, haciendo que
el Germania realizara copias para los diplomáticos
y corresponsales extranjeros. También se enviaron
copias a muchas personalidades de toda Alemania, pero
casi todas fueron interceptadas por la GESTAPO.
Hitler
se dirigió a toda velocidad a Gera para hacer
una réplica. Allí se organizó
un desfile de unos 20.000 hombres de varias organizaciones
nacionalsocialistas que desfilaron durante cuatro
horas. Arropado por semejante demostración
de fuerza, pronunció un discurso particularmente
agresivo. Todos esos enanos, dijo, que se
imaginan que tienen algo que objetar a nuestro ideal
será barridos por la fuerza y el poder de este
gran ideal común. Porque todos esos enanos,
sean cuales fueren las críticas que creen poder
hacer, olvidan una cosa: ¿dónde encontrarán
algo mejor para reemplazar a lo que ya existe?.
Tras dejar bien claro que nada se podía hacer
en Alemania sin él, concluiría: ¡Qué
ridículo es ese pequeño gusano! ¿Qué
ocurriría si esos pequeños protestatarios
alcanzaran sus objetivos? ¡Alemania se desintegraría!
El puño de la nación aplastará
a quien se atreva a efectuar la menor tentativa de
sabotaje.
Al
día siguiente, 18 de junio, Göring entregaba
a Hitler un informe de Daluege que recogía
todas las sospechas sobre las SA. Las pruebas resultaban
endebles, pero el registro de las conversaciones telefónicas
y cartas entre los jefes SA, donde se burlaban de
Hitler y otros miembros del Gobierno, no debieron
agradarle. Peor, Ernst y Heines se dedicaban a recordar
su papel en el incendio del Reichstag como si dicho
papel les otorgara mayores derechos de los ya adquiridos.
La
posterior entrega de Ribbentrop de su informe tras
conversar en París co el Presidente del Consejo
francés, no podía más que avivar
el fuego encendido. Ribbentrop señalaba que
había confirmado su impresión de
que los medios gubernamentales franceses estaban firmemente
convencidos de las dificultades económicas
y de política interior de Alemania, y que,
por el momento, deseaban esperar a que la situación
evolucionase. La actitud negativa y rígida
del Gobierno francés hacia nosotros está
fundamentada en la opinión de son inminentes
en Alemania dificultades internas.
La
presión y desesperación de los interesados
en eliminar a Röhm y sus SA se mostraría
más patética un día más
tarde, durante el traslado del cuerpo inerte de Karin,
la mujer de Göring. La ceremonia fue concebida
para agradar a Hitler, con innumerables referencias
a los ritos paganos germánicos, y, precisamente,
Röhm sería el único no invitado.
Cuando iban a bajar el féretro en la cripta,
Himmler apareció excitado y habló con
Göring y Hitler. Tras reanudar la ceremonia,
explicó que durante el trayecto alguien había
disparado contra su vehículo. Por supuesto,
exigía represalias, de manera que se ejecutasen
a 40 comunistas, pues estaba seguro de que habían
sido los comunistas infiltrados en las SA los que
habían atentado contra su vida. Karl Bodenschatz,
ayudante de campo de Göring, examinó el
parabrisas roto y dictaminó que una bala no
podía haber causado tan pocos daños,
siendo lo más probable una piedra de la carretera.
Pero Bodenschatz no comentó su impresión
a sabiendas de que aquello no era más que otro
truco para convencer a Hitler.
Si
alguien pensaba que Papen había perdido su
miedo tras pronunciar su discurso de Marburg, estaba
muy equivocado. El 20 de junio, tres días después
de haber despertado el clamor de su público,
Papen solicitaba una audiencia con Hitler, quien se
tomó la molestia de hacerle esperar dos horas.
El Vicecanciller protestó por la censura impuesta
por Goebbels y, según recordaría, expliqué
a Hitler que consideré mi deber tomar una posición
concreta, puesto que la situación se había
hecho crítica. Habia llegado el momento de
tomar posición, le dije. Hitler supo ver
el verdadero significado de las palabras de Papen
-debió darse cuenta de que yo seguía
ateniéndome a nuestro acuerdo y por ello le
suplicaba que reflexionara sobre los problemas que
le planteaba-, quien le invitaba a normalizar
el régimen, y lo hacía desde una postura
de inferioridad, casi disculpándose por haberse
atrevido a pronunciar aquel discurso, dándole
a entender que debía ser él, el único
capaz de mediar y resolver las pugnas entre las diferentes
facciones, quien debía hacer algo. Por ello,
cuando Papen amenazó con la dimisión,
dada su indiganción por la censura practicada,
y que sería conjunta con la del Ministro de
Asuntos Exteriores, Konstantin von Neurath, y la del
Ministro de Finanzas, Lutz Schwerin von Krosigk; la
cual debía comunicar a Hindenburg, Hitler no
perdió ocasión para decirle que le acompañaría
para tratar de arreglar el error que había
cometido Goebbels.
Papen siempre había tratado de impedir que
Hitler se viese a solas con Hindenburg, y sus colaboradores
le habían advertido de que, si Hitler le acompañaba,
se perdería el sentido del discurso. Pero Papen
aceptó dada la insistencia del Canciller y
tras obtener la promesa de permitir la publicación
del discurso y de escuchar su diatriba contra la
isubordinación general de las SA. Complicaban
cada vez más su tarea e iba a verse obligado
a volverles al camino de la razón, costara
lo que costara.
Sin
embargo, pese a la promesa de Hitler, al día
siguiente, Goebbels daba un duro discurso en el estadio
de Neuköln. Allí dijo que se ha formado
un pequeño círculo de críticos
en la penumbra del Café del Comercio para sabotear
nuestro trabajo. ¡Son unos ridículos
pilluelos! Esos circulillos que discuten gravemente
de política, apoltronados en cómodos
sillones, no tienen el monopolio de la inteligencia.
Representan a la Reaktion. La historia no recordará
sus nombres, sino los nuestros. Goebbels daba fin
a su discurso con un violento ¡Nada de Kroprinz!
¡Nada de consejeros! ¡Nada de banqueros!
¡Nada de caciques parlamentarios!.
Al igual que Göring, Papen dudaba sobre si Goebbels
se había pasado al bando de Röhm, y si
actuaba o no de acuerdo con Hitler. Debía presionarle
más para asegurarse de que no habría
segunda revolución. Pero, ese mismo día,
Hitler le daba otra lección a Papen sobre cómo
no dejarse atar y acudió él sólo
a ver a Hindenburg con el pretexto de informar al
Presidente del resultado de su viaje a Italia. Sin
embargo, la jugada no le salió del todo bien,
pues Blomberg se hallaba de inspección en Prusia
Oriental y, al enterarse de que Hitler estaba en Neudeck,
decidió ir allí también con la
excusa de presentar sus respetos al Mariscal.
Blomberg
y Hitler pasaron juntos todo el día y el primero
le recordaría al segundo el Pacto del Deutschland,
dados los problemas y la cercanía de la muerte
de Hindenburg. El Ejército deseaba que pusiera
orden en las SA y tener asegurada una base de reclutamiento
estable que una milicia popular podía hacer
peligrar. Por otro lado, la tensión entre las
diferentes facciones no sólo presionaba al
Ejército, si no que facilitaba una hipotética
invasión polaca o francesa. Blomberg aseguró
a Hitler que si respetaba el pacto, el Ejército
le prestaría juramento de fidelidad.
Una vez frente a Hindenburg, Hitler comenzó
a hablarle de su viaje a Italia. Pero el Presidente
le interrumpió con dos preguntas candentes
y una advertencia: ¿Röhm? ¿La
segunda revolución? El país necesita
orden. El Ejército precisa calma para preparar
la defensa del Reich. Con esto terminó
la reunión y Hitler se tuvo que marchar con
la sensación de que aún era vulnerable.
Mientras
Hitler se hallaba en Neudeck, Goebbels convocaba a
una serie de personajes de la élite alemana,
tal y como era habitual en los miembros del partido
en tal de acercarse e intercambiar ideas con aquellas
personas decisivas en la nación. Entre ellas
estaba Papen, pese a todo lo ocurrido, haciendo gala
de su flexibilidad política. Goebbels solicitó
la atención de todos para que escucharan al
Presidente del Reichbank, Hjalmar Schacht,
quien deseaba exponer su programa económico
para Alemania. Schacht deseaba establecer una moratoria
que provocaría una transferencia de los intereses
a los acreedores extranjeros, lo cual les incitaría
a adquirir productos alemanes. Gracias a este incremento
en las exportaciones, Alemania podría comprar
materias primas necesarias para el rearme. Schacht,
como no podía ser de otra manera, estaba apoyado
por la Reichswehr y los industriales del Ruhr.
Estos estaban en contra de Schmitt, partidario de
desarrollar el consumo interno. Y a Schmitt le apoyaba
Röhm.
El
22 de junio el Gauleiter de Colonia, Josef
Grohé, sufrió un desagradable revés
cuando pronunció un discurso en la Universidad
de Bonn. Grohé comenzó su discurso exculpando
a la Hitlerjugend de su violencia hacia las
organizaciones de estudiantes. Si la Hitlerjugend
ha sido alguna vez torpe en sus métodos, dijo
lo explica el propio espíritu de la juventud.
Los responsables de la Hitlerjugend tienen por tarea
encauzar este espíritu revolucionario de la
juventud en los límites necesarios. En
ese momento los representantes de las organizaciones
de estudiantes se levantaron y abandonaron la sala
para plasmar su protesta.
Himmler
y Heydrich se reunieron con su Estado Mayor nada más
ser advertidos del incidente. Aquello era otra muestra
del descontento con el régimen y cabía
tomar las primeras decisiones, más allá
de las listas. El General SS Karl von Eberstein recibió
la orden de poner en estado de alerta a su tropa.
Reichneau se comprometió a advertir a sus superiores
del Ejército de una acción inmediata
y se trató de advertir a Hitler, pero este
estaba en el Berchtesgaden. Daba la sensación
de que, de esta manera, deseara apartarse de cuanto
se tramaba a su alrededor.
Parecía
necesario, pues, caldear más los ánimos.
Para ello se aprovechó el descubrimiento del
atroz asesinato de un administrador de finca de Schwerin
llamado Elsholtz, quien también era tesorero
general del partido. El crímen se atribuyó
a un tal Meissner y por motivos de rivalidad entre
campesinos. Pero Meissner estaba relacionado con los
círculos católicos, por lo que Heydrich
pudo propagar el rumor de que aquello había
sido un crímen político, procediendo
a arrestar a once personas, nueve de las cuales pertenecían
a la organización católica Deutsch
Jugenkraft. Al día siguiente el Westdeutscher
Beobachter publicaba un artículo escandaloso
según el cual los señores católicos
conservadores incitan al asesinato de los buenos alemanes.
La consecuente protesta no pudo superar la barrera
de la censura impuesta por Goebbels y el funeral de
Elshotz se celebró con la fastuosidad que correspondía
al nuevo mártir de la causa nacionalsocialista.
El
día 23, en plena festividad por el solsticio
del verano, se multiplicaron los discursos de los
líderes nazis. Ley habló en Oberhausen
a los obreros del Ruhr, a quienes aseguró que
el nacionalsocialismo cuidará de que todos
participen en los sacrificios necesarios, y no tolerará
que algunas hienas del campo de batalla extraigan
beneficios, y que nadie crea que podrá
seguir viviendo como antes. Quien espere poder refugiarse
en una isla de gente feliz comete un inmenso error.
Goebbels
también estaría en el Ruhr, primero
en Duisburg y luego en Essen. Allí usaría
una receta similar: Será preciso mantener
un nivel bajo de salarios porque hemos tenido que
dar trabajo a millones de parados, y nuestro movimiento
se ha convertido en nuestra segunda patria, puesto
que hemos luchado para engrandecerlo. Velaremos por
este movimiento como si fuera la pupila de nuestros
ojos.
Mientras
tanto, Blomberg hacía llegar a la Cancillería
un memorándum del especialista del Ejército
en temas económicos, el General Georg Thomas,
en el que se exigía un dictador económico
que garantizase el rearme: Hjalmar Schacht.
Por
la noche, el General Friedich Fromm reunía
a los oficiales para advertirles que, según
sus informaciones, Röhm tenía proyectado
un golpe de estado, por lo que debían estar
preparados. La alarma saltó tras un incidente
entre una asociación de ex combatientes y las
SA en Quentzin. Un ex combatiente llamado Kummerow
se negó a obedecer la orden de formar en un
desfile ante el cual el Teniente SA Moltzhan iba a
dar un discurso. En la pelea, Kummerow atacó
a Moltzhan con un puñal. A lo largo del día,
las SA habían aprovechado el incidente para
victimizarse y lanzar críticas contra los moderados
que rodeaban al Führer. Al día
siguiente, lejos de calmarse los ánimos, Fritsch
convocó una nueva reunión, añadiendo
que el golpe de estado se daría en breve, antes
de que las SA iniciasen su permiso de vacaciones el
día 1 de julio. Los oficiales recibieron la
orden de concentrar a la tropa con la mayor discrección
posible y de mantener el estado de alerta.
En
Berlín, en la sede de la GESTAPO, Himmler tenía
una reunión similar con sus jefes SS. Cada
formación recibió un sobre lacrado con
una lista de implicados en el golpe y la indicación
de hacer caso omiso al pasado o rango que esas personas
ostentaran.
Ajeno
a todo esto, Schleicher decidió regresar a
Berlín, pese a las advertencias que le hacían
sus amigos de que corría grave peligro. La
radio y la prensa informaban de que Hitler se hallaba
descansando en Berchtesgaden y, pese a que se notaba
una mayor vigilancia policial, todo parecía
en calma. Schleicher no sería el único
que pensó que no podía suceder nada
en ausencia del Führer.
El
obispo Bares celebraba una misa ante 50.000 personas
concentradss en un parque. Durante la misa, Klausener
pronunció un discurso moderado, elogiando incluso
algunos aspectos del régimen, pero que no dejaba
de exigir el derecho de los católicos a celebrar
con dignidad su culto religioso.
En
el Ruhr proseguían los discursos y ahora, junto
a Ley y Goebbels, aparecía también Hess.
Los tres estuvieron en la feria de Essen y realizaron
llamamientos a la disciplina. La intervención
de Goebbels fue, con diferencia, la más vitoreada
por las SA, al atacar a los enemigos del régimen:
Se manifiestan bajo múltiples máscaras.
