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Un
rectángulo rojizo impedía la completa visión
de la calle. Resultaba la impertinente coronación de aquel
montón de cascotes en que se había convertido casi
toda la pared, de la cual tan sólo restaba una hilera sobre
la descarnada ventana. Estaba seguro de que aquel ladrillo había
caído el último, no sólo por su posición
en la cima, sino porque el muy osado estaba ahí inexplicablemente
de pie. Dudó unos instantes en si apartarlo o moverse, pues
la original insolencia de aquel objeto le inspiraba cierta confraternización
ya que él mismo se sentía así sobre la ruina.
Pero le había costado demasiado adaptar su cuerpo a la piel
abrupta del tabique derruido y estaba demasiado entumecido como
para moverse, así que desenterró de su pecho el brazo
izquierdo y empujó al ladrillo para apartarlo de la vista.
Entonces la calle se visualizó en su totalidad, mostrando
el otro lado de casas derruidas, con absurdas puertas que ya no
conducían a ninguna parte y vigas que asemejaban las costillas
desnudas de aquel perro a medio devorar por las ratas que tanto
le había impresionado días atrás. Pese a los
dramáticos cambios, podía reconocer el paisaje y recordarlo
como antaño. Sabía que se encontraba en la Dessauer
Strasse, no muy lejos de la Anhalter Bahnhof, donde le habían
dicho que unos belgas habían hecho una buena cacería
de carros. No estaba bien que aquellos belgas se pavonearan de esa
manera, humillándoles como si sólo ellos fueran capaces
de defender la capital del Reich. Él tenía que demostrar
que los alemanes no necesitaban a nadie para defender su ciudad.
Si no se había desorientado, la Hafenplatz estaría
más delante, antes de llegar al canal Landerwehr. Probablemente
los rusos darían un rodeo por allí para aparecer por
detrás de la estación y podría cazar algún
carro para desquitarse de la afrenta belga.
A cada paso que daba recibía la misma sensación de
vaguedad, como si la imprecisión del polvo y los cascotes
permanentes de las calles le refractaran la inutilidad de la resistencia
alemana. Llegaba a pensar que combatir a un enemigo de improbable
motivación resultaba peor que hacerlo cuando en el 41 buscaba
con avidez la denotación de la inevitable derrota para retroceder
cuanto antes, evitando una muerte absurda, sin beneficio para la
patria. Si los dos primeros años de lucha revistieron su
esfuerzo de la ansiedad por lograr las condiciones necesarias para,
al menos, forzar el equilibrio en las esperanzas de ambos contendientes,
los otros dos no pudo evitar que la necesidad de que todo terminara
se adosara a su uniforme de manera más firme que la revancha
patriótica o, incluso, la familiar, ese paréntesis
de ardor guerrero ofrecido por la terrible visión de aquellos
cuerpos que pendían indefensos al viento y a lo grotesco
de sus muecas por las que resbalaba la bilis a la que se adhería
la arcilla del camino que llevaba a su casa. Cuatro años
de combates eran demasiados. Le habían robado la juventud
que ahora se estrellaba en el interrogante del mañana, plasmado
en la irregularidad del suelo berlinés, incierto tras cada
derrumbe, tras cada sombra del sueño alemán. Ya no
podía sentir siquiera la necesidad de la venganza, difuminada
en la incapacidad de defensa del adversario, contagiada de la compasión
hacia los rostros hundidos, idénticos a los que había
visto en sus propios compatriotas. Por mucho que lo deseara, no
le resultaba nada fácil llamar a la furia desatada hacía
ya demasiado tiempo, licuada en el trastorno de cada combate, de
cada visita a pueblos calcinados, de cada vez que observaba a un
ser humano desesperado.
