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En
Londres, el 1 de Septiembre de 1981, Jane Ellison anuncia el fallecimiento
del hombre que tenía en sus brazos. Lo hace a su propia esposa,
por teléfono, sin participar en la vida de engaño
de su amante. Albert Speer ha muerto en el 42º aniversario
de la guerra que le encumbraría y lo llevaría a presidio
durante 20 años en los cuales se dedicó a finalizar
y lubricar esa coraza de fábula que le había salvado
la vida en los juicios de Nüremberg.
Pero
lo que más me llama la atención de Speer no es su
capacidad para revestir su vida como ministro de uno de los gobiernos
más terribles que haya concebido la Humanidad, con las típicas
mentiras piadosas basadas en la ignorancia o en la sobredimensionada
capacidad de su jefe para la hipnosis o hasta en cierta atracción
sexual, amparada en la difícil expresión de esta en
el caso del Führer; tampoco su reconocida capacidad organizadora
ni mucho menos su más modesta capacidad arquitectónica;
lo que realmente llama la atención de Speer son sus rasgos
distintos del resto de los componentes de la cúpula nacionalsocialista:
él no es un excombatiente de la PGM, acosado por el sentimiento
de culpa de la derrota, excusado por una quinta columna compuesta
de marxistas identificada racialmente en los judíos, amparado
en esa sencilla mirada para tornarla con odio hacia la comunidad
internacional y la propia República alemana, acusada de debilidad,
vinculado a un movimiento populista y nacionalista, cohesionado
por el racismo desesperado que homogeneizaría el atomismo
de todas y cada una de las fracciones de la derecha, desde la más
conservadora hasta la más radical; ni tan siquiera es un
obrero frustrado por la falta de pan en su casa, la precariedad
del trabajo para lograrlo y el hundimiento de toda estructura social
que pudiera protegerle, dejando suplir este papel perdido por el
Gobierno deceso de la República, por el de las facciones
radicales que se disputan su cadáver, como un pececillo que
se debate en las corrientes de un río revuelto, siendo arrastrado
por una o por otra. Albert Speer es simplemente un hijo de familia
adinerada, cuyo único infortunio es el desamor de sus padres,
para nada vinculado con la política, lo cual se desprende
de las cartas del aún joven Speer a su futura esposa, Margarette.
Realmente, al superministro alemán, dotado de una normalidad
fuera de sitio en su momento histórico, sólo puede
unirle una cosa a la agresiva corriente que alteraría de
manera dramática el futuro de Alemania y del mundo entero,
ese cúmulo de sensaciones embriagadoras que un ser humano
recoge fruto de su buen hacer, explotando no sólo sus cualidades
como gestor, como hombre afable y de buena presencia, sino también
sus limitaciones como la aparente frialdad emocional cual máscara
de su necesidad de agradar a quien le rodea, que denominamos ambición
cuando van destinadas a colmar el ego más allá de
necesidades más apremiantes en cuanto nobles, como la ética,
el bien social antepuesto al personal. No sería Speer el
único, ni mucho menos, de entusiastas apolíticos,
embriagados no obstante por la fuerza desencadenante de opciones
inexistentes con anterioridad, que lucharían por un puesto
donde realizarse mediante sus funciones como técnicos, auténticos
mercenarios del hijo monstruoso de una democracia agónica,
soñadores de una tecnocracia aséptica al horror considerado
como mal menor, quizás innecesario, pero en todo caso inevitable
y hacedor de un mundo nuevo: su mundo. Pero sólo Speer lograría
lo que otros tan sólo intentaron: una proximidad al Dios
de la Oportunidad, dado su poder magnético, que le catapultaría
al escalafón más alto al que pudiera aspirar. Y pronto
aprendería de él, como hacedor de oportunidades para
soñadores despiertos, coleccionando técnicos, especialmente
antiguos compañeros de la escuela de Tessenow, algunos especialmente
brillantes, como Hans Peter Klinke, según algunos el verdadero
creador de la Catedral de la luz, que, frustrado ante
la obstinada reticencia de su jefe a darles a conocer, prefiere
marchar al frente donde morirá. El empeño de mantenerles
en el anonimato de Speer es obvio en cuanto no es él el único
artista próximo al Führer, teniendo que lidiar contra
Hermann Giesler, al cual boicoteaba siempre que podía. No
sería, sin embargo, Giesler su principal enemigo, pues Speer
no era más que un técnico advenedizo y arrogante a
ojos de la vieja guardia del NSDAP, que haría cuanto pudiese
para frenar su carrera excesivamente apoyada en los intereses empresariales
en una sociedad teóricamente comunitaria, algo que Hitler
consideraría necesario para la modernización y promoción
de la economía de guerra alemana, tratando siempre de calmar
los ánimos de sus Gauleiter manteniendo las apariencias al
supeditar a Speer a Göring, o colocando un fiel a Bormann para
la tarea de recolección de mano de obra, Fritz Sauckel, algo
que le vendría muy bien al arquitecto para salvar el cuello
de la horca, pese a sus intentos para controlar este funesto aspecto
de la producción, también disputado por el todopoderoso
Himmler. Serían precisamente Bormann y Himmler los principales
causantes de la caída en desgracia de Speer, más allá
de la misteriosa aparición de su nombre en el hipotético
gobierno post julio 1944. Es posible que esta sospechosa nominación
tuviera que ver con su sorprendente comportamiento de última
hora, cuando contrariaba las órdenes de destrucción
de su desahuciado mentor. Y es que esa enorme capacidad de servicio
de Speer al líder de turno, demostrada con ahínco
en Nüremberg, no hacía más que señalarle.
Resulta difícil pensar que un hombre tan ambicioso y libre
de ataduras políticas y hasta éticas fuese reconvertido
en un héroe justo cuando los nuevos amos de Alemania llamaban
a las puertas. Cuando se observa al super ministro, tan distinto
a los demás, cuya higiénica indiferencia hacia el
doloroso momento histórico, trastocada por el hábil
Himmler en su discurso de Posen, no puede uno más que adivinar
intencionalidad en todos sus actos finales. Si bien esa normalidad
fuera de sitio, tan alejada de la estridencia ideológica
de sus jefes y compañeros, pero al tiempo tan despojada de
ética hacia el perseguido, el esclavizado, el asesinado,
aprovechando todos los resortes del Estado hitleriano para lograr
sus fines como ministro fundidos con su ambición personal,
no lograría vencer la lógica reticencia del Partido
hacia individuos como él, sí le permitiría
engañar a muchos y resultar interesante a los Aliados no
sólo como pieza clave del entramado bélico, sino como
representación del alemán medio, del que se dejó
arrastrar por los acontecimientos, sintiéndolos ineluctables
y sacándoles provecho. Porque si se colgaba a Speer, ¿a
quién en Alemania no habría que colgar? ¿Y
acaso no eran absolutamente necesarios todos esos técnicos
y funcionarios para poder mantener en marcha los restos de la maquinaria
estatal, de la cual no podían hacerse cargo las fuerzas de
ocupación? ¿Y cómo podían evitar juzgarle
si fue parte de la cúpula del Reich? Speer supo representar
a la nueva generación alemana, la que había que cargar
con la deshonrosa herencia del nazismo, convirtiéndose con
su arrepentimiento y condena en una suerte de redentor para un sociedad
que precisaba pasar página, y bajo los designios de un ocupante
con prisas por normalizar la situación. Speer, el técnico,
sabría lo que esperaban de él sus nuevos amos y cumpliría
su misión a la perfección una vez más.
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