Aparecen como oficiales de reserva, como intelectuales
o como periodistas e incluso como sacerdotes. Siempre
es, en definitiva, idéntica camarilla. No han
aprendido nada. Harían hoy lo que hicieron
ayer. Tal y como recordaría un SA, Karl
Kuhder, encontrarían en ese discurso a su
Reich, y pese a que Goebbels había incluído
nuestra revolución se ha desarrollado bajo
el signo de la disciplina y la lealtad, estallaron
de alegría cuando dijo que estaba convencido
de que tenemos el poder de hacer cuanto juzguemos
útil. Nuestro poder es ilimitado. Esa última
frase sería coreada por los SA.
Tras
su exitoso discurso, que volvía a aparentar
que estaba del lado equivocado, Goebbels se dirigió
a Hamburgo para asistir al famoso derby hípico
de la ciudad. Probablemente no sabía que Papen
se encaminaba al mismo lugar. Nada más entrar
en las tribunas, Papen fue aclamado con gritos de
Heil, Marburg! que molestaron a los jefes SA
presentes, los cuales abandonaron las tribunas como
señal de protesta. Tras la primera carrera,
apareció Goebbels y fue informado de lo sucedido.
Optó por negarse a sentarse en la tribuna al
lado de Papen y se quedó donde estaban los
trabajadores. Papen hizo buen uso de su olfato político
y se decidió a bajar también para comprobar
a quién aplaudían más. Y los
obreros ofrecieron a Papen un recibimiento mucho más
caluroso que a Goebbels, quien decidió no asistir
al banquete oficial.
De
regreso a Berlín, informó de lo sucedido.
Hitler pudo comprobar que, pese a que las fiestas
del solsticio de verano, inundadas de simbología
pagana, habían sido bien recibidas, personajes
como Papen o Klausener no perdían su apoyo
popular.
Mientras,
Röhm tranquilizaba a sus jefes SA en Bad Wiesse,
en la pensión Hanselbauer, junto al lago. Les
tranquilizaba reiterándoles su confianza en
Hitler. Estaba seguro, les decía, que en llegar
allí y escucharles, les entendería y
cedería. No obstante, para el consumo interno,
no dejaba de pronunciar amenazas veladas, situándolas
siempre en el terreno de los imposibles.
El
día 25 de junio, Papen acudió a la boda
de su sobrina en Westfalia. Poco pudo disfrutar de
la ceremonia, pues constantemente le arribaban mensajes
que le advertían de las reacciones de los líderes
nazis. Göring, en Nüremberg, amenazaba con
que se preparaban grandes acontecimientos y que no
necesitamos la fría razón, sino el ardor.
Hess se había desplazado a propósito
a Colonia para radiar un discurso no menos amenazante:
Una sóla persona está por encima
de toda crítica: el Führer. Todos saben
que ha tenido y tendrá siempre la razón.
La raíz misma de nuestro nacionalsocialismo
está en la ciega fidelidad, en el abandono
total al Führer, sin preguntar nunca el por qué
de las cosas, ejecutando sin reservas todas sus órdenes.
El Führer obedece a su vez a un llamamiento,
a una más alta vocación. Tiene como
labor forjar los destinos de Alemania. Semejante
declaración tenía un propósito:
¡Pobre de aquel que calzado con pesadas botas
quiera deslizarse con torpeza en la sutil trama de
los planes estratégicos del Führer, imaginando
así que alcanzará con mayor rapidez
su objetivo. Es un enemigo de la Revolución,
y finalizaba con una advertencia más clara
si cabe: Sólo son válidas las órdenes
del Führer, a quien hemos jurado fidelidad. ¡Desgraciado
aquel que sea infiel! ¡Desgraciado el que crea
que puede servir a la revolución con una revuelta!.
Papen sabía que estaba a punto de suceder algo
importante. Algo que podía alcanzarle.
El
Ejército seguía en estado de alerta
y se cursó una orden a los oficiales para que
tuvieran un arma siempre a mano. Muchos oficiales
rechazaron esta orden, seguros como estaban de que
todo aquello no era más que una trampa de las
SS para lanzarles contra las SA.
En Silesia, el General Ewald von Kleist, se puso en
contacto con el General SA Edmund Heines para aclarar
el asunto. Cuando Kleist le advirtió de que
tenía información acerca de la intención
de las SA de asaltar los cuarteles, Heines replicó
que, según sus informaciones, era el Ejército
quien planeaba atacarles a ellos. ¿Por qué
si no, estaría el Ejército en estado
de alerta? Por la noche, Heines llamó por teléfono
a Kleist para terminar de tranquilizarle. Los SA se
tomaban un permiso de vacaciones y él mismo
había sido requerido en Bad Wiesse a una reunión
de mandos. Resultaba imposible pensar en una acción
de las SA si sus mandos eran congregados y debían
abandonar a su tropa.
Kleist
decidió ir a Berlín para contar lo sucedido
a Fritsch, pues estaba seguro de que el Ejército
estaba siendo víctima de un engaño de
las SS. Fritsch hizo llamar a Reichneau para que Kleist
repitiera ante él su informe. Reichneau escuchó
y les contestó: De todas formas ahora ya
es tarde para tomar contramedidas. Algo importante
se prepara. Cuando Heines ha dado su palabra de honor
es que en realidad lo ignora. Tal vez no sepa nada.
Poco podemos hacer y de ningún modo podemos
fiarnos de Röhm. Contamos con tan sólo
100.000 hombres, y las SA disponen de cuatro millones.
Al
día siguiente, el General SS Sepp Dietrich
entregaba a Blomberg un documento supuestamente obtenido
de un oficial de las SA indignado con el plan de estas.
Según este plan, las SA planeaban ejecutar
a todos los oficiales superiores del Ejército,
y los primeros de la lista eran Beck y, precisamente,
Fritsch. Pero la verdadera lista estaba ya en manos
de Reichneau y había sido aprobada por Blomberg.
Ese
mismo día, 26 de junio, el Capitán de
corbeta Conrad Patzig, que dirigía la Abwerh,
encontró sobre su mesa una copia de una orden
de Röhm a sus Generales para que se armaran,
pues ya había sonado la hora. Nadie
supo cómo había llegado hasta allí.
Patzig informó a sus superiores y Reichneau
fue a verle para examinar el documento. La copa
ya rebosa, dijo, voy a ver al Führer.
Al poco Reichneau recibiría otro informe de
la Abwehr según el cual las SA realizaban
prácticas de tiro con ametralladoras. Estas
prácticas se estaban realizando frente al domicilio
de un diplomático francés que había
oído los disparos y, probablemente, había
informado a París.
En
Hamburgo, ante los industriales navieros, Göring
pronunciaba un discurso donde la moderación
y la recomendación de unirse en torno a Hitler
eran las notas predominantes: A cuantos quieren
orden en el país, a los que añoran en
ocasiones la grandeza y la disciplina de la época
imperial, les afirmamos que Adolf Hitler es el único
hombre capaz de devolver su fuerza a Alemania, el
único capaz de hacer respetar a los antiguos
soldados de los Hohenzollern. Quienes vivimos los
días presentes tenemos que alegrarnos de tener
a nuestro lado a Adolf Hitler. El discurso estaba
diseñado para agradar a los sectores conservadores
a los que Göring se sentía vinculado y
gustaba contentar. En el partido se comentaba que
Göring se preocupaba más de su futuro
personal que el del movimiento, y su ambición
molestaba a Reichneau, quien temía que llegara
a ser Ministro del Ejército o, incluso, Canciller.
Probablemente, la relación de Reichneau con
las SS de Himmler no fuera más que una manera
de limitar dichas ambiciones. De hecho, Hitler había
prometido a Göring que, cuando muriese Hindenburg,
él le sucedería en la Presidencia y
Göring sería Canciller.
Papen,
que aún se encontraba en Westfalia, fue advertido
por Tschirschky de que Jung había sido detenido.
Su ama de llaves encontró la casa totalmente
revuelta. En una de las paredes del cuarto de baño,
encontró la siguiente palabra escrita con lápiz:
GESTAPO. A Papen ya no le quedaban dudas de que Himmler
había desencadenado la esperada ofensiva y
decidió regresar a Berlín, tanto como
para saber de Jung como para sentirse más seguro
en el ambiente oficial.
Una
vez en la capital, trató de hablar con Hitler,
pero le comunicaron que acababa de regresar de Münich
y descansaba. Göring estaba en Colonia para pronunciar
un discurso y finalmente pudo entrevistarse con Himmler.
Este le explicó que Jung había sido
detenido bajo la acusación de haber tenido
contactos ilegales con potencias extranjeras, sin
poder darle más datos de la investigación
en curso. Pese a que Himmler le prometió su
rápida liberación, Papen se percataba
que no era el momento más oportuno para ejercer
presiones, así que optó por retirarse
a su domicilio y esperar.
Tras
dejar a Papen, Himmler se reunió con los jefes
del SD para revisar los planes de cada uno, mientras
Sepp Dietrich solicitaba armas al Ejército
para su Leibstandarte SS Adolf Hitler. Dietrich
diría que las armas eran necesarias para cumplir
una misión muy importante que le había
sido confiada por el Führer. Este, tras su
descanso, ofrecía un té de honor a diversos
personajes del régimen y diplomáticos
extranjeros. Según un rumor que se propagaría
de inmediato por Berlín, Hitler le habría
dicho a uno de los jerarcas nazis que cada grupo
cree capaz al otro de atacar primero. Este rumor
inquietaría a Himmler, que no podía
dilucidar cuál sería su decisión
final.
Göring,
en Colonia, pronunciaba su discurso: nadie tiene
derecho, en el extranjero o en Alemania, a pensar
que aquí ocurre algo a causa de un régimen
de sangriento terror. (...) Quien lo desee, puede
permanecer tendido en su sofá. Y, a ese, verdaderamente,
no se le hará nada.
El
día 28 fue el 15º aniversario de la firma
del Tratado de Versalles. En todos los cuarteles del
Ejército se izaron las banderas a media asta
y se leyó el siguiente texto: Hace quince
años el glorioso Ejército alemán,
vuestros camaradas, fueron traicionados, apuñalados
por la espalda, y jamás volverá a suceder
una cosa así. Un día antes se había
reunido Hitler con Blomberg para reiterar la buena
sintonía entre ambos. Y el resultado no había
sido sólo aquel texto, pues también
se expulsaba a Röhm del Offizierskorps y de todas
las asociaciones de ex combatientes.
En
Essen se celebraba la boda del Gauleiter Josef
Terboven e Ilsa Stahl, antigua secretaria y amante
de Goebbels. A la boda acudieron numerosos personajes
del régimen, como el propio Hitler, Göring,
o Ernst, quien estaba a punto de partir para su propia
luna de miel. Junto al General SA el príncipe
August Wilhelm, de quien era amigo, escuchaba el discurso
del alcalde al lado de los oficiales SS con total
normalidad. En el banquete, el Teniente General SS
Zech diría: Me complace celebrar aquí
la vieja camaradería, la buena y antigua camaradería,
entre las SS y las SA, y la camaradería de
combate que une a los SS y a los SA con los trabajadores
manuales e intelectuales. Pese a las palabras
vertidas en aquella boda, la presencia de Ernst y
su trágico final le supondría el sobrenombre
de la boda sangrienta de Essen.
Mientras,
el General Beck recordaba a sus oficiales la exigencia
de disponer siempre de un arma a mano. La tropa que
regresaba de permiso quedaba acuartelada y no se concedían
más permisos. Cada Estado Mayor de cada región
militar recibió las siguientes instrucciones:
1º Advertir a un oficial de cada cuartel sobre
la amenaza del golpe de estado de las SA.
2º Comprobar las consignas de alarma.
3º Comprobar el dispositivo de guardia de los
cuarteles.
4º Comprobar la vigilancia de los depósitos
de armas.
5º No llamar la atención con todas estas
medidas.
Más de un oficial se extrañó
ante la última medida, pues daba a pensar que
se pretendía pillar a las SA con las manos
en la masa.
Por
la tarde Hitler visitó la fábrica Krupp.
Allí su director, Gustav Krupp, le mostró
una placa conmemorativa: En memoria de los camaradas
de la empresa caídos el 31 de marzo de 1923,
en este mismo lugar, bajo las balas francesas.
Después mantuvieron una reunión en la
que Krupp se quejó de que los trabajadores
tenían que abandonar con frecuencia sus puestos
de trabajo para efectuar marchas y ejercicios militares,
ralentizándose la producción. Hitler
le dio la razón y alegó que aquello
cesaría muy pronto. Las SA no debían
entorpecer la marcha de la economía.
De
regreso al hotel Kaiserhof, Hitler examinó
los últimos informes de Himmler, donde se precisaba
qué armas tenía cada unidad de las SA.
Entonces Hitler se reunió con Göring y
Lutze. Himmler llamó por teléfono durante
la reunión para advertir de que estaba seguro
de que las SA atacarían a la Reichswehr.
El SD de Renania informó de que las SA habían
molestado a un diplomático extranjero en el
Ruhr, pero no podían precisar nada. Los informes
seguían siendo endebles, pero Hitler acabó
por explotar y exclamó que las SA eran un peligro
para la seguridad de Alemania. Hasta el momento había
soportado toda la presión, mostrando incluso
indiferencia, pero, tras la reunión con Krupp,
su humor había cambiado. Inmediatamente se
puso en contacto con Röhm y le confirmó
que se reuniría con él en Bad Wiesse
el 30 de junio, es decir, al cabo de dos días.
Todos los Generales y Tenientes Generales debían
estar presentes. Röhm le contestó que
ya había encargado un gran banquete en el que
habría minuta vegetariana en su honor.
Por
la noche, los oficiales del Ejército recibieron
la orden de no abandonar los cuarteles, dada la existencia
de amenazas contra ellos por parte de las SA. Otra
orden exigía la distribución de munición
de guerra. En Berlín, dos oficiales del Estado
Mayor verificaban junto al redactor jefe del Völkischer
Beobachter la exactitud del texto que debía
publicarse por la mañana: La Reichswehr
se siente estrechamente unida al Reich de Adolf Hitler.
Han quedado atrás los tiempos en que elementos
interesados de ambos campos ponían como oráculo
el enigma de la Reichswehr. El papel del Ejército
está claramente determinado: tiene que estar
al servicio del Estado nacionalsocialista, al que
reconoce. Su corazón late al unísono
con el de dicho Estado. Luce con orgullo en su casco
y uniforme la insignia del reconocimiento alemán.