Trataba de filtrar todos los sonidos que le arribaban. Desde las
explosiones lejanas hasta el cercano crujir de las estructuras de
madera desvencijada. Le había parecido oír el ruido
de un motor y pensó que provenía del canal. Le habían
explicado que los rusos avanzaban siempre con un tanque delante,
incluso dos, uno a cada lado de la calle, para protegerse de cualquier
ataque procedente de las ruinas en que se habían tornado
la mayoría de los edificios de Berlín. Al menor indicio
de la presencia de un francotirador lanzaban un obús. La
excitación recorría su cuerpo y sentía que
el estómago luchaba por salir de él. Nunca había
visto un ruso. Su instructor le advirtió que eran despiadados,
que unos robaban en las casas mientras otros violaban a las mujeres.
Cuando los veas, dijo, los reconocerás enseguida por el marrón
de sus ropas y sus rostros diabólicos. Otra vez el ligero
viento cambiaba caprichosamente de dirección, y por un instante
le parecía volver a oír el rugido de un motor. ¿O
era el murmullo ya perpetuo en que se había transformado
el aire de la ciudad, esa mezcla de tableteos de ametralladoras,
de chasquidos de fusil, de sordas detonaciones de bombas de mano,
de impetuosas explosiones de los obuses a las que todo berlinés
se había acostumbrado? Alternaba esfuerzos por discernir
entre los sonidos que le transportaba ese aire hostil que su instructor
le había ayudado a seguir entendiendo como amigo, una especie
de paloma mensajera cariñosa que le advertiría de
los peligros, con descansos para no embotarse. Tras varios intentos
pudo discernir con claridad el rugir de un motor que no debía
ser pequeño. Su estómago de pronto se tornaba eco
de la confirmación, moviéndose, saltando, contrayéndose
y empujando después hacia la cámara vacía en
la que se había tornado el cuerpo que lo envolvía.
Caminaba pesadamente algo retrasado tras el T34. El carro se movía
con dificultad entre los derrumbes sobre la calle, y tanto el humo
que emanaba de los tubos de escape como el ruido, así como
los pedazos de ladrillo que de cuando en cuando proyectaban las
orugas, aconsejaban no acercarse demasiado a él. La lentitud
de la marcha le atosigaba pues le daba mucho tiempo para pensar,
para impregnarse de la vaguedad de cuanto le rodeaba, de sentir
la leve importancia de su vida arrojada a una concatenación
de horrores y pérdidas. Separado de su casa, de su campo
y de su esposa e hijo, todo ello arrebatado por el remolino de la
guerra que lo había arrastrado a esa alfombra de fragmentos
que era el universo berlinés, sentía que ese final
no podía determinarlo más que como inconcluso ante
la carencia de verdaderas motivaciones hacia su persona. No es que
no le importara la victoria, sino que esta, en lugar de devanarse,
se esparcía impregnándolo todo como una niebla, tornándose
inconexa e inasible para quien anduviera entre sus jirones atrapados
en cada elemento de la debacle. Si Berlín era la victoria,
si era el final, su universo fragmentario, su piel abarrotada de
erosiones la configuraban como un insulto a la ansiedad del soldado
por la conclusión que se mostraba tras cada irregularidad
por la que había que luchar, para desaparecer y reaparecer
unos pocos metros más allá como una burla. La victoria
estaba pues en las manos, pero se resbalaba entre los dedos, discurriendo
entre los pliegues sin poder asirla, caprichosa en su manera de
arrastrarse, de gatear alrededor y demostrar su carencia de contenido
válido para el día después, el día en
que por fin se tomaría y se mostraría en toda su magnitud
catastrófica, incapaz de compensar lo acontecido en su persecución.
La victoria le parecía importante sólo en cuanto a
que suponía el fin de la derrota, pero luego lo abandonaría
a ella, al recuerdo de todo cuanto supuso la eliminación
de aquello que le ofrecía la vida antes de que se vistiera
de muerte, de aquello en lo que había creído dominar,
las reglas necesarias para no evaporarse, para poder crear la solidez
de una familia, de un campo que labrar y un tejado donde protegerse
de las denotaciones del tiempo que habría de vivir.