Forma, disciplinado y fiel, tras los dirigentes del
Estado, tras el Mariscal de la Gran Guerra, Presidente
von Hindenburg, su jefe supremo, así como tras
el Führer del Reich, Adolf Hitler, surgido de
las filas del Ejército, que es y seguirá
siendo siempre uno de los nuestros. El comunicado
iba firmado por General von Blomberg. Ministro de
Defensa.
Cuando
Hitler se levantó la mañana del 29 de
junio, pudo comprobar de inmediato que el período
de intrigas había terminado y que las diferentes
fuerzas se habían, por fin, alineado. Se había
mantenido distante durante todo ese tiempo para poder
determinar cuál debía ser su mejor jugada.
Pero ya no podía esperar mas tiempo sin correr
el riesgo de quedarse al margen o en una posición
debilitada.
Göring había reforzado su dispositivo
policial y había ordenado al General SS Udo
von Woyrsch que arrestase a todos los jefes SA de
Breslau, ocupando la prefectura y poniéndose
a disposición del jefe de policía.
Papen, en la Ópera Kroll, ante los representantes
de las cámaras de comercio, había pronunciado
un discurso en el cual plasmaba su servidumbre, traicionando
la labor de sus colaboradores: Nadie duda en Alemania
que el Canciller y Führer Adolf Hitler llevará
hasta un objetivo victorioso la obra de renovación
material y moral de la nación.
Y pudo leer en el Völkischer Beobachter el
comunicado de Blomberg, mediante el cual le daba a
enteder que el Ejército le dejaba las manos
libres. La acción iba a desarrollarse por fin
y él debía adoptar su postura de líder
o perder el liderazgo.
Antes
de partir de Essen, recibió la visita del General
SA Fritz von Krauser, quien reemplazaba a Röhm
mientras este se hallaba descansando en Bad Wiesse.
Hitler le reconoció que se habían cometido
injusticias con las SA, situación que estaba
dispuesto a enmendar. Krauser se marchó tranquilizado,
sin saber que su nombre aparecía en la agenda
de Göring desde hacía tiempo: Krauser
del equipo de Röhm. Máxima precaución.
Conspira especialmente contra mí.
Desde
Essen, Hitler inició una visita de inspección
por el Rhin inferior y Westfalia. Primero estuvo en
Schloss Buddenberg y luego fue a Ofen, pero allí
interrumpiría la inspección con la sorprendente
decisión de ir a dar una conferencia en Godesberg.
Wilhelm Brückner, su ayudante y guardaespaldas,
escogió el hotel Dressen. Allí Hitler
pasó revista a varios SA y SS que se presentaron
al enterarse de que su Führer estaba en
aquel hotel donde a Stresemann le gustaba descansar
cuando era Canciller. Tras las formalidades, Hitler
por fin quedó sólo, con la única
compañía de Brückner y los SS que
garantizaban su seguridad. Durante la cena preguntó
por Lutze, al cual había pedido que fuera hasta
allí. Brückner le tranquilizó contestándole
que no tardaría en llegar, pues estaba en Hannover,
a unos 300 kms.
Pero
el primero en llegar, a las 21h 30, no fue Lutze,
si no Goebbels, quien le informó de la situación
en Berlín. Goebbels, en cuanto había
regresado a Berlín, habría leído
el comunicado de Blomberg, o escuchado el discurso
de Papen, y habría intuído que Hitler
había tomado una decisión. No quiso
arriesgarse a perder tiempo y no fue a ver a Göring,
si no que se dirigó a toda prisa a Essen, el
último paradero conocido de Hitler, y allí
averiguó que había cambiado de planes
y se hallaba en Godesberg. Goebbels tenía un
pasado izquierdista, se había reunido en secreto
con Röhm y no tenía ninguna fuerza más
allá de su palabrarería. Y esa noche
Goebbels habló más que nunca, buscando
refugio al lado de Hitler y hablándole sin
cesar, recordando todas las afrentas de las SA para
con el pueblo alemán y el partido.
Mientras
Goebbels hacía gala de su lealtad, un motorista
trajo un telegrama de Göring que informaba que
Ernst había puesto a sus SA de Berlín
en estado de alerta. Goebbels lo confirmó de
inmediato, pese a que llevaba allí un buen
rato y no había mencionada de eso hasta ese
momento. No mucho después, llegó otro
motorista con otro telegrama de Göring, el cual
informaba de que las SA de Münich también
estaban en estado de alerta. Hitler redactó
una respuesta para Göring, pero no la comentó
con Goebbels. Lo cierto es que Hitler y Göring
disponían de un canal de comunicación
dispuesto de antemano via aérea, entre el aeródromo
de Essen o el de Hangelar, y el Tempelhof en Berlín.
Y Göring no era el único en gozar de la
absoluta confianza de Hitler en aquellos difíciles
momentos, pues el Canciller también recibiría
telegramas de Himmler.
A
las 22h 30 llegó Sepp Dietrich. Si a Goebbels
le quedaba alguna duda, aquella aparición debió
resolvérsela. Nada más llegar recibió
una orden de Hitler: Tome el avión para
Münich. En cuanto esté allí, llámeme
por teléfono.
Poco
después llegó Lutze, a quien Hitler
saludó efusivamente. Lutze le explicó
que debería acudir a la llamada de Röhm
a Bad Wiesse, quizás para no levantar sospechas.
Hitler rechazó el plan y le preguntó
si podía contar con él en caso de graves
acontecimientos, a lo que Lutze contestó con
la fórmula habitual del juramento de fidelidad.
Pese a ello, Hitler le interrogó acerca de
la convocatoria en Bad Wiesse para comprobar que no
se trataba de algo más que una simple reunión
de jefes SA, y para asegurarse de que Lutze no estuviese
implicado en ese hipotético algo más.
Lutze representaba a los sectores moderados de las
SA, aquellos que no veían con buenos ojos el
escandaloso comportamiento de su Estado Mayor, el
cual desprestigiaba su labor. La lealtad de estos
sectores, a través de Lutze, resultaba vital
para que Hitler pudiera disponer de una grieta en
la descomunal masa de las SA.
Luego
llegó un nuevo telegrama de Göring: el
famoso doctor Sauerbruch, médico de Hindenburg,
se encontraba en Neudeck. Aquello no podía
significar otra cosa que la inmediatez de la muerte
del Presidente.
A
las 0h del 30 de junio, Sepp Dietrich llamó
desde Münich para recibir nuevas órdenes.
Hitler le encargó dirigirse a Kaufering, donde
ya debían encontrarse las dos compañías
del Leibstandarte SS Adolf Hitler. Con estas
debía dirigirse a Bad Wiesse. Ciertamente,
a esas horas los hombres de Sepp Dietrich dormían
en un cuartel donde el Ejército les había
alojado, y lo hacían vestidos para poder marchar
de inmediato. El Ejército había hecho
algo más por ellos, cediéndoles una
unidad ferroviaria para su transporte desde Berlín.
Himmler
llamó desde la sede de la GESTAPO y habló
con Hitler. Según explicó este, el Estado
Mayor de las SA en Berlín había ordenado
un estado de alarma general para las 16h. Un hora
más tarde, las SA debía ocupar los edificios
oficiales. Hitler se puso fuera de sí. ¡Es
el golpe! ¡Es el golpe!, gritaba. En calmarse
un poco, aseguró que Ernst no se había
dirigido a Bad Wiesse y que ello significaba que tenía
la orden de pasar a la acción. Goebbels recordó
la revuleta de Stennes, tres años antes. Y
todos debían saber que Ernst había salido
de Berlín la tarde anterior para dirigirse
a Bremen, desde donde cogería un barco que
le llevaría de luna de miel a Tenerife y a
Madeira.
Poco
antes de las 1h llamó Adolf Wagner, Gauleiter
y Ministro del Interior de Baviera, para informar
que las SA se habían echado a la calle y gritaban
consignas hostiles a Hitler y al Ejército.
¡Todo está coordinado!, gritaba
Hitler, ¡Son unos gusanos! ¡Son unos
traidores!.
En
realidad, la mayor parte de los SA estaba durmiendo,
si bien unos pocos sí protestaron contra el
Ejército hasta que uno de sus mandos les hizo
callar. Otro SA recomendó a sus compañeros:
Volved a vuestras casas y esperad la decisión
del Führer. Ocurra lo que ocurra: que Adolf Hitler
nos licencie o no, que nos autorice o no a llevar
ese uniforme, estaremos siempre con él.
Pero Hitler proseguía su teatro justificatorio,
mientras el resto se le unía bien por interés,
bien por miedo a correr la misma suerte que le aguardaba
a las SA.
¡Todo
el mundo a Múnich inmediatamente, y desde ahí,
adelante hasta Bad Wiesse!, tronó la voz
del Führer, y se organizó un revuelo
enorme, porque todos corrieron hacia los vehículos
que aguardaban en la puerta del hotel Dressen.
Hace meses tuve las primeras dudas sobre la lealtad
y fidelidad de ese hombre, dijo Hitler asegurándose
que tenía testigos que le oyesen.
Mientras,
Sepp Dietrich despertaba a su tropa y les hacía
formar para que le escuchasen. Tenía que recordarles
que debían obedecer las órdenes sin
tener en cuenta el rango o pasado de los SA, cuyo
Estado Mayor era un nido de traidores y degenerados.
Les correspondía a ellos, los SS, limpiar el
honor de Alemania y proteger al Führer.
Hitler
llegó al aeródromo de Münich a
las 4h del 30 de junio. Wagner le informó de
que el General SA August Schneidhuber estaba arrestado
en el Ministerio del Interior. Hitler ordenó
que la BAYPOPO y las SS debían proceder a la
detención de los jefes SA que arribasen a la
estación de tren para impedir que llegaran
a Bad Wiesse.
Cuando vio que le aguardaban dos vehículos
blindados y un camión repleto de tropas del
Ejército para su protección, Hitler
dijo a su oficial que prefería que la Reichswehr
se mantuviese al margen. De esta manera, repetía
su jugada en el juicio del fracasado golpe de estado,
cuando asumió todo el protagonismo para que
este le otorgara la propaganda que necesitaba.
Pero ni tan siquiera Hitler estaba tan loco como para
no tomar precauciones y solicitó al oficial
que Advierta inmediatamente de mis intenciones
al General Adam. El General Adam, jefe de la región
militar de Münich, tenía en estado de
alerta a sus unidades. El 19ú Regimiento de
Infantería tenía como objetivo restablecer
el orden en la línea entre Bad Tölz y
los lagos Schliersee y Tegernsee si las cosas se torcían.
Otro detalle es que Hitler no llegó a Múnich
con su avión particular, sino con otro. Röhm
había dado instrucciones de que le avisaran
en cuanto llegara el avión del Führer
D2600, seguramente para adecentar la pensión
tras la juerga de la noche y preparar el recibimiento.
Poco
antes de las 5h, Hitler llegaba al Ministerio del
Interior bávaro. De inmediato se dirigió
al despacho de Wagner, donde permanecía detenido
Schneidhuber. Antes de que este pudiera saludarle,
le gritó ¡Que le encierren! ¡Son
unos traidores!. Goebbels y Wagner repasaron la
lista de hombres a los que había que detener.
Wagner llamó por teléfono al Teniente
General SA Edmund Schmidt para ordenarle que se presentara
allí, pues el Führer le estaba
esperando. Nada más presentarse, Hitler se
abalanzó sobre él y le arrancó
los galones mientras gritaba ¡Traidor! ¡Que
le fusilen!.
Mientras,
en la estación de tren de Münich, el Ejército
hizo acto de presencia con varios camiones con tropas,
pero sólo se permitió descender de los
vehículos a los oficiales. La tropa sólo
debía actuar si resultaba necesario. Desde
el Ministerio del Interior comenzaron a salir vehículos
con SS y policías a toda velocidad. Había
comenzado la caza del hombre.
En
el campo de concentración de Dachau, su comandante,
el General de Brigada SS Theodore Eicke, tenía
prisa para terminar la revista de los prisioneros.
Heydrich le había ordenado a él y a
sus Totenkopfverbände que se hicieran
cargo de las personas que figuraban en una lista.
Aún
no eran las 6h cuando Hitler emprendió la marcha
hacia Bad Wiesse. En el Ministerio del Interior para
hacerse cargo allí de la situación.
La Casa Parda estaba rodeada por SS y policías
con orden de dejar entrar a quien quisiera, pero no
dejar salir a nadie. Himmler llamó por teléfono
y Wagner le avisó de que Hitler se dirigía
a Bad Wiesse y que había reclamado la presencia
de Hess.
A
esas horas, en Berlín, Tschirschky oyó
que sonaba el teléfono en su domicilio. Nada
más descolgar oyó cómo colgaban
al otro lado de la línea. Tschirschky pensó
que estaban comprobando si estaba allí y sintió
miedo por su vida.
Robert
Koch, el director de la cárcel de Stadelheim,
un funcionario moderado y meticuloso con el reglamento,
recibió la llamada de Wagner para advertirle
de que iba a recibir a numerosos jefes SA acusados
de conspiración. Koch comenzó a comprobar
de cuántas celdas libres disponía.
A
Hitler, en su trayecto a Bad Wiesse, le acompañaba
un oficial de enlace con el General Adam, el cual
aguantaba conforme podía la perorata de Goebbels
acerca del comportamiento de las SA. De pronto, Hitler
se encaró a él y le espetó: Se
que colaboró usted durante mucho tiempo con
el General Schleicher. Lamento tener que decirle que
el Gobierno se ha visto obligado a abrir una investigación
sobre él, ya que se tienen sospechas de que
está en contacto con Röhm y una potencia
extranjera. De esta manera, Hitler paralizaba
por el miedo al único miembro de la Reichwehr
que iba a estar presente en Bad Wiesse. Un miedo que
le aseguraría ganarse el respeto del Ejército,
a sabiendas de lo que podía sucederle a uno
de sus Generales.
En
la última curva antes de llegar a la pensión
Hanselbauer, donde se encontraban Röhm y sus
hombres, se encontraron con Sepp Dietrich y su Leibstandarte.
No perdieron el tiempo con saludos y, nada más
alcanzar la pensión, la rodearon.
Hitler, Brückner y varios SS se precipitaron
hacia la puerta, que fue derribada de una patada.
La confusión fue generalizada, pues la mayoría
de los SA estaban durmiendo tras la fiesta de la noche
anterior. Los SS abrían las puertas de sus
habitaciones y los sacaban de sus camas sin que les
diera tiempo a reaccionar. Hitler entró en
la habitación de Heines y le gritó:
¡Heines, si no te vistes en cinco minutos
te pego un tiro en el acto!. Heines, que se encontraba
en la cama con su amante, un muchacho de 18 años,
trató de resistirse, pero Brückner lo
redució. En el suelo, aturdido por el sueño
y los golpes recibidos, solicitó la ayuda de
Lutze: No he hecho nada. Lo sabes. ¡Ayúdame!.
Pero Lutze se limitaba a contestar ¡No puedo
hacer nada!.
Después, Hitler, rodeado siempre de SS, llamó
a la puerta de Röhm. Nada más abrirla,
se abalanzó sobre él gritándole
que era un traidor y que le detuvieran.
Todos
los detenidos fueron llevados al sótano. Hitler,
Goebbels, Lutze y otros salieron al jardin. Goebbels
comenzó a reir, relajando tanta ansiedad acumulada.
Se había salvado, escogiendo al caballo ganador.
Los SS que les rodeaban también gastaron algunas
bromas acerca de las detenciones. Todo parecía
haber salido a pedir de boca y tocaba celebrarlo.
Pero Hitler guardaba silencio. Él sabía
que la partida aún no había terminado.
De pronto, como si hubiesen escuchado sus pensamientos,
se oyó el motor de un camión y apareció
la Stabswache, la guardia personal de Röhm.
Aquellos SA, el equivalente a los SS de Sepp Dietrich,
saltaron del camión fuertemente armados y miraron
con recelo a los SS. Durante unos instantes nadie
supo qué hacer. Los Stabswache no sabían
que tanto su jefe, Uhl, como su protegido, Röhm,
habían sido detenidos junto al resto de jefes
SA, pero les extrañaba ver allí a Hitler
con tantos SS y a ningún SA, y máxime
con el clima de tensión que se estaba viviendo
aquellos días. Hitler entendió que sólo
él podía hacer algo y se acercó
a ellos para ordenarles: Soy el jefe responsable,
soy vuestro Führer. Tenéis que volver
a Münich y esperar allí mis órdenes.
Los hombres de la guardia de Röhm dudaron, pero
finalmente se alejaron. Goebbels había dejado
de reir.
Había
quedado claro que no había que perder tiempo.
Los SS introdujeron a los detenidos en sus vehículos
y se reemprendió la marcha hacia Münich.
Hitler ordenó variar la ruta de regreso, para
entrar por el sur a la ciudad. Hizo bien, pues los
hombres de Röhm se habían apostado para
controlar la carretera.
Sobre
las 7h, Tschirschky, asustado por la misteriosa llamada
telefónica, se dirigió a la Vicecancillería.
Todo le pareció normal, a excepción
de que los edificios oficiales estaban custodiados
por la policía y que circulaba algún
que otro camión del Ejército con SS
en su interior. Una vez llegado a su despacho, donde
se sentía más seguro, recibió
una llamada de Göring, quien reclamaba a Papen
con urgencia. A Tschirschky ya no le quedaban dudas
de que algo grave estaba sucediendo y llamó
a Papen sin esperar a que este llegara a las 9h, como
era su costumbre.
Antes
de llegar a Münich, Hitler aún pudo arrestar
a unos cuantos SA que se dirigían a Bad Wiesse.
Eran detenidos e interrogados en el camino, quedando
arrestados o con orden de regresar a la capital bávara.
El General SA Max Heydebreck, uno de los más
críticos con la Reaktion, fue arrestado
de esta manera. De nada le sirvió su pasado
como Freikorp combatiente en Silesia, por lo
que el propio Hitler le había concedido el
honor de cambiar el nombre de un pueblo fronterizo
por el suyo.
Pasadas
las 8h, la caravana de Hitler llegaba a Münich
y se dividía. Los vehículos con detenidos
se dirigieron a la cárcel de Stadelheim. Hiterl
y el resto a la Hauptbanhof, la estación de
tren. Allí estaban aún los soldados
de la Reichswehr sin bajarse del camión.
Los SS que hacían guardia informaron que Hess
había llegado desde Berlín y que esperaba
en el despacho de la dirección. Entonces se
escuchó por megafonía que los jefes
SA debían presentarse en el despacho nú
1 de la estación para recibir órdenes.
Los SS saltaron a los vagones para registrarlos, solicitándoles
que les siguiesen. Estos aceptaban pensando que les
iban a llevar a Bad Wiesse.
En
Stadelheim, Koch comenzó a entender lo que
Wagner entendía por numerosos jefes SA, y su
sorpresa no dejaría de aumentar a lo largo
de la mañana. Toda la plana mayor de las SA
iría llegando a su cárcel y Koch les
fue acomodando en las celdas disponibles. Pero cuando
comenzaron a llegar los oficiales de menor graduación,
procedentes de la estación, se quedó
pronto sin celdas y hubo que vigilarlos en el patio.
Uhl, delante de él, lamentaría no haber
matado a Hitler cuando aún disponía
del revólver. Otros seguían pensando
en que aquello era un golpe de estado de la Reichswehr
y que Hitler no tardaría en abrir los ojos.
Hitler
tenía, sin duda, los ojos bien abiertos, pero
no para salvar a las SA, sino para decapitarlas. Poco
antes de las 10h abandonó la estación
para dirigirse a la Casa Parda. Una vez allí,
indicó a Goebbels que llamase a Göring
y le dijese una única palabra: colibrí.
En
esos momentos, dos hombres llamaron a la puerta de
Ritter von Kahr, el ex comisario especial para Baviera
que había hecho fracasar el golpe de estado
de Hitler diez años antes. Poco importó
que fuese ya un anciano olvidado. Cuando Kahr abrió
la puerta, unos hombres le arrastraron a un vehículo
y se lo llevaron.
En
Berlín, Papen y Tschirschky llegaron al palacio
de Göring y descubrieron que estaba fuertemente
custodiado por SS armados hasta los dientes. En su
despacho, la actividad era febril. Göring y Himmler
se hallaban inmersos en una nube de telegramas, llamadas
telefónicas e informes que les llevaban sus
emisarios. Según recordaría Papen, me
informó de que Hitler había tenido que
salir en avión hacia Münich a fin de de
sofocar una rebelión fomentada por Röhm,
y que él, por su parte, había recibido
plenos poderes para reprimir la insurrección
en la capital. Protesté inmediatamente, puesto
que Hitler sólo podía delegar sus poderes
en mí. Pero Göring no le hizo caso,
negándose a cederle el puesto e, incluso, de
informar a Hindenburg para que proclamara el estado
de emergencia y encargara a la Reichswehr restablecer
el orden. Me vi obligado a inclinarme. Al disponer
de la policía y de las fuerzas del Aire, Göring
tenía, en realidad, una posición mucho
más sólida que la mía. Papen
insistió en informar a Hindenburg, pero Göring
le replicó que él, gracias a las SS,
era dueño de la situación y que sería
inútil molestar a Hindenburg.
Mientras
Papen discutía con Göring, Tschirschky
logró oir a Himmler hablar por teléfono:
Ahora hay que entrar en acción y limpiar
todo eso. Pensando en que podía referirse
a la Vicecancillería, trató de alertar
a Papen, pero este seguía inmerso en su discusión
con Goring, quien le levantaba la voz al decirle que
haría usted mucho mejor en pensar en su
propia seguridad personal. Vuelva a casa, permanezca
en ella, y no salga sin haberme advertido. Papen,
no menos irritado, le contestaba: Cuidaré
por mi mismo de mi seguridad, y no tengo intención
de aceptar una detención apenas disfrazada.
Pero Göring ya no le prestaba atención,
pendiente como estaba de un mensaje que Himmler le
entregaba tras haber colgado el teléfono.
Entonces Tschirschky aprovechó para alertar
a Papen de sus temores y ambos salieron del despacho.
En el pasillo estaba el Teniente General SA Kasche,
y se le veía muerto de miedo. Llegados a la
verja, los SS les impidieron salir. Tschirschky no
se dejó intimidar y les preguntó: ¿Qué
ocurre? ¿No tiene derecho el señor von
Papen a salir de aquí?. Los SS ni se inmutaron
y Tschirschky insistió: ¿Tiene usted
miedo de que nos maten?, pero los SS se escudaron
en que cumplían órdenes. Entonces regresó
al edificio para informar a Karl Bodenschatz, el ayudante
de campo de Göring, de que no les permitían
salir. Bodenschatz increpó a los SS, ordenándoles
que abrieran la verja. ¡Veremos quién
manda aquí, si el Primer Ministro o las SS!,
gritó. Pero, aún con esto, los SS requirieron
nuevas órdenes para que, por fin, Papen y Tschirschky
pudieran salir.
Otro
que también sospechó que algo grave
estaba ocurriendo fue Hans Bernd Gisevius, entonces
funcionario del Ministerio del Interior tras una breve
estancia en la GESTAPO que terminaría con una
discusión con Diels. Su amigo el Teniente General
SS Arthur Nebe, había recibido el encargo de
velar por la seguridad de Göring unos días
atrás, y ello les hizo sospechar. Nebe debía
telefonearle cada noche, y la noche anterior no lo
hizo. La preocupación era obvia pues, como
él, Nebe también estaba descontento
con los nazis desde que Diels le encargó el
asesinato de Strasser el año anterior. Entonces
Nebe consultó con Hitler y este le contestó
que no sabía nada de aquello. Göring le
reprendió severamente por haber destapado el
escándalo, pero hizo que le aumentaran de rango
para silenciarle.
Gisevius y Nebe tenían motivos para temer de
Diels, quien podía aprovechar la confusión
para librarse de ellos, así que decidió
refugiarse, como Tschirschky, en su Ministerio al
ver que Nebe no realizaba su llamada telefónica
que demostraba que todo iba bien. Una vez llegado
allí oyó cómo su jefe, Daluege,
se quejaba agriamente de la actitud de Göring,
quien había puesto en estado de alarma a la
policía tres veces sin informarle siquiera.
Al poco, Daluege era citado por teléfono ante
Göring. Al regresar informó de cuanto
le había contado, que se había producido
un intento de golpe de estado de las SA y que se
procede, en cualquier caso, a una depuración
sangrienta. Entonces Daluege advirtió de
lo que estaba sucediendo al Secretario de Estado Grauert
y ambos tomaron la decisión de avisar a Frick.
Gisevius se unió a la pareja, pues con ellos
se sentía más seguro, pero no le admitieron
en el despacho del Ministro del Interior y tuvo que
esperar fuera. Frick no sabía nada y resolvió
ir a ver a Göring para que le informase personalmente.
Grauert le acompañó, y Gisevius y Daluege
regresaron al Ministerio.
Heydrich,
advertido de la consigna colibrí, puso en marcha
a su gente distribuída por todo el Reich.
Cada grupo disponía de un sobre con una lista
de personas a detener o eliminar directamente. La
GESTAPO recibió listas que relacionaban cada
nombre con un número para poder organizarse
y saber quién ya estaba detenido o eliminado.
El Capitán SS Kurt Gildisch comandaba un grupo
de 18 SS encargados de eliminar a los nominados sin
ningún tipo de juicio.
Himmler, Heydrich y Göring daban órdenes
precisas, y era Göring quien daba las de ejecución
mientras los hombres de la GESTAPO organizaban las
fichas cuyos números pertenecían a personas
ya detenidas y llevadas a la Escuela de Cadetes de
Lichterfelde. Cuando Göring se fijaba en estas,
exclamaba ¡A fusilarlos! ¡A fusilarlos!.
En una de tantas llamadas a Gildisch simplemente le
dijo: Busque a Klausener y mátele. En
el pasillo, donde aún aguardaba Kasche temblando
de miedo, llegó otro SA detenido. Göring
le llamó cochino homosexual y le dijo
que iban a fusilarle.
Gisevius
logró encontrar a Nebe junto al despacho de
Göring. Este le contó que ya se habían
detenido y eliminado a las primeras personas. Los
hombres de Ernst ya había sido detenidos y
no sabía si aún seguían vivos.
Como Gisevius, Nebe tenía miedo y también
había preferido refugiarse en un edificio oficial.
No era para menos, pues, aunque esto ellos no lo sabían,
incluso Diels se salvó porque Göring lo
borró de la lista,
Cuando
Papen y Tschirschky regresaron a la Vicecancillería,
vieron que esta estaba invadida por las SS y la GESTAPO.
Pensaron que Göring les había llamado
para poder tener las manos libres a la hora de registrala,
pues había papeles tirados desde los cajones
abiertos. Papen fue informado de que Herbert von Bose
había sido ejecutado hacía un momento.
Le habían llevaron a una habitación
y se oyeron diez disparos seguidos, seguidos de otro
más. Papen preguntó por él a
los agentes y le dijeron que había opuesto
resistencia a la policía. Entonces se oyó
una explosión procedente de las cajas fuertes
que habían hecho saltar para poder registrarlas.
Al
poco, unos agentes del SD llegaron para arrestar a
Tschirschky. Cuando iban a llevárselo, aparecieron
unos SS que tenían también orden de
detenerlo. Tschirschky les espetó: Está
ya hecho. Pónganse de acuerdo entre ustedes.
Hubo que esperar a que se pusieran de acuerdo y, al
final, fueron los SS quienes se lo llevaron, pero
no sin que los del SD les siguieran en otro vehículo.
Papen
fue conducido a su domicilio y custodiado por un destacamento
de las SS por orden de Göring. Un capitán
de policía tenía como misión
impedir que Himmler le matara. Papen quedó
de esta manera protegido y aislado de cuanto sucedía,
sin poder comunicarse con el exterior durante tres
días. Según recordaría, un
solo hombre se interpuso entre el pelotón de
ejecución y yo: ese hombre fue Göring.
Años más tarde se encontraría
con el agente de la Gestapo que debía asesinarle.
Él le confirmó que Göring lo impidió.
Göring
protegió a Papen por su relación con
Hindenburg y por no perder sus vínculos con
los sectores moderados, pero, junto a Himmler y Heydrich,
se dedicó con saña a eliminar a cualquier
obstáculo, fuera del pasado, del presente o
del futuro. Uno de los posibles futuribles era, sin
duda, Strasser. Ocho agentes le arrestaron en su domicilio.
Tschirschky se cruzaría con él en la
sede de la GESTAPO.
El
Teniente SS Solm se había enterado de que iban
a asesinar a Schleicher. Como disponía de muy
buenas relaciones con el Ejército, pues deseaba
formar parte de este, informó al Ministerio
de Defensa. Allí le ordenaron que fuera a prevenirle.