Cada vez el rugido del motor se tornaba más discernible,
evidenciando su acercamiento. Mediante ejercicios de respiración,
había tratado de relajarse y de contener a su estómago,
si bien cada minuto transcurrido parecía adherirse a él
a través de cada cascote que se clavaba en su abdomen y pecho,
como una pesada carga que se impresionaba en él por efecto
gravitatorio inverso. Era el montón de escombros, la casa
derruida, el suelo de Berlín el que descansaba sobre él
mientras el viento se lo recordaba en cada vaivén, en cada
aleteo de la paloma amiga que le anunciaba la proximidad de un momento
decisivo en su vida. Había cargado ya la granada al final
del tubo y no hacía más que mirar a través
de los agujeros de la regleta que componía la mira. El instructor
le había advertido que debía ser rápido en
disparar, antes de que le localizaran. Una vez hubiese disparado,
debía abandonar el arma y huir a toda prisa para buscar donde
esconderse. Él era un buen alumno y sabía de antemano
por dónde escapar. Tenía que bajar las escaleras hasta
la planta baja y de ahí, a través de un agujero, acceder
a la casa de al lado. De ahí saldría por la fachada
derruida y podría cruzar la calle tras unos montones de escombros
sin ser visto. Luego penetraría a través de las ruinas
hacia la Kotener Strasse, buscando un buen escondite. En esa calle
habían más alemanes que seguro paralizarían
su búsqueda y podría regresar sano y salvo. Mientras
repasaba su plan, el rugido se intensificaba cada vez más
hasta que, de pronto, antes de lo esperado, logró ver la
torreta de un carro tras un derrumbe. El carro maniobraba tratando
de pasar entre los montones y pudo ver también, por primera
vez, a los rusos, con sus ropas marrones si bien no lograba constatar
sus rasgos diabólicos debido a la distancia. Se puso rígido,
y ya sólo miraba a través de la mira del lanzagranadas,
esperando el momento propicio para hacer explotar al carro ruso.
Este logró avanzar un poco más, y volvió a
maniobrar siguiendo las indicaciones de un soldado que iba delante.
Cuando comenzaba a sortear el último obstáculo que
tenía antes de llegar a su posición, el carro se ofreció
muy vulnerable, mostrando el flanco de la torreta y el casco, moviéndose
muy despacio. Una extraña energía recorrió
su cuerpo, como si la paloma que lo sobrevolaba descendiese en picado
y le atravesase, indicándole que ese era el momento, la oportunidad
que anhelaba. Casi sin darse cuenta, la granada emergió del
tubo y pudo sentir el calor de la propulsión y la inmediata
explosión. Al disparar había agachado la cabeza y
ahora sentía miedo de levantarla para ver el efecto de su
disparo.
Una décima de segundo sibilante había bastado para
arrancarle de sus meditaciones y flexionar su cuerpo. La explosión
no lo aturdió, todo lo contrario, lo catapultó a ese
estado de angustia sujeta a la experiencia de muchos combates. Se
quedó quieto unos segundos para comprobar que era un ataque
aislado y que el T34 había sido alcanzado. Su torreta parecía
desencajada y salían algunas llamas y mucho humo. Todos se
habían puesto a cubierto, con más temor a la munición
del carro que podía explotar en cualquier momento que a otro
ataque proveniente de las ruinas. Oyó la voz del sargento
vociferando órdenes. Él y otros, los más próximos
a la casa de donde parecía haberse iniciado el ataque, debían
ir a despejarla. Saltó entre los cascotes hasta la casa vecina
y se apoyó con la espalda en la pared mientras escudriñaba
las ruinas del otro lado de la calle. Al momento llegó otro
soldado y decidieron ir juntos.
- Podemos entrar por ese agujero le indicó el compañero-.
El disparo surgió de arriba. Si nos damos prisa podemos impedir
que baje y se nos escape.
- De acuerdo, pero igual ya ha bajado, así que entraremos
con precaución.
- Por supuesto, no tengo ganas de morir ahora que casi hemos terminado
la guerra.