Pero
Solm no fue el único con la misión de
proteger a Schleicher. Göring había prometido
a Blomberg que Schleicher sería llevado ante
un tribunal como traidor, por lo que había
enviado a tres policías que arrestasen al ex
Canciller antes de que lo asesinaran los SS enviados
por Heydrich.
En
el trayecto, Slom fue rebasado por los SS, quienes
no se percataron de quién era él. Poco
después, Slom se estrellaba contra un árbol
por no estar atento a la carretera, sumido como estaba
en la confusión y el miedo ante aquella misión.
Desde otro vehículo, los tres policías
enviados por Göring vieron el accidente y se
preguntaron si debían auxiliarle. Pese a que
no tenían ninguna prisa de correr el riesgo
de enfrentarse a las SS, decidieron que parar a socorrer
a un accidentado resultaba excesivo.
Sobre
las 11h 30, Schleicher estaba en su casa conversando
por teléfono con un amigo. Llamaron a la puerta
y su ama de llaves, María Güntel, vio
a través de la ventana que se trataba de cinco
hombres vestidos con largos impermeables. Uno de ellos
le dijo que deseaban hablar con Schleicher. María
Güntel, conocedora del peligro que acechaba a
su jefe, entreabrió la puerta, vacilante, y
les dijo que el General no estaba en casa. Pero los
hombres abrieron la puerta de un empujón y
se dirigieron directamente al despacho.
El
amigo de Schleicher escuchó por el teléfono
cómo contestaba Sí, el General Schleicher
soy yo. Acto seguido oyó unos disparos
y que alguien colgaba el aparato. María Güntel
se acercó con miedo al despacho y vio a Schleicher
tendido boca abajo en el suelo, ya cadáver.
En ese momento apareció la señora Schleicher
y, gritando, se abalanzó contra los hombres
que había asesinado a su marido. Volvieron
a oírse disparos y cayó muerta igualmente.
María Güntle quedó paralizada por
el miedo. Uno de los hombres se le acercó y
le dijo: No tenga miedo. A usted no la mataremos.
Cuando
llegaron los tres policías, los SS ya se habían
marchado. Gisevius, en el Ministerio del Interior,
fue informado por la policía del suceso y Daluege
trató de averiguar algo en el entorno de Göring
y Himmler.
Göring trató de arreglarlo como si se
tratase de un suicidio, pero los policías ya
habían informado de que aquello había
sido un doble asesinato, así que llamó
al Ministro de Justicia, Franz Gürtner para convenir
con él una versión en la que Schleicher
se había resistido al arresto.
Según
los testigos, cuando Hitler, que se encontraba en
la Casa Parda de Münich, se enteró de
la muerte de Schleicher, se inquietó visiblemente.
El asesinato del General podía malograr su
acuerdo con el Ejército.
Eran
las 13h cuando Gildisch llegaba al Ministerio de Transportes
y preguntaba por el despacho de Klausener. En el pasillo
los dos hombres se cruzaron, pero Gildisch no debió
reconocerle. Klausener comprendió que estaba
en peligro y, desde un teléfono, llamó
al Consejero Ministerial Othmar Fessler y le pidió
que viniera cuanto antes. Fessler se dirigió
hacia el despacho de Klausener pero, mientras, Gildisch
ya había entrado y le comunicaba el arresto.
En cuanto Klausener se dio la vuelta para coger su
sombrero, Gildisch le mató de un disparo en
la cabeza y usó su teléfono para informar
a Heydrich, quien le ordenó que simulara un
suicidio. Entonces Gildisch puso su revólver
en la mano del cadáver de Klausener. Cuando
se marchaba, Fessler fue informado por un conserje
que Klausener se había suicidado.
En
toda Alemania se asesinaba a los que aparecían
en las listas, fueran o no de las SA. Al mediodía,
en Glewitz, unos agentes de la GESTAPO asesinaron
al jefe de la policía Ramshorn, un SA que había
sido un héroe en la Gran Guerra y diputado
del partido. En Stettin fue arrestado el jefe local
de la GESTAPO Hoffmann, pues Himmler deseaba librarse
de él. En Könisberg fue detenido el SS
Conde Hohberg. En Silesia asesinaron al hermano de
Heines. El abogado Glaser, que se había querellado
con Max Amann, el jefe de la Cámara de Prensa,
fue asesinado también. Igual suerte correría
el Coronel SA Erwin Villain, por su rivalidad con
un médico SS. Himmler también se aseguró
de eliminar a los SS Toifl y Emil Sembach, por sus
diferencias con él. Sembach fue expulsado de
las SS y del partido por su condición de homosexual.
En
definitiva, la jornada fue aprovechada para librarse
de la competencia o viejas enemistades, como el caso
del General SS Erich von Bach-Zelewski que mandó
asesinar a su rival a la hora de ocupar un cargo político,
el Comandante de Caballería SS Freiherr von
Hoberg.
En
Breslau, las SA se defendieron de los hombres del
General SS Udo von Woyrsch. El Ejército acudió
en su ayuda, pero para cuando llegaron los SS ya habían
logrado rendir la resistencia y fusilar a su jefe,
el SA Wechmar. Furioso por la resistencia de los SA,
Woyrsch hizo asesinar a sus esposas, e incluso a algunos
judíos que no tenían nada que ver con
aquello.
Paul
Schulz, colaborador de Strasser, fue llevado por lo
agentes de Göring a un bosque de Postdam, donde
fue tiroteado. Ligeramente herido, Schulz logró
disimular que estaba muerto y escapar. Más
tarde pactaría con Hitler su exilio. Regendaz,
el banquero que organizado un encuentro entre Röhm
y François-Poncet, logró escapar también
al huir en su avión a Inglaterra. Gottfried
Treviranus, un nacionalista que había sido
Ministro con Brüning, había logrado escapar
cuando iban a detenerle en el Tennis Club de Wansee.
Se refugió en el bosque y logró escapar
también a Inglaterra. Erich Müsham no
pudo escapar, pues se hallaba preso desde que participó
en la República de los Consejos de Bavaria.
Fue asesinado en la cárcel.
Mientras
se producían todos estos acontecimientos, Ernst
disfrutaba de un banquete en su honor ofrecido por
el Ayuntamiento de Bremen, pues estaba a punto de
partir de luna de miel. Sobre las 15h llegó
en avión desde Berlín Gildisch, quien
tenía orden de detenerle. Ernst fue advertido
por otros SA, pero no hizo caso. Estaba demasiado
contento por su viaje como para creerse más
historias de conspiraciones. Pero, al llegar al hotel,
Gildisch estaba esperándole y no le sirvieron
de nada sus peticiones de hablar con su amigo el Príncipe
August Wilhelm de Hohenzollern.
En
la Casa Parda, Hess se acercó a los jefes SA
para decirles que eran todos sospechosos y que debían
considerarse presos hasta que terminasen las investigaciones.
Acto seguido, los SS les cachearon.
En
uno de los salones, Hitler se dedicaba a desahogar
su ansiedad. Animados por los insultos que dirigía
a Röhm y a su Estado Mayor, Hess y Amann se ofrecieron
para asesinar personalmente a Röhm. Pero Hitler
les hizo callar y dictó a Lutze indicaciones
para las futuras SA, interrumpiéndose en cada
momento al recordar todas las desavenencias que había
tenido con ellas: Quiero que los oficiales de las
SA sean a partir de ahora hombres, y no monos grotescos
y repelentes. Quiero que el jefe de las SA y el
más humilde de los simples miembros de las
SA me obedezcan ciegamente. No estoy dispuesto a tolerar
que los jefes de las SA ofrezcan costosos almuerzos
o acepten invitaciones. ¡Se arrojó champagne
por las ventanas durante las orgías! ¡Dilapidaban
el dinero del partido! Prohibo que a partir de ahora
los jefes SA utilicen vehículos lujosos, tomen
parte en comidas diplomáticas, etc.
Entonces
Buch preguntó por la suerte de los SA apresados.
¡Hay que fusilarles a todos!, gritó
Hitler. Wagner le tendió una lista de nombres
y Hitler comenzó a marcar una cruz sobre algunos.
Al terminar, le entregó la lista a Sepp Dietrich:
Acuda inmediatamente a la cárcel de Stadelheim.
Coja a seis suboficiales y un oficial SS y ejecute
a estos jefes SA por alta traición. Sepp
Dietrich leyó los nombres en voz alta. El nombre
de Röhm no fue mencionado. Ante la sorpresa de
todos, Hitler aclaró: Concedo a Röhm
el indulto por razón de los servicios prestados.
Sepp
Dietrich llegó a Stadelheim a las 17h. De inmediato
reunió a seis suboficiales y les hizo formar
a unos diez metros del muro. Un oficial les hizo comprobar
sus armas mientras Sepp entregaba la lista a Koch.
El director de la cárcel tenía tanto
miedo de aceptar la entrega de prisioneros como de
negarse a ella, pero al final, haciendo gala de su
fama de hombre meticuloso, protestó porque
no se cumplían las normas al no estar la lista
firmada. A Sepp no le quedó otra que regresar
a la Casa Parda para que Wagner le firmara la lista.
De
nuevo en Stadelheim, se dirigió a la celda
del primero de la lista para informarle de la sentencia:
Le comunico que ha sido condenado a muerte por
el Führer por alta traición. Heil Hitler!.
Una vez estaba el prisionero frente al muro, ordenaba
a sus hombres: ¡El Führer lo ordena!
¡Apunten! ¡Fuego!. Así uno
tras otro, hasta que le llegó el turno a Schneidhuber.
Este, aterrado, gritó: ¡Es una locura,
camarada Sepp, somos inocentes!. Sepp Dietrich
le contestó con la consabida fórmula
pero, como recordaría después, justamente
antes de que le tocara el turno a Schneidhuber, me
largué. Estaba harto.
Mientras
se ejecutaban los prisioneros de Stadelheim, en Berlín
separaron a Strasser del resto de los prisioneros
para llevarle a una celda aparte. Poco después,
alguien se asomaba por el tragaluz y le disparó.
Strasser quedó malherido. Se oyó a Heydrich
que decía: ¿No ha muerto todavía?
Dejad que ese cerdo se desangre. El informe oficial
aseguraría que Strasser se había suicidado.
Göring
hizo acto de presencia ante la prensa. Desde hacía
semanas, dijo, observábamos y sabíamos
que una parte de los jefes de las SA se había
apartado de los objetivos del movimiento para colocar
en primer plano sus intereses propios, sus ambiciones
y, en gran parte, sus inclinaciones desgraciadas y
perversas. Lo que nos parecía más condenable
es que la dirección suprema de las SA evocara
el fantasma de una segunda revolución dirigida
contra la Reaktion, cuando estaba aliada con ella.
El principal intermediario era el ex Canciller del
Reich, General von Schleicher, que había puesto
a Röhm en relación con una potencia extranjera.
He ampliado mi misión asestando un severo golpe
a esos descontentos. Un periodista le preguntó
por la suerte de Schleicher, a lo que Göring
contestó: Se que ustedes, los periodistas,
gustan de los grandes titulares. Pues bien, el General
Schleicher conspiró contra el régimen.
Ordené que se procediera a su detención.
Cometió la imprudencia de resistir. Ha muerto.
Göring
abandonó la sala y un oficial del Ejército
distribuyó un comunicado oficial del General
Reichneau, que expresaba la postura oficial de la
Reichswehr. En el texto quedaba claro que el
Ejército hacía causa común con
las detenciones llevadas a cabo por la GESTAPO y las
SS. Sobre Schleicher, decía lo siguiente: Dos
hombres de las SS fueron encargados de detener al
General von Schleicher, de quien se sospechaba que
era cómplice de la conjura fomentada por Röhm.
El General opuso viva resistencia, por lo que los
policías se vieron obligados a utilizar sus
armas. En el intercambio de disparos, el General Schleicher
y su esposa, que apareció de pronto, resultaron
heridos mortalmente.
Sepp
Dietrich había regresado nuevamente a la Casa
Parda para informar a Hitler de que los traidores
han pagado. Hitler se dirigió entonces
a los SA que permanecían allí retenidos:
Vuestros jefes traicionaron la confianza puesta
en ellos. Mientras vosotros permanecíais en
primera línea, vuestros oficiales pasaban las
noches de fiesta en fiesta, viviendo en el lujo y
cenando opíparamente. Se trata ahora de saber
si estáis a mi lado o al de aquellos que se
burlaban de vosotros y aprovechaban vuestro celo tan
sólo para amasar fortunas personales. Vitoread
a vuestro nuevo jefe, Lutze, y aguardad las órdenes
que os transmita. Lutze se levantó y gritó
un Heil, Hitler! que encontró inmediato
eco. Todos cantaron el Horst Wessel lied y,
cuando terminaron el himno, Lutze les indicó
que podían regresar a sus casas: Os dirigiréis
aisladamente y de manera directa a vuestros domicilios,
y os quitaréis el uniforme. No intervendréis
en asunto alguno antes de haber recibido notificación
de que las SA han sido reorganizadas y encuadradas
de nuevo.
Sobre
las 19h 30, Hitler abandonaba la Casa Parda
para dirigirse en avión a Berlín. Cerca
de Dachau, el cuerpo mutilado de un anciano era encontrado
hundido en el fango a golpe de pico. Se trataba de
Kahr. A poco menos de un kilómetro, se descubría
otro cadáver, esta vez con tres balas en el
corazón. El padre Bernhard Stempfle, quien
había revisado el Mein Kampf, conocía
el secreto de la muerte de Geli Raubal, la sobrina
de Hitler que había obsesionado a su tío.
A
las 20h la radio de Münich dio a conocer un texto
que explicaba cuanto había pasado. A muchos
muniqueses les sorprendió la noticia, pues
no habían notado nada extraño más
allá de un aumento de la presencia policial.
Desde hace varios meses, decía el comunicado,
elementos aislados venían tratando de fomentar
una oposición entre las SA y el Estado. El
jefe de Estado Mayor, Röhm, que gozaba de la
particular confianza del Führer, no trató
de oponerse a estos manejos, sino que, indudablemente,
los favoreció. Sus desgraciadas y bien conocidas
inclinaciones pesaron tan decisivamente sobre la situación,
que el Führer se desplazó a Münich
y ordenó la degradación y el inmediato
encarcelamiento de los jefes más comprometidos.
A raíz de las detenciones, se produjeron escenas
tan penosas desde el punto de vista moral que no dejaron
lugar al perdón. Un determinado número
de jefes de las SA tenían en su compañía
muchachos de costumbres un tanto especiales, y uno
de ellos fue sorprendido y detenido en una situación
absolutamente repugnante. El Führer ha dado orden
de extirpar implacablemente ese pestilencial abceso.
No quiere seguir tolerando que millones de personas
decentes sean comprometidas por algunos seres de pasiones
enfermizas. El Führer ha dado orden al Ministro
Presidente de Prusia, Göring, de llevar a cabo
idéntica acción en Berlín, y
de actuar concretamente contra los aliados reaccionarios
de este complot político.
En
la capital bávara, en general, se acogió
bien la noticia. Por la noche acudieron como de costumbre
a las cervecerías de la ciudad y se extrañaron
de que la Bratwurstglöckl estuviese cerrada.
No podían sospechar que el dueño, Karl
Zehnter, el maître y uno de los camareros
habían sido asesinados por la GESTAPO. Un asustado
Goebbels había acudido a Heydrich para que
le ayudara a borrar las huellas de aquella misteriosa
reunión que ahora podía comprometerle.
Heydrich, que quería ganarse la confianza de
todos los miembros del régimen, aceptó
encantado de, además, conocer un secreto de
aquel hombre.
En
Berlín, donde se fusilaba sin cesar en la Escuela
de Cadetes de Lichterfelde, los rumores iban de boca
en boca. Los berlineses hablanba de que Röhm,
Papen y Schleicher estaban detenidos y no se sabía
si seguían vivos. Allí, en Lichterfelde,
Göring había acudido para obligar al Teniente
SA Daniel Gehrt, que había pertenecido a su
escuadrilla como Capitán y era Caballero de
la Orden de Malta, a ponerse sus condecoraciones para
así poder arrancárselas antes de que
le fusilaran.
Uno
de tantos berlineses que escuchaban los alarmantes
rumores y pese a ello se dirigió al hotel Adlon,
pese a que por ahí patrullaban sin cesar la
policía, y pese a que era por todos conocido
que sus camareros estaban comprados por la GESTAPO,
pues aquel hotel era frecuentado por políticos,
fue el General Bredow.
Nada más verle, un amigo le preguntó
si estaba informado de las noticias que circulaban
por ahí, a lo que contestó me pregunto
cómo es que esos cerdos no me han matado todavía.
Un agregado militar le invitó a cenar en su
casa para que, al menos, estuviese a salvo durante
unas horas. Se lo agradezco, le contestó,
he salido esta mañana muy temprano de mi
casa. Ahora quiero regresar, una vez he tenido el
gusto de volver a ver a mis amistades. De nada
sirvió que intentaran convencerle. Parecía
que a Bredow le embargaba la desesperación.
Han asesinado a Schleicher, les contestó,
el único hombre que podía salvar
a Alemania. Era mi jefe. No me queda nadie. Esa
noche sería asesinado en su casa con un disparo
en la cabeza.
A
última hora de la tarde llegó a Berlín
el avión con el que Gildisch traía prisionero
a Ernst. Según recordó Gisevius, que
estaba junto a varias personalidades esperando la
llegada de Hitler en el aeródromo de Tempelhof,
el tipo estaba de buen humor. Pasó andando
a saltitos del avión al automóvil. Sonreía
a todos, como si quisiera demostrar públicamente
que no se tomaba en serio su detención.
Ernst sería uno de tantos que, sin entender
realmente qué estaba sucediendo, gritaría
un Heil, Hitler! antes de morir fusilado en
Lichterfelde.
Al
poco aterrizó el avión de Hitler. Himmler
le entregó una lista que comenzó a leer.
De pronto, seguía recordando Gisevius,
echó la cabeza hacia atrás con un
gesto de emoción tan profunda, por no decir
de indignación, que todos los presentes se
dieron cuenta. Nebe y yo nos miramos con una expresión
significativa. Tuvimos idéntico pensamiento:
acababa de llegar al "suicidio" de Strasser.
Hitler también quiso hablar con Krauser, pero,
al igual que Strasser, este ya había sido asesinado
por orden de Göring.
Por
la noche, en la Cancillería, se reunieron Hitler,
Göring, Himmler y Heydrich. Göring preguntó
qué suerte correría Röhm, y comenzaron
de nuevo las presiones para que fuese eliminado. Pero
Hitler no dio su brazo a torcer.
Gisevius,
Daluege y Grauert habían regresado al Ministerio
del Interior. Daluege dijo que, dada la situación,
se quedaría a dormir en el Ministerio por si
le necesitaban. Gisevius siguió su ejemplo
y se fue a dormir a uno de los despachos. Allí
se sentía más seguro y no era el único.
Un ayudante de Daluege le comentó sobre este:
Tiene miedo, mucho miedo, y por eso no regresa
a casa.
En
Belín aparecieron unas octavillas firmadas
por las SA, en las que se hacía un llamamiento
a los camaradas SA para que no se dejaran desarmar,
escondieran sus armas y no se convirtieran en verdugos
de la clase obrera. Las misteriosas octavillas
parecían diseñadas para asegurar que
no hubiese una rebelión, una vez realizada
la purga y que esta estuviera en boca de todo el mundo.
A
las 7h del 1 de julio, Goebbels radió una explicación
de los sucesos en la que prevalecían las acusaciones:
Han desacreditado el honor y el prestigio de nuestra
SA. Los han desacreditado con una vida de libertinaje
sin igual, con su ostentación y sus francachelas.
Todo ello ha afectado gravemente los principios de
sencillez y honradez personal de nuestro movimiento.
Estaban a punto de hacerlo a toda la dirección
del partido, sospechosa de una anomalía sexual
repugnante y vergonzosa. Creyeron que la indulgencia
del Führer con ellos era debilidad. Recibieron
por ello las advertencias con una sonrisa cínica.
Como la bondad resultaba inútil, se hizo necesaria
la dureza. Del mismo modo como el Führer puede
ser grande en la bondad, puede serlo asímismo
en la dureza. Millones de miembros de nuestro partido,
miembros de las SA y de las SS se felicitan por esta
tormenta purificadora. Toda la nación respira,
libre de una pesadilla. El Führer está
decidido a actuar implacablemente cuando se halle
en juego el principio del decoro, la sencillez y la
limpieza pública, y el castigo será
tanto más severo cuanto a mayor altura esté
situado aquel que haya atentado contra tales principios.
En
el Deutsche Allgemenie Zeitung podía
leerse que un Gobierno enérgico ha sabido
actuar en el momento adecuado. Ha actuado con una
precisión capaz de aturdir. Ha hecho lo preciso
para que ningún patriota tenga nada que temer.
Disponemos ahora de un Estado fuerte, consolidado
y purificado. No nos entretendremos en describir los
detalles repugnantes que han constituído el
transfondo de una seudorrevolución política.
A
lo largo del día, Hitler recibiría mensajes
de fidelidad de parte de todos los Gauleiter,
de todas las organizaciones nazis, incluyendo al resto
de los jefes SA. La orden del día para Lutze
y sus nuevas SA exigía que antes que cualquier
otra cosa, cada uno de los jefes SA tenía que
regir su conducta tomando ejemplo del Ejército
en un espíritu de franqueza, lealtad y fidelidad
permanentes. Blomber lo agradecería con
otro comunicado: Con una determinación completamente
militar y un valor ejemplar, el Führer ha atacado
y aplastado personalmente a los traidores y los rebeldes.
El Ejército, que es portador de las armas de
la nación, se mantiene por encima de las luchas
políticas internas. Expresa su reconocimiento
por medio de su devoción y si fidelidad. El
Führer nos pide unas buenas relaciones entre
el Ejército y las nuevas SA. El Ejército
se dedicará a cultivar estas buenas relaciones
con la plena conciencia del ideal común.
A
última hora de la mañana, Göring
y Himmler regresaron a la Cancillería con el
claro propósito de convencer a Hitler para
que eliminase a Röhm. Mientras siguiese vivo,
podría resultar un arma que se volviera contra
ellos si el Canciller lo encontraba conveniente.
Hubo una ardua discusión, pues Hitler continuaba
basando su postura en los servicios prestados del
ya ex jefe de las SA. Quizás pensase que su
ejecución sería demasiado para las SA,
o quizás realmente quería mantenerlo
vivo, como a Strasser, para que hiciera de contrapeso,
pues tal era su costumbre. Sin embargo, al final tuvo
que ceder y llamó al Ministerio del Interior
de Münich para ordenar en persona a Eicke que
le matase, a ser posible convenciéndole que
se suicidara. Eicke escogió a dos SS de plena
confianza, el Mayor SS Michael Lippert y el Teniente
General SS Heinrich Schmauser, y se dirigió
a Stadelheim.
A
las 14h 30 arribaron a la cárcel y exigieron
la entrega de Röhm a Koch. Este volvió
a solicitar una orden por escrito. Eicke se enfureción,
pero Koch llamó al Ministro de Justicia de
Baviera, Hans Frank, quien le respaldó. Eicke
discutió con ambos hasta que Koch cedió
y le acompañó hasta la celda nº
478. Eicke entregó a Röhm un ejemplar
del Völkischer Beobachter, donde se anunciaba
su destitución y la ejecución de los
jefes SA, más un revólver con una única
bala y se marchó.
Diez
minutos más tarde, durante los cuales Röhm
ni tan siquiera se había movido, Eicke y Lippert
volvieron a abrir la puerta de la celda. Eicke le
gritó ¡Prepárese Röhm!,
y Lippert disparó dos veces. Röhm, muy
mal herido, murmuró mein Führer, mein
Führer, y Eicke le remató con otro
disparo.
Mientras
Röhm era ejecutado, Hitler ofrecía un
te en los jardines de la Cancillería a una
colección de diplomáticos, Ministros,
oficiales del Ejército y otros, como Gisevius,
que acompañaba a su jefe Daluege, a quien había
dado la plaza de Ernst. Un oficial de las SS informó
de la muerte de Röhm al Canciller quien, tras
disimular unos minutos más con sus invitados,
se retiró.
Muchos
fueron los beneficiados de la decapitación
de las SA, pero sólo uno se atrevió
a expresar a Hitler su temor para el futuro. Frick,
empeñado en lograr una legalidad institucional
dentro del marco del nacionalsocialismo para hacer
prevalecer a su Ministerio, le dijo: Mi Führer,
si no obra usted tan radicalmente con Himmler y sus
SS como con Röhm y sus SA, no habrá hecho
más que cambiar al diablo por Belcebú.
Frick debía ignorar la idea que Hitler tenía
de Estado, una comunidad jerarquizada que no obedeciera
a una legalidad vigente o revisada tras la coordinación,
sino a la obediencia ciega a su persona.
La
radio anunció que el Teniente General SA Obernitz,
jefe de las SA de Franconia, había ordenado
que se limara el nombre de Röhm de los puñales
de honor, que se retiraran sus retratos, y que la
Ernst-Röhm Haus fuera renombrada como
Servicio Administrativo del Grupo SA de Franconia.
En las librerías del partido desaparecieron
de pronto las fotografías de Röhm.
Las SA obtuvieron igualmente su permiso de vacaciones.
Lutze comunicó que el permiso concedido
a las SA se respetará íntegramente con
la finalidad de que los miembros de las SA, tras año
y medio de riguroso servicio, tengan ocasión
de descansar y vivir de nuevo en el seno de sus familias.
En
Lichterfelde los fusilamientos prosiguieron hasta
que, a las 4h del 2 de julio, llegó a la cárcel
de Columbus Haus, donde retenían a los prisioneros
hasta su traslado a la Escuela de Cadetes, un Coronel
SS que traía la orden de Hitler de que cesaran
las ejecuciones. En ese momento, el Teniente General
SA Karl Schreyer estaba a punto de ser trasladado.
Göring
había recomendado a Hitler que diera fin a
la purga para que aquello no se les escapara de las
manos. Hindenburg, y con él buena parte del
Ejército, podía escandalizarse sobremanera
ante la sangre derramada. Y el pueblo alemán,
especialmente en Berlín vivía con ansiedad
aquellos momentos. Tras la dura prueba de la coordinación,
el pueblo alemán contemplaba con temor aquella
purga llevada a cabo por el régimen que debía
darles tranquilidad y progreso. Hasta que la labor
de propaganda no hizo mella en los alemanes, estos
se mostraron tan divididos ante las extrañas
ejecuciones, que los socialdemócratas que había
sobrevivido a la primera represión pudieron
hablar del cercano final de Hitler.
Hindenburg
continuaba aislado en Neudeck, estando su finca rodeada
de SS que comprobaban la identidad de los visitantes.
El Chambelán, Conde de Schulenburg, se encargaba
de impedir que el Presidente recibiese noticias con
la excusa de su enfermedad. Así bloquearía
al Conde Oldenburg que, alertado por Papen, se disponía
a informar al Mariscal.
Lo
cierto es que el entorno de Hindenburg o colaboró
voluntariamente en aras de conservar su puesto tras
el fallecimiento de este, o fue presionado. El hijo
de su Secretario, Otto Meissner, que se había
alistado a las SS, fue destinado a una de las unidades
encargada de la represión para que se manchara
las manos de sangre. El Príncipe August Wilhelm
de Honhenzollern tuvo que soportar un duro interrogatorio
de dos días para devolverlo al redil.
El
resultado fue que la prensa pudiera hacer público
un telegrama procedente de Neudeck y firmado por Hindenburg:
Al Canciller del Reich, el Führer Adolf Hitler:
Según los informes que se me han presentado,
es evidente que gracias a la firmeza de su decisión
y al valor de que ha dado pruebas con riesgo de su
propia persona, se han conjurado las tentativas de
alta traición. Ha salvado usted al pueblo alemán
de un gran peligro. Le expreso mi profunda gratitud
y todo mi reconocimiento.
Incluso
Göring recibió un telegrama similar: Le
expreso mi gratitud y reconocimiento por su acción
enérgica y coronada por el éxito que
ha concluído con el aplastamiento de la tentativa
de alta traición. Con mis saludos de camarada.
Hindenburg.
Según
recordaría Papen, cuando en 1945 se juntó
en una celda con Göring y Keitel en Nüremberg,
cuando pregunté a Göring si, en su
opinión, Hindenburg había visto el telegrama
de felicitación enviado a Hitler en su nombre,
citó una ocurrencia de Meissner, Secretario
de Estado para la Presidencia. En repetidas ocasiones,
al hablar Meissner de aquel telegrama, había
preguntado con una sonrisa cómplice: "A
propósito, señor Presidente, ¿quedó
usted satisfecho con el tono del mensaje?".