Se deslizaron pegados a la fachada y se aproximaron con mucha cautela
al agujero de la casa de donde había emergido la granada.
Asomó la cabeza lentamente hacia el interior de la casa y
miró entre los cascotes, sintiendo preocupación por
un tabique que dejaba un rincón en la oscuridad donde podía
esconderse el enemigo. Le hizo una seña a su compañero
para que pasara al otro lado del agujero, cosa que este hizo de
un salto.
- ¿Ves algo?
- Nada, pero espera, tiraré una granada a ese rincón
de ahí por si acaso.
Se separó un poco y descolgó una granada del cinturón.
Con decisión le quitó el seguro y la lanzó
por debajo de la cintura para ponerse a cubierto de inmediato. Cuando
oyeron la explosión entraron a la carrera con las armas preparadas
y forzando los ojos a descubrir cualquier movimiento entre el polvo
levantado.
- No hay nadie. ¿Estará aún arriba?
- Habrá que comprobarlo. Yo subiré por la escalera
y tú quédate aquí para cubrirme la espalda.
- Vale, pero toma mis granadas. No te arriesgues.
Tomó las dos granadas que le ofrecía el compañero
y las ató a la que le restaba a él a través
de las anillas para poder retirarlas todas al mismo tiempo. Luego
observó la escalera. Afortunadamente el tabique que la separaba
de la habitación de arriba estaba en pie y podría
subir sin miedo a descubrir la cabeza.
Había oído la explosión y los gritos de los
rusos, pero aún no sabía si había acertado
al carro. Muy poco a poco fue levantando la cabeza para tratar de
ver por entre los huecos de los cascotes que aserraban la piel del
montón donde se escondía. Ahí estaba el carro
exhalando furiosamente un denso humo negro. También vio un
par de rusos agazapados y al que iba delante del carro tumbado en
el suelo como un muñeco roto. Estaba muerto. Los que fueran
dentro del carro también debían estar muertos. Durante
unos segundos sintió que algo escapaba a su control, percibiendo
cómo emanaba, liberándose de una sima olvidada, la
voz de su madre cuando le reprendía por haber hecho algo
malo, siempre dulce y al tiempo ineluctable, incluso ante el tono
grave revestido de cierto dramatismo del instructor; la persistencia
afable reforzada por la suavidad del rostro amado mutado por la
indignación ante la varonil semblanza mal rasurada, pertrechada
con una cicatriz emblemática del cumplimiento del deber contrapuesto
a lo que siempre había sido pecado. Volvió a oír
gritos y vio cómo dos rusos daban una carrera hasta la casa.
Otros apuntaban con sus fusiles hacia donde él estaba. No
le cabía la menor duda de que, si bien no lo habían
visto, sabían de dónde había lanzado la granada.
Ahora tenía que ser rápido en huir de allí,
pero no podía levantarse para salir corriendo, pues le dispararían
desde la calle, así que se fue dando la vuelta poco a poco,
siempre tumbado y con cuidado de que su movimiento no precipitara
algún ladrillo hacia la calle, delatando su posición.
Cuando por fin podía asomar la cabeza por la escalera oyó
una detonación en la planta baja y una nube de polvo pareció
sellar la salida. Sintió otra vez a su estómago librar
una batalla por huir de allí abandonando al resto del cuerpo.
Presa del pánico, volvió a maniobrar para darse la
vuelta y arrastrase hacia el rincón interior de la habitación.
Allí pudo levantarse pues no podían verle desde abajo
y trató de serenarse y pensar en una solución.
Despacio, dándose tiempo a controlar su miedo, iba subiendo
la escalera con el arma apuntando hacia el umbral. Apenas había
subido unos peldaños cuando oyó el inconfundible sonido
de un cuerpo arrastrándose. Tragó saliva y maldijo
su suerte. Hubiese sido preferible que el alemán escapara
y no tener que arriesgarse para cazarlo, cosa que ahora debía
hacer para no dejarlo a sus espaldas. Sintió que cada peldaño,
cada crujir bajo sus pies delataba la escalera como un camino hacia
la muerte. Cuando llegó junto al umbral se oyeron disparos
de fusiles y los resortes conocidos de su cuerpo lo pusieron a cubierto.