Hitler
había ordenado el pago de indemnizaciones a
los familiares directos de los ejecutados, pero estos,
lógicamente, no se contentaban con ello y solicitaban
los cuerpos para poder darles un entierro decente.
Aquellos que disponían de medios para presionar,
por ser el difunto alguien importante, recibían
una urna con las supuestas cenizas de este. Obviamente,
un cadáver podía dar a entender la causa
de la muerte, muchas veces camuflada bajo la forma
de suicidio, pero no las cenizas. El resto de familias
eran ignoradas, pues aquellas víctimas tan
sólo habían muerto en su imaginación.
El
SPD en el exilio publicó el siguiente comunicado:
La banda de criminales que se ha arrojado sobre
Alemania se hunde en el fango y la sangre. El propio
Hitler acusa a sus más íntimos colaboradores,
a los mismos hombres que le llevaron al poder, de
las más abyectas depravaciones morales. Pero
fue él quien les llamó a su lado para
provocar el terror y practicar el asesinato. Toleró
y aprobó sus atrocidades, les dio el calificativo
de camaradas. Ahora deja asesinar a sus cómplices,
no por causa de sus crímenes, sino para salvarse
él mismo. Cien mil sátrapas con camisa
parda han caído, como una plaga de langostas,
sobre el Reich. Por supuesto, en Alemania no se
conoció el texto.
En
Essen, a las 19h, varios vehículos con SS recorrían
las calles de la ciudad distribuyendo banderas nazis
y haciendo resonar un altavoz: ¡Habitantes
de Essen! ¡Alemanes del Tercer Reich! La ciudad
de Essen celebrará la victoria sobre el criminal
levantamiento, la alta traición y la reacción,
adornando de manera masiva la ciudad con banderas.
Por ello, la consigna es ¡engalanad!.
A las 20h 45, el Gauleiter Terboven subió a
una tribuna instalada en la Adolf-Hitler Platz para
pronunciar un discurso: La fidelidad es algo fundamental.
Se ha extirpado el abceso. Existían entre nosotros
elementos corrompidos, como existen en todo el mundo.
Pero lo que cuenta es saber cómo se reacciona
ante la gangrena.
Celebraciones similares hubo en toda Alemania. Y en
ellas el protagonismo se lo llevaban las SS, en lugar
de las SA.
La
mañana del 3 de julio, Papen vio restablecida
la línea telefónica en su casa, donde
había permanecido incomunicado. La primera
llamada que recibió fue de Göring. Tuvo
el cinismo de preguntarme la razón por la que
no asistiera a la reunión del gabinete que
iba a comenzar. Por una vez, respondí con un
tono de voz demasiado vivaz en un diplomático.
Göring expresó su sorpresa al enterarse
de que me encontraba, más o menos, en calidad
de detenido y me rogó que excusara aquel descuido.
Al poco rato, en efecto, se retiraron los hombres
que me custodiaban y me fue posible trasladarme a
la Cancillería.
Una
vez allí, Hitler le saludó afectuosamente.
Al ver que me invitaba a ocupar mi lugar de costumbre,
le dije que no era momento para ello y le pedí
una entrevista a solas. Una vez se encontraron
en privado, le informé con bastante sequedad
de lo ocurrido en la Vicecancillería y en mi
casa, y solicité una inmediata investigación
sobre las medidas tomadas al respecto de mis colaboradores.
Hitler guardó silencio hasta que oyó
a Papen anunciarle su dimisión. Entonces le
dijo que la situación es demasiado tensa.
No puedo informar de su dimisión hasta que
todo esté en calma. En espera de ese momento,
¿desea, por lo menos, concederme la merced
de asistir a la próxima sesión del Reichstag,
donde rendiré cuentas de mi acción?.
Papen se negó a acudir al Reichstag,
pero aceptó que su dimisión permaneciera
en secreto.
Era
lo que Hitler quería. Así lograba dar
una cierta apariencia de unidad hasta que todo se
hubiese calmado. Mientras tanto, Karl Schmitt, el
jurista nazi, preparaba un texto que rehacía
el derecho a las necesidades del momento: El acto
efectuado por el Führer es un acto de jurisdicción
pura. Este acto no se halla sometido a la justicia,
sino que es por sí mismo la justicia suprema.
A su vez, el Ministro de Justicia del Reich, Franz
Gürtner, preparaba una ley para presentarla al
día siguiente al Consejo de Ministros. Esta
ley tenía un único artículo:
Las medidas ejecutadas el 30 de junio, así
como los días 1 y 2 de julio de 1934, para
reprimir los atentados a la seguridad del país
y las acciones de alta traición, están
de acuerdo con la legalidad y el derecho como medidas
para la defensa del Estado.
Hitler
entró en el Consejo de Ministros sabiendo que
se iba a aprobar la ley. Primero habló él:
Bajo la égida de Röhm se había
formado una camarilla unida por la ambición
personal y particulares predisposiciones. En repetidas
ocasiones, Röhm me había dado su palabra
de honor. Le protegí y me traicionó,
perpetró la más horrible de las traiciones
conmigo, con el Führer. Luego continuó
señalando la inclinación sexual de Röhm,
conocida por él desde siempre, y que no le
había importado hasta aquel momento, al igual
que el hecho de que se rodeara de rufianes. Y Röhm
quería traicionar también a su país.
Existían contactos entre él, Schleicher,
Alvesleben, Strasser y un diplomático francés,
por lo que debió realizar una acción
inmediata, cuyo éxito ya conocían todos.
Terminada
su explicación, Blomberg le contestó:
Agradezco en nombre del Gobierno al Canciller,
que mediante su intervención decidida y valerosa
ha evitado la guerra civil al pueblo alemán.
Estadista y soldado, el Canciller ha sabido obrar
con un espíritu que ha suscitado, entre los
miembros del Gobierno y el conjunto del pueblo alemán,
la solemne promesa de obtener grandes éxitos,
de permanecer fieles y dar pruebas de devoción
en esta hora tan grave.
Gürtner añadió que el Führer
había protegido el derecho contra los peores
abusos, y destacó su papel de creador de derecho
en virtud de su poder de Führer y juez supremo.
Papen
trató de mover hilos y se fue a ver a Fritsch.
Este admitió que todo el mundo deseaba,
efectivamente, la intervención de la Reichswehr,
pero que Blomberg se había opuesto categóricamente.
En cuanto a Hindenburg, jefe supremo de las Fuerzas
Armadas, era imposible llegar hasta él. Cabía
suponer, además, que el Presidente estaba mal
informado de la situación.
Pero lo cierto es que los oficiales del Ejército
en general brindaron por el fin de Röhm, llegando
incluso a apenarse por no haber participado directamente
en la purga de sus SA.
Hasta
el día 13 de julio Hitler no se molestó
en dar una explicación a la nación.
Cuando lo hizo, mediante un discurso en la Ópera
Kroll, fue aclamado por la inmensa mayoría
de diputados, bien porque eran nazis o bien porque
estaban muertos de miedo:
A petición del Gobierno, vuestro Presidente
Hermann Göring os ha convocado hoy para ofrecerme
la posibilidad de dar al pueblo, ante este foro, que
es el más calificado de la nación, las
aclaraciones necesarias sobre los acontecimientos
que, sin duda, y así lo espero, serán
eternamente en nuestra historia un recuerdo tan pletórico
de lecciones como de tristeza.
Como consecuencia de una serie de circunstancias y
faltas personales, de la insuficiencia de algunos
hombres y las inclinaciones de otros, se provocó
una crisis en el seno de nuestro joven Reich. Crisis
que hubiera podido tener con facilidad y en un futuro
bastante próximo, consecuencias verdaderamente
destructivas. (...) Mi informe va a ser franco y sin
rodeos, pero serán necesarias algunas reservas,
las únicas; las reservas dictadas por la preocupación
de no rebasar los límites que trazan los intereses
del Reich y el sentido del pudor.
Cuando el 30 de enero de 1933, el Mariscal-Presidente
del Reich, von Hindenburg, me confió el mando
del nuevo Gobierno alemán que acababa de constituirse,
el partido nacionalsocialista asumió la carga
de un Estado en plena decadencia, tanto desde el punto
de vista político como del económico.
Todas las formaciones políticas de la época
anterior habían contribuido a esta decadencia,
y tenían, por tanto, su parte de responsabilidad.
A partir del derrocamiento del Emperador y los Príncipes
alemanes, el pueblo alemán quedó entregado
a hombres que habían provocado, en su calidad
de representantes del mundo de los partidos, la decadencia
citada, o la habían aceptado por debilidad.
Desde los revolucionarios marxistas a los nacionalistas
burgueses, pasando por el centro católico,
todos los partidos y sus jefes demostraron su incapacidad
para gobernar Alemania.
El 30 de enero de 1933 no marcó, por tanto,
la simple transmisión de poderes de un Gobierno
a otro, sino la liquidación definitiva de un
estado de cosas insoportable; una liquidación
a la que toda la nación aspiraba.
Es necesario precisar estos hechos porque, como se
han encargado de probar los acontecimientos, algunas
mentes parecen haber olvidado que tuvieron en su momento
todas las posibilidades de manifestar su capacidad
política. Nadie puede reprochar al movimiento
nacionalsocialista haber cerrado el camino a fuerzas
políticas en las que todavía resultaba
posible poner esperanza.
Hitler
prosiguió con su filigrana justificatoria de
la dictadura nazi frente al caos republicano, legitimizándola
siempre en la figura de Hindenburg, alabando sus pretendidos
éxitos en materia económica, para concluir:
Después de seis meses de régimen
nacionalsocialista, nuestras pugnas de partidos estaban
olvidadas. A cada mes que transcurría, el pueblo
alemán se sentía más alejado
de aquella época que se nos ha hecho incomprensible.
No es necesario que insista: todo alemán se
da hoy cuenta. La simple idea de una vuelta al régimen
de partidos es en la actualidad tan inconcebible como
absurda
Después se dedicó a recordar el caos
que generaba el comunismo en el mundo, para advertir
que también en Alemania algunos locos o
criminales aislados tratan de desarrollar todavía
su nefasta actividad, presentando al nacionalsocialismo,
por supuesto, como el paladín contra el desafío
comunista.
Luego
pasó a criticar a los jefes políticos
cuyas perspectivas se extinguieron el 30 de enero,
los cuales creen que cumplen con su deber al entregarse
a una crítica tan pérfida como falsa.
Después el turno le tocaba a los revolucionarios
que perdieron en 1918 su posición y no encontraron
otra más que ser revolucionarios. Parapetados
en su revolución, quisieran hacer de la misma
un estado permanente. Estos eran incapaces
de colaborar, decididos a adoptar posición
contra todo orden establecido, experimentando odio
contra las autoridades, fueran cuales fueran.
Estos elementos, explicaría Hitler, se habían
alojado en el seno de las SA, lo que había
provocado un distanciamiento entre estas y el partido.
Poco a poco se formaron tres grupos en el seno
de la jefatura de las SA. Un primer grupo estuvo
compuesto, según su explicación, por
Röhm y su Estado Mayor, unidos por sus tendencias
o sus vicios y que estaban dispuestos a todo.
Un segundo grupo de jefes que no pertenecían,
en realidad, a aquella secta, pero que se consideraban
obligados a obedecer a Röhm por sentimiento de
disciplina. Y un tercer grupo, opuesto a los dos
primeros, en el que se hallaba Lutze, el actual
jefe de Estado Mayor y el jefe de las SS Himmler.
Schleicher entró en contacto con Röhm
a través de Alvensleben y dio una forma
concreta a las intenciones de Röhm. Siguiendo
un plan preconcebido, los servicios de propaganda
de las SA expandirían por las secciones el
rumor de que la Reichswehr deseaba su disolución
y que yo me había unido a tal proyecto (...).
Para impedir tal ataque, las SA tenían que
llevar a cabo una segunda revolución.
Hitler
continuó explicando que Schleicher actuaba
a través de Bredow y había logrado convencer
a Strasser para participar en la conjura. Luego narró
su versión de la entrevista de junio con Röhm,
según la cual advirtió al jefe de las
SA que se opondría a cualquier desorden en
Alemania. Ya sólo le quedaba justificar la
purga: Para evitar una desgracia había que
actuar con la rapidez de un relámpago. Sólo
una represión feroz y sangrienta podía
hacer abortar la rebelión. (...) Si alguien
me pregunta por qué no recurrimos a los tribunales
regulares le responderé esto: yo era el responsable
de la nación alemana en aquellos momentos,
y durante aquellas 24 horas, sólo yo era el
Tribunal Supremo de Justicia del pueblo alemán.
(...) No quise exponer al joven Reich a idéntico
destino que el antiguo. (...) La nación tenía
que saber que su existencia no podía ser amenazada
impunemente por nadie y que quien levanta la mano
contra el Estado, muere. (...) Un diplomático
extranjero ha declarado que sus contactos con Schleicher
y Röhm fueron de naturaleza completamente inofensiva.
(...) Pero cuando tres hombres culpables de alta traición
organizan un contacto en Alemania con un estadista
extranjero, (...) y dan órdenes rigurosas para
que yo no llegue a enterarme del encuentro, hago fusilar
a esos hombres, incluso si es cierto que en sus conversaciones
tan secretas hablaron del tiempo, de monedas coleccionables
y otras cosas semejantes. (...) Tenía la esperanza
de que no sería preciso defender una vez más
al Estado con las armas en la mano. No ha sido así
y tenemos que felicitarnos todos de haber sido tan
fanáticos como para haber conservado con sangre
cuanto se había conseguido con la sangre de
nuestros mejores camaradas.
Según
Hitler, la purga costó la vida de 63 personas.
No se puede precisar el número exacto de víctimas
mortales, pero se estima que entre 200 y 300 alemanes
fueron asesinados durante la Noche de los Cuchillos
Largos. En su discurso, Hitler había justificado
el asesinato político en aras del mantenimiento
del Estado, un Estado dictatorial que no tenía
intención de ceder a nadie. Y de ello no debía
ya dudar nadie pues había dejado bien claro
que la oposición a su dictadura no tenía
otro camino que el del pelotón de fusilamiento.
¿Quién podía dudar de ello cuando
se había atrevido a asesinar a un ex Canciller,
a uno de sus más prominentes miembros de su
movimiento y a su más importante organizador
de masas? Con su postura de fuerza, Hitler no sólo
aterró a los alemanes, sino que los sedujo
al presentarse como su máximo protector ante
los elementos que podían arrastrarles de nuevo
al caos multifaccional, a la ruptura social, a la
amenaza de una guerra civil.
El
día 15 de julio se celebraron al norte de Berlín
unas maniobras militares a las que fue invitado el
agregado militar francés. Según su informe,
los sentimientos demostrados por los oficiales
alemanes que estaban con nosotros, así como
los del Ministerio con quienes vivíamos y los
de la tropa a quienes pudimos interrogar, parecían
unánimes: una aprobación absoluta de
la acción llevada a cabo por Hitler. Se les
notaba una gran satisfacción por el triungo
de la Reichswehr. Un oficial de la Reichswehr, cuyos
sentimientos antinacionalsocialistas conozco bien,
ha dicho y repetido varias veces a mis colegas: "El
año pasado, la Reichswehr era acaso nazi en
un 60%; hace unas semanas, sólo podía
considerarse nazi un 25%; en la actualidad es nazi
en un 95%".
De
hecho, Hitler había puesto bajo la autoridad
del Ejército a las SA, quedando Reichneau a
cargo de su reorganización. Así que
cuando el Canciller apareción entre la tropa
para ver aquellas maniobras, esta le aclamó
con entusiasmo. Esta manifestación de entusiasmo,
nada frecuente en el Ejército alemán,
sorprendió a los propios oficiales.
El
1 de agosto se reunió el gabinete en la Cancillería
a causa de la inmediatez de la muerte de Hindenburg.
El Gabinete aprobó una ley por la cual, en
morir el Presidente, sus funciones se acumulaban en
la figura del Canciller. Por tanto Hitler no cumplía
la promesa hecha a Göring, según la cual
este sería Canciller a la muerte del Mariscal,
quedando Hitler como Presidente. Parece ser que Hitler
había aprendido la lección de tener
que compartir el poder, o que este dependiera de la
fuerza acumulada, por lo que había aprovechado
la ocasión para asentarse definitivamente en
la cúspide de la pirámide.
Al día siguiente Hindenburg fallecía
en Neudeck. Papen llevó a Hitler el testamento
que Hindenburg había redactado bajo su influencia,
pero este le dijo que nuestro llorado Presidente
me hizo personalmente destinatario de esta carta.
Dedidiré más tarde si puedo autorizar
su publicación y en qué momento.
Una vez más, las protestas de Papen no sirvieron
de nada. La ley que aunaba los poderes del Presidente
y del Canciller en este último había
entrado en vigor la noche anterior, y por la mañana
el Ejército había prestado juramento
al nuevo jefe de Estado: Ante Dios, hago sagrado
juramento de obediencia absoluta al jefe del Reich
y del pueblo alemán, Adolf Hitler, supremo
jefe de la Reichswehr. Juro ser siempre un valeroso
soldado y estar dispuesto a sacrificar mi vida antes
que romper este juramento. Blomberg había
cumplido su parte del pacto del Deutschland,
y Reichneau había logrado que Göring no
fuera Canciller ni Ministro de Defensa. Si Göring
había protegido a Papen para reservarse la
carta del testamento de Hindenburg, esta había
quedado anulada.
El
20 de agosto, Hitler escribió una carta de
agradecimiento a Blomberg: Del mismo modo como
los oficiales y soldados se han comprometido respecto
al nuevo Estado al que yo represento, sigo considerando
como mi más sagrado deber la defensa de la
existencia e intangibilidad de la Reichswehr, y para
ejecutar el testamento del desaparecido Mariscal y
permanecer fiel a mi propia voluntad, establecer sólidamente
el Ejército en su papel único de organismo
militar de la nación.
Tanto Hitler como el Ejército podían
saborear su triunfo absoluto. Pero, para el Ejército,
este triunfo fue tan sólo temporal.
Papen,
tras haber rechazado un puesto como embajador en el
Vaticano, mediante el cual Hitler quería sobornarle
permitiéndole que fijara él mismo su
precio, aceptaría, el 25 de julio, el puesto
de embajador en Viena tras el asesinato de Dollfuss.
Según él mismo, al accedier a la
petición de Hitler, pensé que podría
prestar probablemente un servicio a mi país,
aunque con la condición de obtener previamente
garantías concretas. Una vez más,
como ya había hecho en enero de 1933, el patriotismo
fue la excusa para ponerse al servicio de Hitler.
Entre ambas fechas, en ese año y medio de gobierno
nazi, se había instaurado una dictadura feroz
que había levantado campos de concentración
en los que se torturaba y asesinaba a los opositores,
y se había iniciado una persecución
racial. Papen exigiría a cambio la liberación
de Tschirschky de Dachau, pero había tenido
que acudir al funeral de Bose.
Las
SA continuaron siendo purgadas durante las semanas
siguientes, particularmente de los elementos más
corruptos. La desilusión fue la nota predominante
entre aquella militancia que aspiraba a lograr una
promoción social por medio de su servicio,
lo que conllevó que en los dos primeros meses
tras la purga se dieran de baja 100.000 hombres. Si
en agosto de 1934 las SA disponían de cerca
de tres millones de hombres, en octubre de 1935 esta
cifra bajaría a 1'6 millones, es decir, la
mitad, y aún se reduciría más
a consecuencia de que los requisitos de ingreso pasaron
a ser muy estrictos, aumentando la cuota a pagar y
teniendo que competir, desde 1935, con el servicio
militar obligatorio en el Ejército.
Notas
Es
muy posible que un lector familiarizado con los sucesos
descritos haya encontrado divergencias entre lo aquí
expuesto y lo que haya podido conocer a través
de otros artículos o libros publicados. Lo
cierto es que yo mismo he topado con diferentes versiones
de los mismos hechos, y siendo estas diferencias de
mayor o menor calado. Donde, sin duda, más
posibles errores se encuentran es en los detalles,
es decir, en el rango de alguien en particular, en
la hora en la que sucede lo que se cuenta -las que
yo he puesto deben tomarse como mera orientación-,
la forma de la muerte, etc. Pero también hay
diferentes interpretaciones acerca de por qué
se asesinó a un personaje u otro, y también
hay numerosos rumores que hablan de lo que podría
haberse encontrado en algún que otro registro.
Y, por supuesto, también hay versiones del
por qué de la Noche de los Cuchillos Largos
en general.
Todas
estas divergencias son motivadas bien por los testigos
de la época interrogados por los primeros autores
que se ocuparon del tema, bien por errores de traducción,
o por cuestión de cercanía política
a los personajes implicados. Lo que aquí se
expone es, como no podía ser de otra manera,
mi propia versión, las conclusiones a las que
he llegado tras la lectura de las fuentes expuestas
en la bibliografía.
Para
algunos autores, como Irving, las SA realmente se
habían armado y estaban dispuestas a actuar
contra Hitler, estando Röhm confabulado con Schleicher.
Para otros esto es una mentira del régimen
para justificar la purga, cuya motivación no
era otra que la de una pugna por el poder entre las
distintas facciones nacionalsocialistas. Para unos
el rearme de las SA era una realidad que definía
sus intenciones, para otros una mentira o, en el mejor
de los casos, una verdad a medias. Mi opinión
es la que he tratado de exponer, sin por ello dejar
de plasmar toda la información que he encontrado
para que el lector saque sus propias conclusiones.
Las militancia de las SA estaba descontenta ante la
imposibilidad de promocionar a todos aquellos que
se habían aunado a la revolución precisamente
para ello. Su Estado Mayor, con Röhm a la cabeza,
era incapaz de controlar a su gigantesca organización,
dándose la circunstancia de que su descontento
no sólo era utilizado como excusa para los
apetitos personales, sino que además les empujaba
ante lo que podía ser un hecho consumado, la
segunda revolución, la que podía auparles
al poder o apartarles si dejaban de ser la cabeza
visible de esa militancia que se sentía legitimizada
a dejarse llevar, hasta las últimas consecuencias,
por la corriente creada en la captura del poder. El
carácter y la falta de miras de Röhm y
su Estado Mayor, todos ellos personajes en absoluto
preparados para entender los mecanismos de gobierno
de una nación, aportarían los ingredientes
necesarios para que, pese al descomunal tamaño
de las SA, estas fracasaran estrepitosamente, dejándose
sorprender y decapitar.
En
mi opinión, que las SA se armaban es algo irrefutable,
y más cuando sus prácticas de tiro eran
escuchadas por los diplomáticos extranjeros
que residían cerca de su cuartel en Berlín.
Esto, además, debió ser deliberado,
dentro de la estretegia de Röhm de hacer sentir
a Hitler que disponía algo más que cuatro
millones de rufianes, o que estos eran capaces de
reconvertirse en soldados del Reich. Pero,
se desprende de lo dicho, no creo que Röhm albergara
verdaderos planes, más allá de sus comentarios
y rabietas para el consumo interno, para derrocar
a Hitler si este no se avenía a su aspiración
de ser una figura principal del régimen, amparado
en su ansiedad de homogeneizar a la nación
en el marco de la revolución nacionalsocialista.
Esta ansiedad, por otro lado, era común en
Hitler, pero este deseaba llevarla a cabo por otro
camino, de manera que no pusiera en peligro la potencia
a corto plazo de Alemania ni, desde luego, pusiera
en duda su liderazgo. Si Röhm se ofrecía
como garante de Hitler, este no pretendía otra
cosa que disponer de un poder absoluto que no pudiera
ser cuestionado, ni tan siquiera desde dentro del
movimiento.
La
grieta ofrecida por Röhm en un momento tan delicado
como la carrera sucesoria a la Presidencia fue, qué
duda cabe, aprovechada por los sectores conservadores
que aún gozaban de una influencia nada desdeñable
en la industria, el Ejército y la Iglesia.
Los conservadores, por tanto, sí se movilizaron
para tratar de aprovechar la crisis del recién
nacido régimen para reconducirlo hacia el plan
original de instaurar un autoritarismo apoyado en
el Ejército y la industria que preparara el
camino a una restauración monárquica
en la cual legitimizar su poder. Pero los conservadores
presentaban una fractura decisiva en la figura de
Papen, rival de Schleicher por la Cancillería.
Ello provocó, aunado a la simpleza de Blomberg,
similar a la de Röhm, que el Ejército
pivotara entre el nuevo régimen y las posibilidades
de los conservadores, debilitadas por dicha fractura.
Es posible que fuese cierto que los conservadores
afines a Schleicher contemplasen la posibilidad de
un apoyo de Francia en una hipotética guerra
civil. Es una conjetura que merece la pena tener en
cuenta, si bien no he encontrado nada que pueda afirmarla.
Y,
por último, el papel de Göring también
es discutible. De todos es conocida su ambición
desmesurada, decisiva en la resolución final
que hubo de adoptar Hitler. La Noche de los Cuchillos
Largos se hubiese dado siempre, dadas las aspiraciones
y características Röhm y Blomberg, y teniendo
en cuenta el delicado momento histórico, pero
pudo haber sido de otra manera. El tópico es
el de un Hitler todopoderoso que gobernaba con mano
de hierro su movimiento, basado en el principio del
caudillaje, pero lo cierto es que Hitler era aún
débil en aquel entonces. Sus dudas a la hora
de actuar, que casi le abocan al desastre mientras
esperaba una señal en el camino que le guiara,
la cual se la ofrecería Blomberg, en quien
confió antes que en sus propios camaradas;
los asesinatos de Röhm y Strasser en contra de
su voluntad; su cambio de opinión acerca de
dar la Cancillería a Göring, tal y como
le había prometido; y su necesidad de apoyarse
en una figura del partido hasta entonces casi irrevelante,
como era Himmler, parecen confirmar esta tesis de
que Hitler no tuvo un plan predeterminado para salirse
con la suya, apoyado por los hombres fuertes del régimen,
sino que aprovechó la prerrogativa del Ejército
para poder hacer frente a quienes podían disputar
su liderazgo desde fuera o, incluso, desde dentro
del partido.
La
teoría de que Göring protegió a
Papen para su aprovechamiento posterior es, que yo
sepa, de mi cuenta y riesgo. Desde ya hago una petición
para que, si alguien conoce algún autor que
haya investigado en este sentido, haga el favor de
decírmelo, y así podré investigar
más este asunto.
Gallo menciona la posibilidad de que Hitler temiese
a Göring, pero no menciona que este pudiera contemplar
en el testamento de Hindenburg, en poder de Papen,
un as en la manga para asegurarse que Hitler, cuanto
menos, cumpliera su palabra y satisficiera su ambición.
Ello explicaría que Hitler se apoyara básicamente
en Blomberg, mientras que limitaba su necesidad de
claudicar ante sus compañeros de movimiento,
contentándoles con una purga a la medida de
sus necesidades, pero que no podía llevar a
un intercambio de papeles entre Röhm y Göring.
Tuvo que ceder y entregarles la cabeza de Röhm
y Strasser, a los cuales aún podría
haber utilizado como contrapeso en su sistema poliárquico;
pero contó con el apoyo del Ejército
para acumular el poder necesario para protegerse de
las diferentes facciones. Poco le importaba ya que
Himmler diese a conocer su capacidad para resultar
otro factor a tener en cuenta en la complejidad del
nacionalsocialismo, y menos cuando este le mostraba
un futuro tan cercano a su propia visión de
una sociedad jerarquizada y homogeneizada en lo político
y lo racial.
He
intentado traducir los rangos al español. No
se hasta qué punto lo he logrado sin cometer
errores, pero pensé que merecía la pena
correr el riesgo en tal de que cualquier lector pueda
hacerse una idea de la importancia de los personajes.
Agradecer
a Paradise Lost y a Capitan Miller su pronta ayuda
a la hora de resolverme algunas dudas.
Bibliografía:
La
Noche de los Cuchillos Largos, de Max Gallo.
De Münich a Auschwitz, de Ferran Gallego.
Todos los hombres del Führer, de Ferran Gallego.
El Tercer Reich. Ascensión y caída del
régimen nazi, de H. S. Hegner.
La llegada del Tercer Reich, de Richard J. Evans.
El Tercer Reich en el poder, de Richard J. Evans.
Göring, de David Irving.
La GESTAPO y la sociedad alemana. La política
racial nazi (1933-1945), de Robert Gellately.
El Papa de Hitler, de John Cornwell.
La Wehrmacht. Los crímenes del ejército
alemán, de Wolfram Wette.
http://es.wikipedia.org/wiki/Portada
http://www.uniforminsignia.net/index.php?p=main
http://www.axishistory.com/