- ¡Dile a esos estúpidos de abajo que no disparen,
que me van a matar!
- ¡Tú tira las granadas y ya está! ¡No
te arriesgues!
- ¡No puedo lanzarlas si no dejan de disparar porque tengo
que asomarme para tener ángulo hacia dentro!
- Está bien, ahora voy.
Esperó un poco a que su compañero diera las instrucciones
al resto de la calle y se silenciaran los disparos. Mientras se
aseguró de que el paquete de granadas estuviera bien arreglado
y apoyó su arma en la pared. Lo cierto es que los disparos
desde la calle debían haber puesto al alemán en guardia,
lo cual le ponía en peligro pues lo imaginaba apuntando directamente
hacia el umbral para dispararle en cuanto asomara. Con el mentón
pegado al marco de la puerta se asomó lo justo para reconocer
la habitación tan sólo un segundo. No vio a nadie,
pero supuso que el alemán estaría en el rincón
que le quedaba al fondo a la izquierda. Agradeció la presencia
de un montón de escombros donde podía ponerse a cubierto
si las granadas no hacían su trabajo. Su compañero
ya había regresado y subía también las escaleras
quedándose tras él.
- Vamos, tíralas y yo te cubro por si se asoma mientras lo
haces.
- Está bien, ahora voy.
Retiró las tres anillas con un tirón del cordón
con el que las había atado y, cogiendo impulso con el brazo,
se asomó por el umbral y las lanzó al tiempo que saltaba
hacia delante, cayendo tras el montón de escombros.
No tenía salida y su única arma, el lanzagranadas,
la había dejado junto al montón. En cualquier caso
no le hubiera servido de nada. Se sabía perdido y supuso
que su mejor opción era quedarse quieto, no atreviéndose
a salir por si le disparaban, a la espera de que le hicieran prisionero.
Allí de pie, apenas percibiendo el aire frío que entraba
en su pecho para luego abandonarlo, como si no hubiese encontrado
lo que buscara, podía advertir la falta de consonancia entre
su cuerpo y el uniforme cuyas holguras de pronto le molestaban al
mostrar lo lejos que estaba del calor materno. Trató de acaparar
el aire que huía indignado de su pecho, lo suficiente para
gritar su rendición, pero se sentía impotente ante
el bloqueo ofrecido por el miedo, de pronto reafirmado por unos
disparos procedentes de la calle y las voces de un ruso que debía
estar al otro lado de la pared. Luego el silencio que lo miraba
implacable con sus miles de ojos en las paredes, en el montón
de escombros, en cada borbotón de luz descubierta en las
sinuosidades del polvo que levitaba extraordinario en la opresiva
atmósfera de aquella habitación despojada de calor
humano. Y la sombra humana, espectro emergente de ese silencio,
cual sentencia dictada por tan duro juez, y los tres pequeños
relieves navegando la densidad del aire hacia él. Sintió
la detonación, más como puño invisible contra
su estómago que como sonido, si acaso de inmediato ahogado
por un ingobernable zumbido en los oídos. El aire se atormentaba
y apenas podía ver otra cosa que polvo azuzado por una marea
de violencia súbita. Durante un par de segundos trató
de dominarse, esforzándose en penetrar con su mirada aquella
cortina que se ennegrecía, buscando los rayos de luz en las
zonas grises, como si la calma de aquella agresividad adquirida
por la ruina dependiera de su voluntad de no acudir donde le reclamaba.
Las granadas explotaron y se incorporó a sabiendas de que
su compañero entraba también de un salto y le entregaba
su arma. Ambos apuntaron hacia el otro lado de la muralla de polvo
levantada, atentos a cualquier movimiento. Allí de pie, reconociendo
que la ausencia de sonido implicaba que el alemán había
sido abatido, lograba contener la cadencia de sus bufidos. Conforme
la catarata desatada cedía ante la presión de la luz
procedente del exterior, se dibujaba la figura encorvada, se entendían
sus brazos sujetando el abdomen, arribaban los gemidos y se descubrían
los rasgos inesperados, la dulzura de un rostro de niño apisonada
por la sangre naciente de cada balbuceo, la fragilidad del cuerpo
enmarcada por aquel uniforme de hombre que no podía angular
la redondez de sus hombros ni suplir la falta de relleno cual brutal
inconsistencia. Bajó su arma y se acercó con lentitud,
temeroso de la obligatoriedad de asumir lo que redescubría
a cada paso que daba.
- Es un niño.
- Sí, esos perros fascistas nos envían a sus hijos
para combatir.
- Es un niño repitió.
- Están locos. No aceptan la derrota. Enhorabuena, tengo
entendido que deseabas vengar a tu familia. Ellos mataron a tu hijo
y ahora tú has matado a uno de sus hijos.
Ahora estaba frente a él, tan cerca que podía oler
su sudor y su sangre mezclarse. Su cuerpo le transmitía el
temblor a través de ese breve espacio de aire caliente y
vibrante que le reverberaba con cada pulsación un sentimiento
casi perdido, un reducto de añoranza acomodado lejos de la
necesidad de olvidar cuanto le hacía vulnerable al día
a día, cuanto le hacía humano. Una vez más,
trataría de luchar contra la esencia de su ser, e intentó
plasmar en aquel rostro de niño el de su hijo, trasladando
la mueca del sufrimiento de uno a la del otro. Pero cuanto más
buscaba el recuerdo endurecido con el afán de una motivación
excepcional, cuanto más suplantaban unos rasgos a otros,
no lograba hallar en su interior más que el crecimiento de
aquello que creyó vacío, el impulso paterno reasentado
en la lógica vital. No podía, pues, hallar la sal
de la venganza, sino, otra vez, la compasión, la pena, el
fracaso del adulto en su misión de proteger al niño.
No
podía moverse, no podía verse, pero podía percibir
sus ojos desorbitados y la imposibilidad de mover sus brazos del
vientre, el miedo a que se desbordara todo aquello que contenía
ahora como amalgama que ya no parecía pertenecerle más
que como agónica inundación, como caldo caliente que
antes o después escaparía de su cuerpo, abandonándolo
a una soledad desconocida, a la frialdad que ya recorría
su superficie, ávida de un hueco donde penetrar para siempre.
Pero todavía pudo sentir miedo hacia la silueta del ruso
que se aproximaba y le observaba desde tan cerca. Deseaba apartarlo
de sí con la rabia ofrecida por la humillación del
vencido, esa búsqueda de orgullo confundido con la ansiedad
de encontrar un refugio en la propia desdicha. Pero cuando sus piernas
ya no pudieron sostener el envite del drama en que se había
tornado, él le sujetó e impidió que se derrumbase,
acomodándolo en el suelo que debía acogerlo para siempre.
Y mientras las paredes convergían, mientras el techo se hundía
como si un ser poderoso lo pisara para darle sepultura, mientras
todas esas partículas que debían flotar en el aire
se precipitaban hacia él cual estrellas que retornaban a
la caja donde debían guardarse, como un juguete tras su uso,
agradecía la caricia del ruso, el tacto duro que dejaba filtrar
la dulzura por cada grieta entre cada bulbo encallecido, y cada
caricia le transportaba a otro lugar, a otro momento donde podía
hallar la paz propiciada por la sensata conjugación de su
ser con el entorno, donde podía ser un niño amado
por sus padres. Imposibilitado para ver los rasgos de aquel hombre
que le daba consuelo, los sustituyó por los del tiempo añorado,
perdido, pero recuperado en el instante preciso cuando se sintió
preparado, encontrando una fuerza inesperada para apartar los brazos
sin miedo a vaciarse, pues todo aquello cuanto en verdad le había
dado forma y sentido, regresaba y le llenaba de felicidad.
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